Relato corto: El italiano marchoso (Pecados Capitales “La Envidia”)

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Relato corto: Pecados Capitales #4

Siguiendo la serie de relatos cortos de “Pecados Capitales”, hoy le toca el turno a la envidia. Un sentimiento o estado mental en el cual existe dolor o desdicha por no poseer uno mismo lo que tiene el otro. Como le pasa a Fernando, el protagonista de “El italiano marchoso”. Este relato corto sigue a los de “Pepe el Perezoso”, “El organizador de orgías” y “El come totos”, inspirados en la pereza, la lujuria y gula, respectivamente.

No olvides suscribirte a mi blog para estar al día de mis locuras. Recuerda que todavía quedan por publicar, la ira, la avaricia y la soberbia; no necesariamente en ese orden. Dicho esto, deseo que disfrutes de la cuarta entrega de “Los pecados capitales: la envidia”.

El italiano marchoso (“la envidia”):

Fernando envidiaba a su vecino, el italiano. Se llamaba Stefan. No le envidiaba ni por la nacionalidad, ni por el nombre. Lo que le producía desdicha es que, el muy cabrón, era más alto, más guapo, más inteligente y más simpático que él. Además, tenía un trabajo que le permitía viajar (no como él, que trabajaba de cajero en un súper), ganaba una pasta gansa cada mes (no como él, que tenía lo justo para vivir), y cada dos por tres invitaba a tías a su casa (no como él, que estaba a dos velas).

Fernando estaba al tanto de todas las actividades de Stefan, especialmente de las nocturnas, porque sus dormitorios compartían pared; los gemidos y exclamaciones de gozo de los ligues de turno del italiano se colaban dentro de su piso. El tío dejaba a Rocco Siffredi a la altura del betún. Era un puto crack en la cama, y conseguía que las chavalas gritaran como posesas durante horas. De placer ¡Todas!

Stefan sacaba tanto de quicio a Fernando, que un día, éste decidió reventarle la fiesta llamando a la policía. Les dijo que hacía rato que oía gritar a una mujer en casa de su vecino (lo cual era verdad), y que temía por la vida de la mujer (lo cual era más o menos cierto); se puede llegar a matar a alguien de placer, ¿no?

La jugada le salió bien. Bueno, a medias. Al cabo de un rato de haber dado la voz de alarma, la pasma llegó. Desde la ventana, Fernando vio como un coche de policía estacionaba sobre la acera, y se fue corriendo a chismorrear por la mirilla de la puerta. Una agente de policía llamó a la puerta del apartamento de Stefan y los gemidos al otro lado de la pared del dormitorio se detuvieron. En seco. Un minuto después, el italiano abrió la puerta. Para sorpresa de Fernando, no parecía enfadado por la interrupción. Al contrario. Habló animadamente con la agente de policía. Y ella, después de echar unas risas con él, anotó unos datos y se largó. Aun así, Fernando se acostó satisfecho, porque después de la visita, no se volvió a oír nada más.

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Semanas más tarde, Fernando se encontró a Stefan en el parque que había cerca de su casa, y como no le apetecía hablar con él, intentó evitarle. Sin éxito.

—¡Ciao, vecino! ¿Cómo va la vita? — gritó Stefan, para llamarle la atención, con su acento italiano. Iba con su perro; Fernando no tenía ni idea de qué raza era, pero el chucho estaba de buen ver, como su dueño.

—Hola, Stefan. ¿Qué tal? — le saludó, fingiendo que no le había visto hasta que él le había llamado.

Bene. ¿Te enteraste que el otro día vino la polizia a mi casa?

—¿La policía? No. Qué va —. respondió nervioso; ¿y si el italiano sabía que fue él quien le denunció? — ¿Por qué? ¿Pasó algo?

Niente…Estaba con una de mis principesse, y llegó la polizia. Querían controllare que tutto estaba en orden. Alguien había oído rumori, y temían que la ragazza estuviera en peligro. Qué suerte tenemos de vivir en este vecindario, Fernando. Todo el mundo es tan sensible e bello.

Fernando le miró anonadado. El tío no sólo no estaba cabreado por el coitus interruptus, sino que encima se alegraba de que la policía hubieran ido a hacerle una visita; y no de cortesía precisamente.

—Vaya, debió cortarte el rollo, al menos —. esperaba que el italiano le dijera que sí, que fue una putada y que el polvo con su “principessa” quedó abortado.

—¡Qué dici! ¡Noooo!

—¿Nooo?

—Pasamos al modo silenzioso. Mucho más excitante… ¿Pero sabes qué fue lo mejor de la notte?

—No. Sorpréndeme.

A esas alturas, Fernando ya estaba echando espumaracos por la boca, y su piel había adquirido un tono verdoso, un ataque de envidia en toda regla. El italiano acabó de reventarle el hígado.

—La agente de polizia que vino era bellissima. Nos intercambiamos los números de teléfono, y hemos quedado para cenar esta notte. Me encantan las donne. Son il migliore que Dios no ha dato. ¿No opinas lo mismo, Fernando?

—No sé. Yo no tengo la suerte que la policía llame a mi puerta por la noche —. hizo un esfuerzo sobrehumano para no reventarle la nariz de Franco Batiatto. ¡Qué asco de tío! ¡Y qué vida más injusta!

—Deberías comprarte un cane. A las ragazze les encantan los hombres que tienen mascotas. Es una segnale de sensibilità — sonrió, enseñando su perfecta y blanca dentadura, mientras Fernando valoraba la posibilidad de comprarse un Rottweiler, para entrenarle y enseñarle a atacar al subnormal de su vecino; o a pegarle un bocado en el paquete.

—¡Uy, qué monada! — exclamó una chica que pasaba por allí, deteniéndose a admirar el perro de Stefan — ¿Cómo se llama?

—El cane no es tan bello como tú, ragazza. Se llama Brutus —. él se arremangó la camisa y le enseñó el nombre del perro tatuado en su abultado deltoides.

Fernando no tuvo duda de que, la maniobra de seducción ensayada, acababa de ponerle a la chica en bandeja. Y viendo que la conversación entre los dos iba para largo, se fue cagándose en todo.

De camino a casa, deseó que el italiano se atragantara con los Spaghetti durante su cena romántica con la agente de policía. O en caso contrario, que ella fuera una psicópata, le atara a la cama con las esposas, y le sodomizara con la porra hasta dejarle el culo como la bandera de Japón, y la cara como Berlusconi.

Ya de noche, tumbado en la cama, Fernando tuvo que taparse los oídos con la almohada para no oír a Stefan, que ya había conseguido poner a la agente de policía mirando pa’Cuenca; los suspiros evidenciaban que se habían puesto a usar la porra. ¡La de él!

—¡Dame fuerte, machote!

—¡Plaf!

—¡Oh, sí! ¡Otra vez!

—¡Plaf, plaf!

—¡Ooooh! Sigue, no pares…

Fernando lanzó la almohada contra la pared. Ni cubriéndose las orejas podía evitar oír la juerga del vecino. Estaba irritado, enfadado, obsesionado. ¿Por qué el italiano podía tener tanto y él tan poco? Se le pasó por la cabeza volver a llamar a la policía, pero si lo hacía, corría el riesgo de que el semental acabara enterándose que el de las llamadas para joderle los polvos era él. O peor, que se presentara otra agente buenorra, y el muy mamón acabara organizando un trío.

El monstruo de la envidia se apoderó de Fernando, pidiéndole carnaza. Tenía hambre. Así que se quitó el pijama, se vistió, y bajó a la calle dispuesto a alimentar a la criatura. A paso ligero, se acercó a la tienda de “24 horas”, donde compró un espray de pintura amarilla, una herramienta (que no sabía para qué servía) con punta afilada, un destornillador, un pasamontañas, y unos tapones para los oídos. El tipo de la caja le miró con suspicacia; estaba acostumbrado a ver cosas raras (es lo que tiene trabajar en un “24 horas” en el turno de noche), pero un tío comprando esa clase de material a las tres y media de la madrugada… Era sospechoso.

—¿Bricolaje nocturno? — preguntó, para sonsacarle información a Fernando.

—Insomnio, mezclado con síndrome de Diógenes —. contestó él, sin vacilar.

La respuesta debió ser convincente, porque el empleado de la caja bajó la guardia y asintió con la cabeza, sonriendo.

Al llegar a la esquina de su casa, Fernando se puso el pasamontañas, se agazapó entre las sombras, y se acercó sigilosamente a un coche deportivo que estaba aparcado a unos metros de la entrada de su portal. Comprobó que no hubiera nadie espiándole, sacó la herramienta afilada que había comprado, y la clavó en una de las ruedas. A continuación, hizo lo mismo con las otras tres. Después, se levantó, arrastró la punta del destornillador por la chapa, con saña, haciendo saltar la pintura, y pintó el parabrisas con spray amarillo, escribiendo “figlio di puttana”. Por último, contempló su obra de arte; el monstruo de la envidia había dejado de rugir.

Iba ya a abandonar el lugar de los hechos, listo para irse a dormir con los tapones para los oído, cuando vio a un chucho mirándole con cara de penita.

—Hola bonito —. se agachó, y le hizo unas señales para que se acercara, pero hasta que no se quitó el pasamontañas, el animal no se le acercó — ¿Te has perdido? — le frotó detrás de las orejas, quedándose pensativo.

Si el gilipollas de Stefan utilizaba a Brutus para ligar, él podía hacer lo mismo con ese perro que, por lo visto, no tenía dueño; tampoco pedigrí, pero daba el pego. Regresó a la tienda de “24 horas”, le compró una correa, un collar anti pulgas, y se lo quedó.

A la mañana siguiente, salió a pasear con su nuevo amigo. Stefan también estaba paseando a Brutus.

—¡Buenos días, vecino! — saludó Fernando, fresco como una rosa.

—¡Ciao, vecino! — respondió Stefan, alegre.

Que raro. ¿por qué está contento? ¡Es que no ha visto como he dejado su coche? Este tío se chuta, pensó Fernando.

—¡Bravo! ¡Veo que me has hecho caso! ¡Te has comprado un cane!

—He adoptado.

—¿Adoptado? Eres un tipo intelligente. Si explicas esta historia a las ragazze, se enternecerán. Ligarás más que yo, seguro.

—Y hablando de ligar… ¿Qué tal con la poli? — desvió el tema, deseando que la conversación les llevara hasta lo del coche — Venga, pequeño. Ve a mear por ahí —. soltó al perro “adoptado”, y este se alejó para ir a olisquear entre unos matorrales.

—¡Bravissima! Esa mujer es una fiera en la cama. Me ha dejado esausto.

—Por los gritos que pegaba anoche, seguro que se ha ido contenta.

—Bueno, contenta conmigo, sí. Pero esta notte alguien le ha destrozado la macchina. Le han rayado la chapa, reventado las ruote, y le han dejado un mensaje con spray en el parabrisas. Menos mal que trabaja en el dipartimento di polizia. Todos sus compañeros están investigando para saber quién es el culpable. Seguro que encuentran a ese figlio di puttana.

Fernando tragó saliva y tartamudeó.

—Pe-pe-pero el coche destrozado, ¿no era el tuyo?

—Ah, lo has visto… No, Fernando. Me compré una macchina nueva. La antigua se la vendí a la ragazza polizia. Pobre… Estaba tan felice con la sua macchina.

Fernando fue a decir algo pero entonces…

—¡Brutus, no! — gritó Stefan. Su perro estaba sodomizando al de Fernando; una metáfora de lo que acababa de pasar entre ellos dos — Lo siento, amico. Mi cane no está esterilizado —. separó a los chuchos como pudo.

—No pasa nada —. murmuró él, con ganas de esterilizarlos a los dos; a Stefan y a su maldito perro.

El resto del día, Fernando se lo pasó pensando porqué había dicho “no pasa nada”. Sí que pasaba. La próxima vez que saliera a pasear el “adoptado”, tendría que ir a otro parque, lejos del italiano “sexoadicto” y su chucho sodomita. La próxima vez…

—Espera… ¿Qué tienes ahí? — dijo, mientras le rascaba la barriga a su perro. Acababa de descubrir que tenía un tatuaje en la barriga; el antiguo dueño se lo debió hacer.

De repente, se le encendió una lucecita, y sin perder tiempo, pidió hora para hacerse un tatuaje igual.

—¿Está seguro que quiere ese tatoo? ¿Idéntico? — le preguntó el tatuador, al ver la foto que Fernando le enseñaba.

—Segurísimo — el símbolo era original, y molaba bastante más que llevar el nombre del perro tatuado — Lo quiero aquí, que se vea bien —. su brazo no lucía tan hermoso como el del italiano (que se pasaba el día en el gimnasio). El cuello se le antojó un buen lugar. ¡Chúpate esa, Stefan!, pensó, al sentir las agujas perforándole la piel.

Fernando llegó a casa más contento que unas pascuas. Varias personas que le habían visto el tatuaje, le habían sonreído; una clara señal de que empezaba a triunfar. Aunque la alegría le duró poco. A media tarde, Stefan le enseñó una fotos que había colgado en Instagram, donde aparecía en lo alto de una montaña, con unas vistas espectaculares. Al ver los comentarios que le habían dejado (había un montón, la mayoría de chicas, y todos positivos), la envidia volvió a aflorar.

Con un cabreo del copón, ni corto ni perezoso, Fernando cogió el coche y fue hasta una zona de acantilados, alejada de la ciudad. Estaba dispuesto a pasarle la mano por la cara al spaghetti: tenía un perro mejor que el suyo, un tatuaje más original, y pronto unas fotos más bonitas. ¡Estaba chupado!

—Te vas a enterar de quien es Fernando, hijo de Siciliano. Vas a ver tú los selfies que me hago. Te vas a cagar patas abajo —. murmuró, acercándose al acantilado para tomarse la primera instantánea.

*****

—¡Mama mia! ¿Estás segura de que el que destrozó tu macchina fue Fernando?

—Completamente. Mis compañeros del departamento de investigación criminal han reunido pruebas suficientes. ¡Fue él!

—¿Pero qué razón podía tener mi amico para hacer una cosa así?

—¿Envidia?

—¿Invidia de qué?

—Qué importa. Ahora ya no está.

—No me lo recuerdes. Mi emoziono. Quién le mandaría ir  hacerse  selfies en los acantilados. Me da mucha pena.

—¿Pena? Había letreros por todas partes, avisando del peligro de desprendimientos. Se la jugó. Lo siento Stefan, pero tu vecino era un capullo.

—Sé que estás resentida por lo de tu macchina, pero no hables así de él, bella… Pobre Fernando.

—No lo digo sólo porque me arruinara el coche, o porque se despeñara por el acantilado. Lo digo también por lo del tatuaje. Hay que ser muy capullo para…

La agente de policía se echa a reír y Stefan no puede hacer otra cosa que unirse a ella.

—Tienes razón. Hacerse un tatuaje igual que el que les hacen a los cani cuando los esterilizan es de capullo. ¡En qué estaría pensando! ¡Mama, mia!

FIN

Si te ha gustado el relato corto, comparte, comenta y dale a los emoticonos. Cada vez que lo haces, alguien se muere de envidia. No hacerlo es pecado 😉


Sobre la autora

Olga

Autora de novelas chick lit adicta al chocolate. Soñadora empedernida. Me dedico a escribir por placer historias de amor para mujeres con humor.

En Amigas 4Ever hay 4 protagonistas, mujeres, y nada de envidia. Un tópico que no pienso alimentar en ninguna de mis novelas. 😉


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