Si lo sé, no vengo (historia del parto de la burra):

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No me lo Puedo Creer


El parto de la burra:

Cuando a un hombre se le ocurre hablar de su paso por el servicio militar, las mujeres ponemos los ojos en blanco. Supongo que ellos harán lo mismo cuando nosotras nos liamos a explicar nuestros partos, con pelos (las que han optado por seguir mi método) y señales. Y sí, puede que tengan razón, que seamos unas pesadas, pero ¿queréis que os diga una cosa? A mi me emociona escuchar este tipo de historias, porque la mayoría son emotivas, casi todas divertidas (los padres atacados de los nervios dan mucho juego) e incluso con sorpresa final (todo el embarazo pensando que era niño y ¡tachán! aparece una niña).

Que te crees tú que voy a salir:

Desde que el predictor mostró las dos rayitas de color rosa, supe que estaba a merced de las leyes del universo. Bueno, concretamente de una: «todo lo que entra, tiene que salir». No había marcha atrás; de hecho, el test de embarazo había dado positivo por esa misma razón (perdonad el chiste, es muy malo. LOL!).
¡Ingenua de mí! Mi bebé, no pensaba ceder a las leyes que rigen el universo; ya apuntaba maneras (sigue igual de huevón). Él estaba de fábula, flotando en el líquido amniótico, sin preocupaciones, escuchando el latido de mi corazón… ¿Para qué iba a perder el tiempo viniendo a este mundo?

Pasaron las semanas y el 23 de Abril salí de cuentas; era el día del libro (qué mejor fecha para una escritora para dar a luz). Pero no hubo suerte, así que mi ginecóloga, viendo que no tenía ni una ridícula contracción (cero patatero), me amenazó advirtió:

—Te doy una semana. Si el próximo viernes no te has puesto de parto, iré afilando el bisturí (palabras textuales).

¡Joder!, Yo ya no sabía si ir a la clínica con la canastilla para el bebé o con un maletín lleno de dinero para salvar mi vida. Como suele pasar en estos casos, la Ley de Murphy se cumplió y pasados esos 7 días, me programaron un parto inducido.

Lunes. Mañana soleada. Visita rápida a la consulta ginecológica. La doctora me confirma que estoy más verde que el increíble Hulk y me envía de excursión a la clínica. Llego allí acojonada. JM arregla el ingreso en recepción y después, nos piden que subamos a la sala de torturas la planta de partos. Allí me recibe una matrona; todavía recuerdo su nombre: Mari Fe. ¡Qué nombre más adecuado! (fe es lo que hay que tener cuando se va a estos sitios). Y sin más preámbulos, la mujer me lleva a una habitación para empezar con los preparativos. Me rompe aguas, me da un camisón de hospital (de esos con los que vas enseñando el culo) y me pide que me cambie para ir a la sala de dilatación.
Una vez con el uniforme de faena, intuyo que no estoy en uno de mis momentos más sensuales (menos mal que la concepción se hizo antes de llegar a este punto, de lo contrario, mi hijo no existiría): camisón enseña-culo, bata (comprada expresamente para la ocasión) que me tapa la retaguardia, calcetines y mis zapatos de calle ¡Arrebatadora! A ver, que si querían que me disfrazara también me lo podían haber dicho antes, que hubiera elegido el disfraz. Y ya me veis haciendo pase de modelito, camino de la sala de dilatación (que estaba en la otra punta del pasillo).

Por fin llegamos, y doy gracias a Dios que me han visto pocas personas. Aunque a Mari Fe le da igual mi aspecto. Ella no pierde el tiempo, y me conecta inmediatamente a la máquina que va a controlar la potencia de mis contracciones. No las naturales (que no tengo), sino las que me va a provocar el suero con oxitocina que acaba de enchufarme en vena. Empiezo a sospechar que la cosa se va a poner fea. ¡Y yo sin el maletín con pasta para sobornarla si tengo que pedirle la epidural!

Un ratito más tarde ya estoy sufriendo los dolores de parto, pero sigo de buen humor. Se pueden aguantar. La pantalla de la máquina (más conocida como «las correas») muestra los numeritos que indican la fuerza de cada contracción; van subiendo a medida que mis músculos se contraen, y van bajando a medida que estos se relajan.

—¿Cómo va? — pregunta Mari Fe, sacando la cabeza por detrás de la puerta (me ha dejado en la habitación con JM, mi marido y padre de la criatura).

—Voy haciendo —. respondo, con una sonrisa; me duele, pero lo puedo soportar.

Pasa una hora, o dos, ya no me acuerdo, y Mari Fe aparece otra vez por la puerta. Yo ya no puedo con mi alma. Las contracciones son muy fuertes y extremadamente dolorosas. Mi padecimiento es tan bestia, que llega al mismo nivel del de los hombres con gripe (chicos, vosotros me entenderéis).

—¿Cómo va? — vuelve a preguntarme Mari Fe; esta vez preocupada. No le respondo (mi cara lo dice todo) y ella se mira el reloj — Todavía es pronto, pero creo que te vamos a poner la epidural.

¡Benditas palabras! Para mis oídos y para los de JM, al que le acabo de gritar que se meta la lengua por donde amarga el pepino. En mi defensa diré que tenía motivos. Se supone que debía apoyarme, no retransmitir la subida de los numeritos de la dichosa maquinita («las correas») al mismo tiempo que el dolor de mi contracción (la cual me estaba dejando medio bizca) incrementaba; pobrecito, si es que no sabía qué hacer (igual que en las películas).

El pinchazo de la epidural en la espalda no fue para tanto. Y al sentir el alivio de la anestesia, mis palabras fueron las siguientes:

—¡Esto es el mejor invento de todos los tiempos! — exclamé, mientras Mari Fe me sometía a una nueva humillación (me sondaba); aunque esta vez ni me enteré.

Ole, ole y ole. Ni lavadoras, ni coches, ni anticonceptivos… La epidural es el invento del siglo al que todas las mujeres deberíamos rendir tributo. Aunque pensándolo mejor… los anticonceptivos evitan la epidural. Bueno, en cualquier caso. En ese momento, para mí fue la salvación. Volví a ser persona. No un «cuerpo-escombro» tirado en una camilla, con ganas de estrangular al padre de la criatura, la cual, por cierto, no quería salir ni a ritmo de oxitocina.

—Que sepas que tu hijo ni se está enterando (de las contracciones) — me comenta Mari Fe, mirando la pantalla de la maquina que controla la potencia de las contracciones y el latido del bebé — Es que lo tienes arriba de todo. No está encajado. Por eso casi ni has dilatado —. «Pues estamos apañados», pienso yo —. Vamos a ir preparando el quirófano. Ahora llamo a la doctora (que estaba en la consulta, atendiendo a otras futuras desgraciadas como yo) y le cuento como está la situación.

Traducción de las palabras de Mari Fe: Ahora aviso a la doctora para que, cuando llegue, te meta un tajo y te saque ese cabroncete que llevas ahí dentro. ¡Te lo juro por Snoopy!

¡Jodeeeerrrrr!

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¡Si lo sé no vengo!:

Ha llegado la hora de despedirme de JM; a él no le dejan entrar en quirófano. Tengo la sensación de estar a punto de entrar en el campo de batalla. Dos minutos más tarde me dejan en medio de una sala, en pelota picada (sin una maldita talla cubriéndome), con los brazos abiertos; en plan Jesucristo, pero sin la cruz. Hay gente extraña revoloteando a mi alrededor, sin dirigirme la palabra, mientras la auxiliar me pone una pinza en el dedo para controlar mi ritmo cardíaco y la saturación de oxígeno.
Aunque lo peor aún está por llegar. ¡Hablo del desconocido (y jodido) efecto secundario de la epidural! ¡Ese que nadie te cuenta! (supongo que por vergüenza). ¡Mecagoentodoloquesemenea! ¡Joder! Se me sueltan los intestinos, se me afloja el esfínter y empiezo a soltar gases (sonoros) sin poder detenerlos. Por más que aprieto el culo, mi ojete no responde. Ya está bien… ¡si lo sé no vengo! Por dentro estoy jurando que es la última vez que me meto en estos fregaos. Que no, que no volveré a caer en las redes del maravilloso mundo de la maternidad; no a menos que  pueda saltarme este paso.

En serio, parece el gag de un programa de humor. Y para acabarlo de arreglar, entra un médico, que se presenta como el jefe del departamento de obstetricia de la clínica, y me dice que acaba de ver a mi hijo en el pasillo. ¡Ostia! ¿Habré parido y no me he enterado? A ver si el barrigón que tengo van a ser los gases que estoy ventilando contra mi voluntad.

—Es mi primer parto —. le digo, para dejar claro que NO estoy en el quirófano de paso. Que todavía tienen que hacer su trabajo y sacarme al Alien de mi interior.

—Uy, perdona. Es que he visto un niño en la puerta de los quirófanos y he supuesto que era tuyo.

Cruzo los dedos para que el pavo sea buen médico, porque como Sherlock Holmes no va a ganarse la vida. Afortunadamente, mi ginecóloga no tarda en llegar. Y trae consigo una sorpresa: ¡Mi amiga Rosa! Ella trabaja como enfermera en su consulta  y ha venido para darme apoyo, ya que JM no tiene permiso para estar en quirófano. Cuando la veo entrar, es como si viera a un ángel; la rodea un aura de luz y solo le faltan las alas.

A partir de ahí mis recuerdos son algo confusos, pero sé que me obligaron a quitarme las gafas (por no sé que rollo del bisturí eléctrico y las piezas de metal) y que pedí a Rosa que cuando sacaran al niño me las pusiera, para no verle borroso. Así que cuando la doctora levantó a mi retoño para enseñármelo, al más puro estilo de El Rey León, mi amiga se apresuró a ponerme los anteojos para que pudiera verle nítidamente; con los nervios y las prisas casi me saca un ojo con la patilla.

Por fin podía ver a mi obra de arte. Un pedazo de bebé de casi 4 Kg., concretamente 3,940 Kg. (si no pongo el peso exacto, voy a quedar como una mala madre) que… ¡Un momento! ¡No se parecía a su padre! Al ser niño, siempre pensé que sería la viva imagen de su progenitor. Pero el destino, y a mi ADN (que por lo visto es dominante, como yo), habían hecho que se pareciera a la madre que lo parió. En ese momento la emoción me embargó. Estaba a punto de soltar la lagrimita. Pero me corté. Y en lugar de ponerme a llorar como una magdalena, diciendo cualquier cursilería, solté:

—No se parece a JM… — y a continuación añadí — Y tiene la cabeza muy apepinada. A ver si no le va a caber el gorrito que le he traído.

Lo sé, no es lo que se espera de una madre recién estrenada, no en un momento de tanta intensidad emocional, pero es que yo soy así: rara hasta para parir.

Ahora que ya han pasado 10 años, debo confesar que he cumplido con mi promesa: los únicos partos a los que he asistido, hasta el día de hoy, son los de mis libros. Y por el momento, sigo sin intención de repetir.

Colorín, colorado, este parto se ha acabado (los de mis libros y post continuarán).

El «cabroncete» que no quería salir ni a tiros. Aquí, con 3 días, enamorando a todo el mundo. Ains… amor de madre.


About the Author

Olga

Autora de novelas chick lit adicta al chocolate. Soñadora empedernida. Me dedico a escribir por placer historias de amor para mujeres con humor.


En Sapos Azules vas a disfrutar de un parto muy loco. Para descubrir quién da a luz, tendrás que leer el libro 😉
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