Relato corto: Pepe el perezoso (Pecados Capitales “La Pereza”)

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Relato corto: Pecados Capitales #3

Siguiendo la serie de relatos cortos de “Pecados Capitales”, hoy le toca el turno a la pereza. Un vicio que lleva incorporada la negligencia, la astenia, el tedio o descuido al realizar actividades y que, según la religión cristiana, nos lleva a cometer otros pecados. “Pepe el perezoso” sigue al relato corto de “El organizador de orgías”, inspirado en la lujuria.

No olvides suscribirte a mi blog para estar al día de mis locuras. Recuerda que todavía quedan por publicar, la ira, la envidia, la avaricia y la soberbia; no necesariamente en ese orden. Dicho esto, deseo que disfrutes de la tercera entrega de “Los pecados capitales: la pereza”.

Pepe el perezoso (“la pereza”):

A Pepe, lo de la pereza le viene de familia. De hecho, el nombre lo tiene gracias a una botella de fino. La que le regalaron a su padre el día que él nació.

—Manolo, ¿cómo se llama el niño?

Y Manolo, que por pereza todavía no había decidido qué nombre ponerle, miró la botella de «Tío Pepe» que le habían regalado y respondió:

—Pepe. Se llama Pepe.

Fue una suerte que el obsequio no fuera un bote de Cola-Cao o un pastilla de jabón Lagarto.

Pepe se crió en un ambiente, digamos, “relajado”. Sus padres no se estresaban por nada. Manolo, trabajaba de vigilante nocturno en una empresa de un polígono industrial. Lo de trabajar, es un decir, porque se pasaba el turno durmiendo. Dolores, la madre, ejercía de ama de casa. A su manera. La ropa la metía en la lavadora cuando no quedaba más remedio. O dicho de otra manera, cuando los vecinos se tapaban la nariz al pasar por su lado. Los platos los lavaba cuando ya no quedaba ninguno limpio. Y cocinar… Pues cocinar, lo que se dice cocinar, tampoco era su pasión. Lo máximo que hacía era abrir paquetes, botes, y latas de comida envasada.

Pepe pronto aprendió a economizar el tiempo y los recursos; algo que a los perezosos se les da muy bien. Hasta el punto de ingeniárselas para cambiar de canal sin moverse de sofá; un palo de escoba, fue el precursor del mando a distancia. No es que el chaval fuera un genio, ni mucho menos. Pero sus padres eran una fuente continua de inspiración. Su madre, por ejemplo, se pintaba sólo las uñas de los dedos del pie que le asomaban por el agujero de los zapatos de verano. Para qué pintarse las que quedaban escondidas, ¿no? Y su padre, paseaba al perro cómodamente sentado en el coche; sacaba la mano por la ventanilla, para sujetar la correa, y daba unas cuantas vueltas a la manzana a poca velocidad.

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Aunque Pepe no pudo aprender muchas cosas de su padre. El pobre hombre falleció joven, a causa de la pereza. Por más que se empeñen en decir que fue mala suerte, o un desgraciado accidente. Bueno, podríamos llamarlo así, pero la verdad es que Manolo no era un tipo que se preocupara mucho por los detalles.

Poner el freno de mano, al aparcar, era uno de los detalles de los que se olvidaba; demasiado trabajo. Así que un buen día se fue a trabajar, bajó del coche sin frenarlo, empezó a caminar, y el vehículo le arrolló. El auto-atropello se saldó con rasguños, golpes y una fractura. Le llevaron al hospital y, después de varios días ingresado, le mandaron a casa. Sólo tenía que hacer reposo y tomarse la medicación. Pero como le daba pereza seguir el horario de los antibióticos, se los tomaba cuando le salía de las narices y la infección que tenía se agravó. Acabó con una sepsis y tuvo que reingresar en el hospital. En estado grave. Le costó recuperarse, pero sobrevivió. El día que le dieron el alta, con la excusa que estaba muy débil, pidió que le llevaran en silla de ruedas hasta la salida. Ya, en las puertas del centro, una viejecita preguntó al celador que le acompañaba por el autobús, y el hombre, al señalar en qué dirección se encontraba la parada, soltó la silla de ruedas. El despiste provocó que Manolo empezara a rodar cuesta abajo, sin control, con la mala fortuna que un autobús se cruzó en su camino. Y murió. Estampado.

El accidente marcó a Pepe para siempre. Después de lo sucedido, entendió que la vida son dos días, y que uno no puede malgastarla trabajando ¡Qué pereza! Ni estudiando; huelga decir que no llegó a ser uno de los alumnos aventajados de clase. Por eso, a la que pudo, dejó el colegio.

El drama llegó cuando su madre le dijo que debía buscarse un curro. ¿Trabajar? ¿De qué? Con la ayuda de amigos y vecinos, le encontraron una ocupación hecha a su medida, en la que no debía poner demasiada energía. Le duró de Navidad a San Esteban.

Pepe, es el cuarto día que llegas tarde esta semana —. le gritó el jefe, al cabo de un mes de estar trabajando en la empresa — ¿Qué conclusión debo sacar?

¿Que hoy es jueves? — respondió Pepe.

Y esas fueran sus última palabras antes de regresar a la cola del INEM.

Casi un año después, su madre empezó a desesperarse. Pepe seguía sin encontrar trabajo, y las vecinas se hinchaban a chismorrear:

“Que si este es de los que se levanta dos horas antes para estar más tiempo sin hacer nada”

“Que si le han dicho que trabajar no mata, pero no quiere tentar a la suerte”

“Que si este despertaría de un coma y se haría el dormido”

“Que si de tal palo tal astilla”

Etcétera…

Vamos, que todo el vecindario estaba convencido que cuando el chico muriera, en el epitafio de su tumba pondría: “aquí sigue descansando”.

La gota que colmó el vaso fue cuando Pepe tuvo su minuto de gloria en televisión. Resulta que había ido con un grupo de amigos (igual de trabajadores que él) a manifestarse para pedir más subsidios al gobierno, y cuando una periodista se acercó para preguntarles si también reivindicaban más puestos de trabajo, Pepe se alzó en portavoz del grupo y respondió: tampoco hay que abusar.

Evidentemente, ese trozo de entrevista lo sacaron en todas las cadenas nacionales, y el cachondeo fue generalizado.

Pepe el vago, le llamaban. Pero él, ni caso. Es más, cuando alguien le insinuaba que su vagancia le llevaría a lo peor, contraatacaba con un: mientras no tenga que caminar… Hasta que se le ocurrió crear un club para los amantes de la pereza. Se sentía solo e incomprendido, y era una buena forma de conocer a personas con un mismo interés.
Los 10 mandamientos de los socios eran los siguientes:

1. Se nace cansado y se vive para descansar

2. Ama tu cama como a ti mismo.

3. Si ves a alguien descansar, ayúdale.

4. Descansa de día para poder dormir de noche.

5. El trabajo es sagrado: ¡no lo toques!

6. Lo que puedas hacer mañana, no lo hagas hoy.

7. Lo que tengas que hacer, si puede ser, que lo haga otro.

8. Calma, nadie nunca ha muerto por descansar.

9. Cuando sientas el deseo de trabajar, siéntate y espera a que se te pase.

10. Si el trabajo es salud, que trabajen los enfermos.

Puso un anuncio para captar a los primeros “ahorradores de energía”. Usar la palabra “vagos, le parecía injusto y peyorativo, teniendo en cuenta que no hacer nada es un arte que requiere tiempo y dedicación. Pasaron los meses, pero la respuesta fue escasa; que es lo que cabía esperar, con el público objetivo al que  iba dirigido el anuncio.

Sin embargo, Pepe se percató de una cosa: cuando iba al bar (no tenía otra cosa que hacer) y empezaba a decir chorradas, todos le aplaudían.

¡Qué sucias están las calles del pueblo! Deberían poner más barrenderos.
Tienes razón Pepe. Los del ayuntamiento son una panda de inútiles.
O…
Llevo rato dando vueltas por la plaza (sin dar palo al agua), y ¡os podéis creer que no he encontrado ni un puto banco libre donde sentarme a descansar! Habrá que pedir a los del ayuntamiento que pongan más bancos.
Pues no te falta razón, Pepe. Y si puede ser, que tengan algo de sombra, que como se nos ocurra sentarnos en verano, nos abrasamos el culo.
O…
Voy a presentar una queja en el consistorio. No puede ser que para las fiestas del pueblo no contraten a David Bisbal. ¡Con la de impuestos que pagamos!
Muy bien pensado, Pepe. Toma una copita, invita la casa.

Pepe ni pagaba impuestos, ni movía un solo dedo para hacer gestiones, pero se desahogaba y sus vecinos parecían complacidos; tanto con sus quejas, como con sus soluciones simplonas.

Oye Pepe, tú que estás tan comprometido con el pueblo. ¿Por qué no te presentas para la alcaldía? Yo te votaría —. le propuso el dueño del bar.
¿Quieres decir? ¿Yo? ¿De alcalde? — respondió Pepe, sin salir de su asombro.
¿Por qué no? Yo también te votaría —. le animó otro parroquiano
Ves, ya tienes dos votos. Y no creo que te costara conseguir más.
Pero si no tengo experiencia.
¿Para qué la necesitas? Vas a ir pillándole el tranquillo. No puede ser tan difícil.
Pues es verdad.

Y Pepe se metió en política. Sorprendentemente, también ganó las elecciones. Ya como alcalde, lo primero que hizo fue ampliar la plantilla de barrenderos (amañando las oposiciones para enchufar a sus amigos). Las calles siguieron igual de sucias. Después, puso bancos en cada esquina, en cada plaza y en cada calle; al poco tiempo los tuvo que quitar porque estorbaban a los vecinos y había muchas quejas. Y por supuesto, se encargó de contratar a cantantes famosos (no a David Bisbal) para amenizar todas y cada unas de las fiestas del pueblo. Todo iba a las mil maravillas, hasta que subió los impuestos para pagar la desorbitada deuda del consistorio, y se enfrentó a una moción de censura, acusado de pillar suculentas comisiones con cada contratación.

Al final, salió del pueblo por patas.

Desde entonces, ha llovido mucho. Y Pepe se ha dado cuenta de que el camino más seguro es el de la pereza. Mira tú si será seguro, que ahora es el presidente del país.

Nota: Los personajes son ficticios y todo parecido con la realidad, es pura coincidencia.

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Sobre la autora

Olga

Autora de novelas chick lit adicta al chocolate. Soñadora empedernida. Me dedico a escribir por placer historias de amor para mujeres con humor.


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