Relato corto: El Organizador de orgías (Pecados Capitales “La lujuria”)

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Relato corto: Pecados Capitales #2

Siguiendo la serie de relatos cortos de “Pecados Capitales”, hoy le toca el turno a la lujuria. Nada más y nada menos que un deseo sexual desordenado e incontrolable. Esta mini historia sigue al relato corto de “El come Totos”, inspirado en la gula.

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El Organizador de orgías (“la Lujuria”):

Al juez Mason se le están hinchando las pelotas. Hace rato que soporta estoicamente a familiares histéricos, algunos de los cuales han intentado saltarse la seguridad para agredir al acusado. Por no hablar de los gritos que se oyen en el exterior, donde un grupo de activistas ultra religiosos está manifestándose, pidiendo la pena capital para el señor Miller.

El acusado, Jason Miller, es un adorable viejecito de casi 90 años, que hasta hace pocos días vivía una tranquila jubilación en el centro de retiro “Años Dorados”. Se le acusa de matar a varios compañeros de la residencia. La prensa no ha dudado en ponerle al mismo nivel de los asesinos en masa más famosos del país.

—¡Orden! ¡Orden! ¡Orden en la sala! — el juez Mason aporrea la mesa intentando controlar la situación, que hace rato se ha le ha ido de las manos.

—¡Él! ¡Él mató a mi madre! ¡Asesino! — se desgañita una señora, entre el público asistente. Dos policías la sujetan para que no se lance contra el hombre que está tranquilamente sentado en el banquillo de los acusados, como si no hubiera roto un plato; aunque las pruebas son contundentes. El señor Miller organizó la orgía y coordinó las tareas para que se llevara a cabo. Debería haber otros encausados, los colaboradores necesarios, pero da la casualidad que todos ellos han fallecido.

—Agentes, hagan el favor de desalojar a esta mujer de la sala —. grita el juez Mason, intentando hacerse oír por encima de los chillidos de la hija de la fallecida y el murmullo generalizado — Si debo volver a llamar al orden, haré que desalojen toda la sala. ¡¿Entendido?!

La sala recupera la calma y el juicio continua. El fiscal intenta desgranar qué sucedió los días previos a la fatídica noche del 4 de julio. Cuando, al señor Miller, se le ocurrió que en “Años Dorados”, podían celebrar el día de la independencia de los Estados Unidos de una forma bastante peculiar, y lo comentó con otros residentes; todos quedaron encantados con la idea. Estaban hartos de hacer cada año lo mismo: ponerse gorritos, agitar banderitas, y comer un menú especial. En cambio, lo que proponía Miller era rompedor y, el hecho de ser clandestino, le daba más valor. Se habían terminado las tardes aburridas, sentados en sillones, echando cabezaditas.

Lo primero que hicieron, fue pasar el mensaje a los residentes que creían que podían estar interesados en participar en la orgía y la respuesta fue tan positiva, que les sorprendió. Además, después de correrse la voz, se añadieron otros residentes; muchos más de los que Miller tenía previstos. Para no hacerse la picha un lío (antes de la orgía, claro está), repartieron unos pins que los participantes debían ponerse en la solapa. De esta manera, las comunicaciones se hacían de forma segura. Cualquier personas con una “L” (de lujuria) en el pecho, era considerada “segura”, y se le podían pedir acciones para ayudar en la organización del evento. No hacía falta grandes acciones, a veces, con despistar a alguien del personal, mientras otros residentes hacían algo “no permitido”, era suficiente.

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—Señor Miller, ¿es cierto que usted privó de medicación a los residentes, poniendo en peligro su vida? ¿Y que, en algún caso, incluso sustituyó una medicación por otra? — pregunta el fiscal, para demostrar la intención del acusado, desde antes de la orgía, de terminar con la vida de sus compañeros de residencia.

—No privé de medicación a nadie, hijo. Como personas adultas que son, eran, algunos de los residentes dejaron de tomarse las pastillas. No les lavé el cerebro. Los viejos, somos viejos, no tontos.

—Y si no fue usted con sus malas artes…

—¡Protesto! — exclama la defensa — “Malas artes” es un juicio de valor del señor fiscal.

—Protesta aceptada —. declara el juez — Prosiga.

—Y si no fue usted quien les lavó el cerebro… — insiste el fiscal —…¿cómo explica que dejaran de tomarse las pastillas?

—Hijo, cuando llegues a viejo, y tengas que tomarte esa mierda, sabrás que… — mueve la mano delante de la bragueta, como si fuera una trompa — Nadie puede participar en una orgía si el soldado no se pone firme.

—¡Pervertido! ¡Asesino! — estalla otra persona entre el público.

—¡Orden! — el juez aporrea la mesa con la maza, desesperado —¡Agentes, desalojen la sala!

El señor Miller está tranquilo. Sabe que él no animó a sus compañeros a que dejaran de tomarse su medicación. Él sólo participó en el “tráfico ilegal” de pastillas para la erección, las cuales le subministró un contacto exterior. Además, su faceta como camello duró más bien poco. Desde que se inició la organización de la orgía, hasta que terminó la misma, inmediatamente después de la noche del 4 de julio. Algo que, a su parecer, se debería tener en cuenta en el juicio. Evidentemente, su abogado le ha prohibido mencionar el tema, aconsejándole negar cualquier acusación que le implique en el reparto de “pastillas azules”.

Con la sala despojada de público, el juicio sigue su curso normal. Si se puede considerar normal que un octogenario responda a las preguntas de un fiscal que le acusa de haber perpetrado una orgía en la residencia de ancianos, causando varias muertes.

El jurado escucha con atención, a pesar de que no hay nada que no sepan, pues la prensa de ha encargado de airear todos los detalles antes del inicio del juicio. Incluso los más escabrosos, como la marca de lencería fina que llevaban las abuelas (que ya se ha agotado en todos los centros comerciales) o las posturas que más se practicaron durante el fiestón. Fiestón, ese fue el término más empleado en los artículos sensacionalistas. ¡Y no era para menos! Los abuelos birlaron las llaves a una de las cuidadoras, accedieron al gimnasio, sin permiso, y colocaron varias colchonetas en el suelo. Los menos cascados, que habían salido a comprar bebidas al pueblo, sacaron las botellas que habían escondido entre los arbustos del jardín de la residencia (donde las habían puesto para no levantar sospechas entre el personal), y un ejército de voluntarios las trasladó hasta el gimnasio. Lo tenían todo listo para pasar un noche loca.

—¿Cuándo empezaron a surgir los problemas? — interroga el abogado de la defensa. El señor Miller se queda pensando, intentando recordar qué pasó aquella noche.

—Bueno… Yo diría que fue cuando la señora Evans y la señora Morgan confundieron sus dentaduras.

—¿Perdón?

—Se las habían sacado para… ya sabe… hacer unas limpiezas de sable. Y a la hora de volvérselas a colocar hubo un poco de lío.

—¡Me refería a los problemas de salud! — exclama con cara de asco — ¿Cuándo empezaron los problemas de salud?

—Ah, perdona hijo. No te había entendido. Te refieres a cuando empezaron a haber bajas, ¿no?

—Podríamos decirlo así.

—Pues, al poco de empezar. El señor Ramírez se quejó de un dolor en el pecho.

—¿Y qué hicieron?

—Nada. Seguir con la fiesta. Él llevaba una pastillita de nitro, y se la puso debajo de la lengua. Tiene, tenía, el corazón delicado. No era la primera vez que le daba un achuchón de esos.

—¿Y cuando el señor Price se desplomó? ¿Cómo actuaron?

—Garry llevaba varios años viudo y… Creímos que se había echado a descansar. Demasiadas emociones —. suelta una risita al recordarlo.

—¿No sospecharon en ningún momento que había muerto?

—¡No! Tenía buen color.

La verdad es que nadie se fijó en el color de Garry. Ni en el de los otros participantes que fueron cayendo como moscas. Sus cuerpos, viejos y enfermos, no soportaron tantas emociones fuertes; el alcohol y las pastillas para la erección también tuvieron algo que ver. Al final, entre las subidas de la tensión, los infartos de miocardio, y algún que otro ictus, la orgía se saldó con 7 muertos, 20 hospitalizados y 4 detenidos; entre ellos el señor Miller.

—Señor Miller, ¿desea decir algo, antes de que el jurado se retire para deliberar? — pregunta el juez.

—Sí, tres cosas. Que soy inocente. Que no hubo que lamentar ningún embarazo. Y que todo el mundo se lo pasó de muerte.

Una chica del jurado se aguanta la risa. El viejo le parece de lo más dulce. Descarado, pero dulce.

—Está bien señor Miller. Gracias — dice el juez Mason, asqueado. No entiende porqué se ha tenido que armar tanto escándalo por una orgía. Él mismo ha asistido a varias. Es más, cree que debería haber una ley que regulara ese tipo de eventos, también en las residencias de ancianos, lo que permitiría poner en marcha protocolos de actuación en situaciones de emergencia.

Los miembros del jurado no se ponen de acuerdo. Una parte de ellos consideran al señor Miller un engendro del diablo. Alguno incluso le acusa de ser el mismo Satanás. Sin embargo, la otra parte cree que estaba en su derecho de organizar una orgía, y que no obligó a nadie a asistir. Todos acudieron voluntariamente. Después de varias horas de discusiones acaloradas, todos llegan a una conclusión: el señor Miller no tardará mucho en pasar cuentas con el de arriba. Están cansados y quieren irse a casa.

—Señor Miller —, dice el juez Mason, con solemnidad — El código penal no contiene ningún delito que haga referencia a la lujuria. Además, el jurado considera que es inocente de todos los cargos presentados contra usted. Es libre. Se levanta la sesión.

Jason Miller abandona los juzgados cansado. Necesita reponer fuerzas. La semana que viene se prevé agitada. Tiene varias reuniones, entre ellas, una con un grupo inversor. Quieren que sea la imagen de una nueva cadena privada de centros residenciales que llevará por nombre: “Sueños Húmedos”.

FIN

No olvides compartir, comentar, y darle a los emotis. No hacerlo es pecado 😉


Sobre la autora

Olga

Autora de novelas chick lit adicta al chocolate. Soñadora empedernida. Me dedico a escribir por placer historias de amor para mujeres con humor.

Si el relato corto te ha parecido una locura, Amigas 4Ever, Locas de Remate, te va a encantar.


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