Vamos a reírnos de la muerte:

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Reflexiones


Reírnos de la muerte:

Hoy tengo el día depre. Así que he decidido hacer un post para animarme. Y nada mejor que aliñarlo con humor negro; mi preferido. El humor negro es el que sacas en las situaciones más tristes, sobre todo cuando tienes que enfrentarte a la muerte. Los mejores chistes se cuentan en los velatorios, cuando todo el mundo está hundido y es necesario levantar el ánimo. Yo soy una maestra en este campo.

Hace años me fastidiaba que las personas hicieran bromas en los entierros, sin embargo, con los años he llegado a entenderlo y practicarlo. Y es que de casta le viene al galgo, porque mis padres, cada vez que suben al tanatorio, la lían; con sus anécdotas te puedes reír durante horas.

¿Hombre o mujer?

Ya conté en mi post anterior, «Cómo sobrevivir a una madre Mr. Magoo», que mi madre no tiene la visión de un lince. Por eso, sus “cagadas” visuales, unidas a su despiste, son antológicas.

Una de estas cagadas sucedió en el tanatorio. Mi padre y ella entraron en la sala de vela que la funeraria había puesto a disposición de la familia del difunto (un vecino). Nada más pisar la sala, se dieron cuenta de dos cosas:

• De que no conocían a nadie.

• De que les miraban “raro”.

En esas circunstancias la gente tampoco está en su mejor momento, así que no le dieron importancia. Ellos a su rollo. Directos donde había el féretro. Mi madre encabezando la expedición, por supuesto.

Entran en la sala anexa  y a través del cristal  miran al difunto tendido dentro de la caja.

“Ostia, qué raro ha quedado Antonio”. Piensa mi madre. “No parece ni él”

Bueno, ya se sabe: los muertos no tienen buena cara. Sigue mirando, algo sorprendida por el cambio de aspecto y… ¡Ostias Pedrín! ¡Pero si lleva las uñas pintadas de color rojo pasión!

—¡Vámonos de aquí! —. susurra mi madre a mi padre — ¡Nos hemos colado en otro velatorio!

Y con la misma decisión con la que habían entrado, salieron cagando leches.

Supongo que al final dieron con Antonio, que les estaba esperando en otra sala de vela, seguramente partiéndose la caja (no la de muertos. LOL!).

Matando dos pájaros de un tiro:

Cuando eres pequeño te hartas de acudir a fiestas de cumpleaños. Cuando eres joven no paras de ir a bodas y a hospitales para visitar a los bebés de tus amigos. Y cuando llegas a mayor… las excursiones al tanatorio son algo frecuente: que si un vecino de toda la vida, que si el padre de fulanito, que si la madre de menganita… Total, que mis padres, con la edad que tienen, suelen ir bastante al tanatorio a dar el pésame a amigos. El problema (o no) es que viven en una ciudad donde todo el mundo se conoce, y a menudo coinciden con conocidos que no siempre han ido a dar el último adiós al mismo difunto que ellos.

Pues nada, que en una de estas visitas mi padre se encuentra con un vecino. Y éste, sin que él le diga nada,  le da las gracias por haber subido a darle el pésame.(digo subido, porque el tanatorio donde van está en lo alto de una montaña).

Qué lástima, tan joven —. dice mi padre, refiriéndose al muerto (lo típico que se dice en estos casos, cuando el difunto tiene menos de 80 años)

Sí, la verdad —. responde el otro, apenado.

La conversación se alarga unos minutos y al final se despiden.

—Gracias otra vez por haber venido.

—De nada, hombre —. dice mi padre.

Todo muy normal, ¿no? Eso si no tenemos en cuenta que mi padre NO había subido al tanatorio para dar el pésame a ese vecino. Sino que iba a acudir a otro velatorio. Pero oye, que por el precio de uno, se llevó dos. Y quedó como un señor.

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¿Qué día era?

Un día salí del trabajo y, al conectar el móvil, recibí un mensaje de texto muy triste. Una de mis mejores amigas me comunicaba que su hermano había tenido un accidente de coche y había fallecido. En el mismo mensaje me decía dónde y cuándo sería el funeral. No la llamé. No creí que tuviera ganas de hablar. Además, cualquier cosa que le dijera tampoco iba a consolarla. Pensé que lo mejor era darle un fuerte abrazo cuando nos viéramos.

A la mañana siguiente, mi marido y yo nos presentamos en la iglesia. No había ni Dios (nunca mejor dicho). Como no estábamos acostumbrados a este tipo de eventos (por suerte), tampoco nos pareció raro; si mi amiga me había dicho que era allí y a esa hora, es que era allí y a esa hora. Punto. Nos sentamos en uno de los bancos  a esperar que llegara… alguien. Pasó el rato y la iglesia seguía desierta. ¡Joder! Volví a releer el mensaje, por si me había colado.  No, no nos habíamos equivocado. Esa era iglesia y la hora correcta. Al final, entró un grupo de personas.

Nos miramos mutuamente, pero nadie dijo nada.

—Deben ser familiares —. le susurré a JM.

Empezamos a sospechar que algo no iba bien cuando se dirigieron al altar, en lugar de sentarse en los bancos. Pero yo en mis trece.

—Seguro que son familiares. Mira, ese hombre se parece a ella (a mi amiga).

El grupo ocupó posiciones, con uno de los miembros de espaldas a nosotros, y empezó a cantar.

¡Era un coro!

Disimulando, salimos de la iglesia y, esta vez sí, llamé a mi amiga para aclarar qué había ocurrido. Por lo visto, cuando yo recibí el mensaje, ella hacía un día que me lo había enviado (en esa época yo no estaba todo el día pegada al teléfono y lo conectaba cuando me acordaba). Total, que habíamos acudido al funeral con 24 horas de retraso. OMG!

No me atreví a explicar a mi amiga lo de coro hasta años más tarde. Debo decir que cuando lo hice, se pegó un buen hartón de reír.

Lo que el viento se llevó:

A veces la comicidad llega de la mano de algún familiar. Como el día que fuimos a esparcir las cenizas de mi abuelo.

Subimos con la urna hasta el monte donde él, en vida, había dicho que quería descansar el resto de la eternidad. Bajamos del coche, en silencio, nos situamos en el lugar estratégico, y llegó la pregunta del millón: ¿quién esparce las cenizas?

Nadie quería hacerlo, así que el hijo político dio un paso al frente, ofreciéndose como voluntario. Cogió la urna, la destapó, abrió la bolsa de plástico que había en el interior (sí, te entregan al difunto empaquetado) y empezó el ritual.

Claro que para todo hay que valer. Se le olvidó comprobar hacia donde soplaba el viento.

Se llevó a la mitad de mi abuelo pegado en los pantalones; seguro que desde el cielo, él le estará dando las gracias.

¿No bebes?

Esto de las tradiciones funerarias varía de país en país. En España es todo muy soso y tétrico. Sin embargo, aquí en Inglaterra da gusto ir a los funerales; sería más divertido si las circunstancias fueran otras, pero nada es perfecto. Lo más habitual es acudir al pub después de la ceremonia (la familia del difunto corre con todos los gastos).

Los británicos se toman al pie de la letra aquello de: el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

¡A bodas me invitas! Si hay algo que a los británicos les gusta, es beber. No es de extrañar pues, que cuando mi cuñada acudió al funeral de un amigo inglés, la familia del difunto no parara de preguntarle si se encontraba bien, porque sólo se había tomado una pinta. (Nota: Para que lo entendáis, eso es como si vas a un bodorrio español y sólo pruebas unas aceitunitas). Y ahora viene lo bueno. Al salir del pub, la familia comenta: “qué bien ha ido todo, nadie se ha emborrachado demasiado”. ¿Comoooorrr? Normal. En el último funeral habían tenido que llamar a una ambulancia porque una señora mayor había caído al suelo en coma etílico. ¡Con dos cojones!

Dicen que de una boda sale otra boda. En Gran Bretaña: de un funeral sale otro funeral. Vaya tela…

Conclusión:

No sé para qué narices se molestan en construir tanatorios, si podrían hacer los velatorios y los funerales en “El Club de la Comedia”.

No olvides dejar tus comentarios y anécdotas. Seguro que nos morimos de la risa. LOL!


Sobre la autora

Olga

Autora de novelas chick lit adicta al chocolate. Soñadora empedernida. Me dedico a escribir por placer historias de amor para mujeres con humor.


En Los Dragones Nunca se Enamoran no hay muertos, pero sí mucho humor. Negro, amarillo y de todos los colores.

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