Mi hijo es un extraterrestre:

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Mi hijo es extraterrestre

No me lo puedo Creer


Mi hijo es un extraterrestre:

Mi hijo quería que escribiera sobre él, y hoy ha llegado el gran día. Espero estar a la altura. Una no tiene siempre la oportunidad de contar que su hijo es un extraterrestre. Más bien un «Alien», porque salió de mis entrañas a través del abdomen; no como el de la película, pero casi. ¡Qué exagerada!, dirás. O ¡Qué bruta! Mira que comparar a su propio hijo con un marciano, pensarás. Eso es porque todavía no has leído el post. Cuando termines, me darás la razón.

El extraterrestre no llega en nave espacial:

Mi bebé cósmico no llegó pilotando una nave espacial, aunque podríamos considerar mi vientre como tal, debido a las descomunales proporciones que tenía. En el quirófano, donde terminé para que me lo sacaran, me enteré que, a parte de llevar a un «alien» de casi 4 quilos (40 gr. faltaban para llegar a los 4 Kg.), la placenta era de órdago, y como mínimo, debía llevar unos 100 litros de líquido amniótico. ¡Joder, qué descansada me quedé! Mi cuñada me había dicho que echaría de menos la tripita pero, ¡qué narices! Fue un alivio. Volví a verme los pies y a descalzarme sin pedir ayuda. No entraré en detalles sobre el alumbramiento de la criatura, porque lo tienes todo explicado en mi post «Si lo sé no vengo (historia del parto de la burra».

Y llegó la primera noche en la clínica con el retoño, que había nacido sobre las 5 de la tarde (más o menos). Yo acojonada, deseando me dejara dormir; llevaba despierta desde muy temprano, había pasado nervios todo el día, y me habían sometido a una intervención quirúrgica (a veces se nos olvida que una cesárea es una operación, bastante dolorosa, por cierto). No puedo decir que fuera una de mis mejores noches. Tampoco puedo quejarme, porque mi hijo se portó muy bien. Si entendemos por «portarse bien» no llorar. Cuando se quejaba, lo metíamos en la cama conmigo, y se callaba. Pero como no podía moverme, debido al tajo que me habían hecho para sacármelo, de vez en cuando su padre le cogía en brazos.

Ahí ya empezamos a sospechar que había algo raro en él. A ver, que quede claro. Tengo estudios sanitarios y trabajé como enfermera unos cuantos años. Sé qué es un recién nacido y las capacidades y limitaciones físicas que tiene. Pero os juro, que el extraterrestre levantaba la cabeza del hombro de su padre, lo justo para poder escudriñar la habitación con los ojos como platos. No era una mirada perdida, de esas de bebé. Era una mirada viva, atenta, que decía «¿Dónde coño estoy?». Daba la sensación que estaba intentando resituarse después de haber pasado 41 semanas metido dentro del útero. No es que yo alucinara debido a los calmantes. JM, que estaba ahí, conmigo, os contaría exactamente lo mismo. La verdad, en la penumbra de la habitación, ver a un niño de horas hacer eso… ¡acojona!

De día la cosa era distinta, y hacía hasta gracia. El fotógrafo de la clínica se quedó prendado con mi extraterrestre.

Si fuera mi sobrino — me dijo — me quedaba aquí haciéndolo fotos. Nunca había visto un bebé con esta expresión y los ojos tan abiertos. (¡Ni yo!) Casi todos los que retrato están dormidos o con los ojos cerrados.

Porque no le has visto por la noche, moviendo la cabeza en plan «niña del exorcista», pensé, sino te cagabas patas abajo.

En casa, cuando me levantaba para darle el pecho, o cambiarle el pañal, me daba un mal rollo… Mi hijo seguía escudriñándolo todo, con esa mirada inquisidora. Y yo me preguntaba si sería verdad que los bebés son miopes y no ven bien, porque el mío parecía tener una vista privilegiada. Mira como le vería, que a veces me daba la sensación que iba a hablar y decirme «Nah, estas cortinas no me gustan». Llega a pasar, y me da un soponcio.

Evidentemente no comenté nada a nadie. Básicamente porque no sabía cómo podían reaccionar al decirles que el niño, de noche, me daba yu-yu. No porque su mirada fuera diabólica, sino porque no era “normal” para su edad. Quedé más tranquila cuando mi esposo confesó que a él también le daba un no sé qué. No eran cosas mías. Mal de muchos, consuelo de tontos. OMG!

Ahora, cuando se lo explicamos a nuestro hijo, que cumplirá 11 años (cómo pasa el tiempo), se parte de risa. No sé si porque la anécdota le parece graciosa. O porque está pensando qué va a pasar el día que entre en su habitación y le encuentre mutando dentro de un huevo tipo “Cocoon”. No te rías, que la adolescencia se acerca y cosas peores se han visto.

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Un extraterrestre en el colegio:

A los 3 años empezó el cole y llegaron los “problemas”. El extraterrestre no estaba por la labor, porque no le gustaba cantar y no le gustaba pintar. ¿Y qué hacían en el cole durante todo el Santo día? Pintar y cantar. Un coñazo, vaya. Las tareas que sus compañeros tardaban no más de una hora en terminar, al él le llevaban dos días. Básicamente porque le importaba tres pepinos, por ejemplo, ir pinchando un papelito con un punzón resiguiendo un dibujo. En fin, que su misión en la Tierra no era mejorar la psicomotricidad, ni la pinza fina, ni todas esas gilipolleces que enseñan en el cole. Qué narices iban a enseñarle, ¡a él!, que con horas de vida ya analizaba habitaciones de hospital para poder reportar los descubrimientos a sus compis de la nave nodriza (telepáticamente, supongo). Por favorrrr…

No es de extrañar lo que pasó cuando les enseñaron a reciclar. Que no sé para qué enseñan a niños de 3 años el contenedor en el que va el cartón, o el cristal. Pero bueno, aquí entraría en un tema que da para otro post. La cuestión es que la profe dejó un montón de basura en el suelo de la clase, e invitó a los niños a poner cada uno de los deshechos en el contenedor que le correspondía. Como puedes imaginar, todas las criaturas se pusieron manos a la obra, menos una. ¿Adivinas cuál?

¡Exacto! El extraterrestre se entretuvo mirando un papel de periódico del suelo, sin recoger nada de nada. La profesora le iban observando, preguntándose qué hacía. Y él, embobado con el papel. Hasta que por fin lo cogió. No para ir a tirarlo al contenedor, sino para reportar una noticia.

¡Mar, Mar! ¡Ha habido un incendio!

Me imagino la cara de la profesora cuando vio que, efectivamente, la página del periódico mostraba la foto de un edificio en llamas. Y la cosa debió ser graciosa (no el incendio, sino la reacción del ˝rarito˝ de la clase) porque la profesora me contó qué había pasado muerta de risa. Si tú supieras…, pensé.

Al año siguiente, con 4 años, el extraterrestre vio un reportaje de la BBC sobre la reproducción humana y se quedó pillado. Era un documental muy divertido, en el que salían señores disfrazados de espermatozoides mientras la voz en off contaba el recorrido que hacían, además de narrar los peligros a los que se debían enfrentar hasta llegar al óvulo. ¡Vaya cosa fue a aprender!

Le faltó tiempo para ir a explicar el tema a sus compañeros de clase. Era importante. Tenía la necesidad de expresar que él (igual que el resto de la humanidad) era el espermatozoide ganador. Como consecuencia, y a diferencia de la mayoría de padres, los cuales tienen conversaciones con sus hijos sobre reproducción cuando éstos son ya adolescentes, nosotros tuvimos que hacerlo mucho antes. No para explicar al extraterrestre lo que ya sabía, sino para decirle que no hiciera de spoiler; sus compañeros humanos todavía no estaban preparados para asimilar “el misterio de la vida”.

¿Qué come un extraterrestre?

Brócoli. De todo un poco, pero el brócoli es su comida preferida. En casa siempre se ha comido variado y sano. Así que el extraterrestre nunca le ha hecho ascos a nada. La mayoría de cachorros humanos se pirran por la pasta, o el pollo rebozado con patatas. Lo sé. Pero mi hijo siente predilección por este vegetal.

Aún recuerdo cuando íbamos a la verdulería a comprar y entraba corriendo en la tienda para llegar el primero a las «coliflores verdes». Cogía una con sus pequeñas manitas y gritaba:

—¡Mama, compra brócoli! ¡Compra brócoli, por favor!

Las clientas quedaban alucinadas y más de una me miraba con esa sonrisa de «te ha salido rarito el niño, eh?». Pues sí, señora. Es que es extraterrestre. ¿Pasa algo?

Otra cosa que le pirra es el chocolate. Normal, durante el embarazo me hinché a comer chocolate. Aunque no sé si tiene algo que ver, porque también me harté de paella y mejillones (que desde siempre me han dado un asco terrible, menos en el embarazo) y a él ni fu ni fa. ¿Le gustará el color del brócoli? Lo digo porque los marcianos son de color verde. No sé… El césped también es verde y ni lo toca. Afortunadamente. Si lo hiciera empezaría a preocuparme. Lo de tener a un hijo-alien, pase. Pero un hijo-vaca…

¿Seguro que es extraterrestre?

No estoy 100% segura, pero yo diría que sí, que mi hijo es extraterrestre. Tengo pruebas: duerme con la parte de arriba del pijama al revés (lo de delante, detrás, y lo de detrás, delante). La parte más escotada del cuello le queda en la espalda. ¿Despiste? Podría ser. Pero cuando le digo que está al revés, me responde que le gusta llevarlo así.

Mi teoría es que los aliens nos secuestraron, a mi marido y a mí, manipularon nuestro ADN, y esperaron a que hubiera fecundación. Creo que nos han estado haciendo un seguimiento exhaustivo desde entonces.

Mi hijo es un experimento de seres de otras galaxias. Y dentro de nada, me veis en «Cuarto Milenio» promocionando mi nuevo libro: «Mi hijo es un extraterrestre» o «El niño de las estrellas que comía brócoli». Todavía no he decido el título.

To be continued…

Sobre todo, y bajo ningún concepto, le des a los emoticonos, dejes comentarios, o compartas el post. Los aliens podrían venir a por ti.


Sobre la autora

Olga

Autora de novelas chick lit adicta al chocolate. Soñadora empedernida. Me dedico a escribir por placer historias de amor para mujeres con humor.


En Amigas 4Ever, Sapos Azules, no hay extraterrestres pero pasan cosas muy, muy, raras…

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