Relato corto: El Come totos (Pecados Capitales “La Gula”)

OlgaRelatos CortosLeave a Comment

Relatos Cortos


Relato corto: Pecados Capitales #1

Después de las vacaciones de Semana Santa, se me ha ocurrido que podría crear mini relatos inspirados en los 7 pecados capitales. No te asustes, no van a ser historias religiosas, ni nada parecido. Más bien todo lo contrario, que para eso soy escritora de chick lit y novela romántica.

Me apetece empezar con el pecado de la gula. ¿Será a causa de las torrijas y los buñuelos de cuaresma? Puede. Más adelante seguiré con la lujuria, la pereza, la ira, la envidia, la avaricia y la soberbia; no necesariamente en ese orden. Dicho esto, deseo que disfrutes de la primera entrega de “Los pecados capitales: la gula”.

El Come totos (“la Gula”):

Me llamo Calisto y soy un pecador. Lo he sido desde pequeño. Mi pecado: la gula. Me pirro, o me pirraba, por la comida. De bebé, la leche la tomaba con tanta ansia, que mi madre decía que creaba el vacío en el biberón. Y en el colegio, mis amigos dejaron de invitarme a las fiestas de cumpleaños, porque arrasaba con todo: patatas, ganchitos, bocadillos… El pastel, lógicamente, tampoco quedaba a salvo. Cuando llegué a la adolescencia, mi vicio por la comida no disminuyó. Ni un ápice. Pero la chicas empezaron a hacerme tilín y, como iba loco por salir con una, empecé a plantearme si lo de comer a dos carrillos no estaba perjudicándome. Mi cuerpo lozano sobre pasaba ya los 100 quilos y las capas de grasa ocultaban mi belleza interior.

Fue entonces cuando decidí apuntarme al gimnasio. Según mis amigos, hacer ejercicio servía para ponerse en forma. Una necesidad que yo nunca había tenido, porque siempre había estado “en forma”. Redonda. El primer día que puse el pie en la sala de torturas/gimnasio lo entendí. JO-DER. Había tíos que parecían gladiadores romanos, levantando pesas como si no hubiera un mañana. Otros corrían sobre cintas. Oye, con que estilo… Aun sudados, creo que a las tías no les hubiera importado lamerles los sobacos. ¿De dónde coño había salido? ¡Eran Dioses! Crucé los dedos para que se me pegaran (aunque solo fuera un 1%) las feromonas que desprendían sus cuerpos musculosos y viriles.

Debo confesar que lo único que se me pegó aquel día fueron los calzoncillos, entre los cachetes del culo. Porque me había puesto unas mallas de deporte, siguiendo los consejos de mi madre. Gran error. En aquella época mi indumentaria era, como lo diría… ¡Un asco! Así que el segundo día, haciendo caso a mis amigos, y acordándome de las miradas de soslayo de los Dioses, opté por embutirme en unos pantalones con goma, bastante cómodos.

Llegué al gimnasio con aire renovado y  la moral  alta. No me dejé amedrentar por el monitor, un tipo idéntico al “sargento de hierro”, que me mandó directamente a  calentar. Antes de largarse, y dejarme en el potro de torturas (o cinta), me aconsejó que no pasara de la velocidad mínima. Elegí la número 1, la más lenta, y cuando ya estaba sudando la gota gorda, llegó ELLA. La mujer que cambiaría mi vida.

Petra, que así se llamaba, ocupó la cinta que había junto la mía, puso la máxima velocidad, y empezó a correr como una gacela. A su lado, yo parecía un elefante camino del cementerio. Para disimularlo, y desoyendo la recomendación del monitor, subí a velocidad 6. Lógicamente, el guarrazo que me pegué fue antológico. Por no hablar de la humillación.  Al sentir que mis piernas flaqueaban, y que la cinta iba a enviarme a tomar por el culo, seguí una estrategia instintiva equivocada, empeorando aún más la situación: me agarré a la máquina mientras mi cuerpo era escupido. Eso ocasionó que la cinta se llevase mis pantalones y, un segundo más tarde, me disparase como a un balín.

Un año después de ser machacado por la cinta, y otros aparatos infernales de la sala de máquinas, empecé a cogerle el tranquillo al gimnasio; llegando incluso a salir  de él sin contusiones y/o rasguños. Eso sí, igual de gordo. Lejos de adelgazar, engordé; el ejercicio me abría el apetito. Y aunque el monitor se empeñaba en decir que el cambio en la báscula era debido a la masa muscular que estaba ganando, el espejo le desmentía. Por lo que mi frustración iba “in crescendo”.

El único motivo por el que no dejé de acudir a mis citas semanales con el “sargento de hierro” fue Petra. La gacela que me había visto hacer el ridículo más espantoso en la cinta. Curiosamente, fue ella quien también logró terminar con mi gula; al menos la gula por la comida. Lo recuerdo perfectamente. Como si fuera hoy.

Había acudido al gimnasio, como venía siendo habitual, y después de perpetrar algunos de los ejercicios que me había ordenado el “sargento de hierro”, me escaqueé para comprar una barrita energética en la máquina expendedora de la entrada.

¡Suscríbete al blog y no te pierdas ni un post!

—No deberías comerte eso. Es hipercalórico.

Me quedé con la barrita en la mano, en plan micrófono, mientras Petra me miraba, vestida con su pantaloncito corto y un top.

—Da igual. Coma lo que coma, no adelgazo. Es mi constitución.

—Lo peor que puedes hacer es picar entre horas. Pero si no puedes resistir la tentación, prueba a comer algo sin calorías.

—¿Como qué? ¿Apio? — le dije, con algo de sarcasmo; a mis 18, había probado casi de todo, pero nada funcionaba. Comiera lo que comiera, engordaba sin remedio. Y no comer, era peor. Porque tarde o temprano acababa pegándome un atracón.

—¿Has probado los totos?

—¿Totos?

—Totos —. me miró picarona.

—Te refieres a…

—Tienen cero calorías.

Me sonrió, me guiñó un ojo y, lo último que recuerdo es que estaba comiéndome su toto (cero calorías), mientras ella daba buena cuenta de mi barrita energética.

Fue un punto de inflexión en mi vida. A partir de ese día, cada vez que me entraba el gusanillo: toto al canto. Además, como nunca he sido tiquismiquis a la hora de comer, cualquier toto (cero calorías) me iba bien. Y cuantos más totos me comía, mejor eran mis resultados en el gimnasio. Y cuanto mejor eran mis resultados en el gimnasio, más totos me comía.

Entré en una espiral “totoriana” , un bucle sin fin que me llevó a dejar el ejercicio para dedicarme a comer totos a tiempo completo; una actividad muy placentera.

Tiempo después, Rebeca, una chica con la que iba a comer toto regularmente, me consiguió un puesto de trabajo en una importante empresa de alimentación. Empecé como mozo de almacén y poco a poco fui medrando. Una de las encargadas de planta, con la que comía toto en mis ratos libres, intercedió para que me pusieran a trabajar en su sección.

Fue una época bastante agitada. Me pasaba todo el día viendo comida, lo que me provocaba unas ganas irrefrenables de comer: totos (cero calorías). Mi voracidad no pasó inadvertida. De repente, empecé a conocer compañeras de todos los departamentos de la empresa. Al final, al ver que  las relaciones inter personales se me daban bien, y que sabía usar la labia, me ofrecieron la oportunidad de abrirme camino como comercial.

¡Qué acierto! La verdad es que se me abrieron muchas piernas, digo, puertas. Con perseverancia, me puse a la cabeza de los objetivos marcados y gané el premio al mejor comercial del año. Vendía los productos como churros, y la frecuencia de pedidos aumentó de forma exponencial. Todas las clientas de mi cartera querían que las visitara y, con la excusa de hacer pedidos, me invitaban a comer toto. Los probé de todas clases, sabores y colores. ¡Una maravilla y cero calorías!

Claro que no todo fue coser y cantar. La fama tiene su lado oscuro y me enfrenté a algún que otro problemilla. Como cuando la directora general de mi empresa dejó claro que comer totos durante las horas de trabajo estaba prohibido; después me enteré que ella se zampaba barritas energéticas por doquier. ¡Eso sí que era gula!

He querido compartir esta historia porque reconocer un problema, es el primer paso para salir de él.

Me llamo Calisto, soy adicto a los totos y mi pecado es la gula.

FIN

No olvides compartir, comentar, y darle a los emoticonos. No hacerlo, es pecado 😉


Sobre la autora

Olga

Autora de novelas chick lit adicta al chocolate. Soñadora empedernida. Me dedico a escribir por placer historias de amor para mujeres con humor.


En Los Dragones Nunca se Enamoran, podríamos decir que la “gula” es el motivo por el cual los protagonistas se conocen 😉

Ir a la ficha del libro

Este LIBRO GRATIS para ti...

* campo requerido