Los peligros de tener una madre escritora:

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No me lo puedo Creer


Una madre escritora:

Como ya he dicho en varias ocasiones, soy creadora de historias. Tengo una imaginación desbordante; en mi cabeza siempre han hervido mil y una aventuras. Podríamos decir que lo de vivir en las nubes se me da muy bien. Supongo que es una forma de escapar del mundo cuando las cosas que veo no me gustan. O de ponerle algo de diversión a la vida, cuando se hace aburrida.

A priori, puede parecer un chollo. Incluso puedes pensar que los niños con una madre escritora, o creadora de historias, disfrutan de lo lindo. Apuesto lo que quieras a que te imaginas que, al acostar a mi hijo, me siento en su cama e invento cuentos. Bueno… no es bien, bien, así. En mi caso, nunca me ha dado por ese ritual. ¿Por qué? Porque cuando estoy “obligada” a inventar algo, no me sale. Me bloqueo. En cambio, en cualquier momento, y sin venir a cuento, se me ocurren historias de los más original y divertidas. ¡Pluf! Ni tan siquiera tengo que pensar. Empiezo a hablar, y sin darme cuenta, creo una historia de la nada; habitualmente con bastante sentido del humor. Mi marido se parte de risa conmigo (en casa, la payasa soy yo) y mi hijo suele preguntarme: ¿Mama, cómo es que eres tan graciosa?

Aunque… hubo un día, que no opinó lo mismo. ¿Quieres saber qué pasó? Te lo cuento a continuación.

Madre, escritora y bruja:

De esto hará unos 4 años. En aquel entonces, mi hijo tenía unos 6-7.

Resulta que cada jueves yo iba a clases de Body Pump. Me ponía el chándal y me despedía de mi familia con un “me voy al gimnasio”. Hasta que un día, a mi hijo se le ocurre preguntar que para qué voy al gimnasio. Vamos, la típica pregunta “absurda” que te da palo responder. Básicamente porque sabes que detrás de esa, vendrán otras del tipo «WTF!».

Yo: Voy al gimnasio, para hacer ejercicio.

Él: ¿Qué ejercicio?

Yo: Pues no sé, ejercicio. (a ver, qué querías que le dijera. Levanto pesas, estiro gomas, salto, hago steps)

Él: ¿Para qué?

Yo: Para estar en forma.

Él: ¿Estar en forma? ¿Por qué?

Yo: Porque necesito estar en forma.

Él: ¿Por qué necesitas estar en forma?

Pfff… Ya habíamos entrado en un bucle. Típico de mi hijo; siempre me acaba llevando a su terreno. ¡Y el tío no se cansa! Es una puta “gota Malaya”. Para ejemplificarlo, te diré que le apunté un par de meses a la guardería, justo antes de empezar el colegio, y al cabo de unas semanas ya había contagiado a toda la clase con sus “porqués” infinitos. La etapa de los “porqués” está en torno a los 3 años, pero como él es extraterrestre, empezó mucho antes (y hasta hoy no ha parado) OMG!

Entonces, ocurrió. Me vino una idea muy loca a la cabeza. Me imaginé que era una bruja, que me reunía con otras compañeras de profesión en el gimnasio, y que nos dedicábamos a remover una enorme cuchara de madera dentro de un caldero. Vamos, la típica estampa de las brujas malas de los cuentos.

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Bueno, hijo. La verdad es que no te lo quería contar, pero ha llegado el momento. Soy una bruja. Y necesito ir al gimnasio para entrenar la musculatura de los brazos. Hay un caldero enorme, en medio de la sala, y hacemos ejercicios para poder darle vueltas a la cuchara —. hago el movimiento con los brazos, como si estuviera removiendo un caldero imaginario.

Mi hijo abre los ojos de par en par.

Me estás gastando una broma, ¿no?

No, te estoy diciendo la verdad.

Mama, dime la verdad. Es una broma. ¿A que sí?

Aquí ya empezó a medio acojonarse.

No, es la verdad.

Le entra la risa tonta de nervios.

Me estás gastando una broma —. dice, para reafirmarse — Porque… ¿qué hay en el caldero?

Pues que va a haber. ¡Niños! Las brujas comemos niños — le veo cara de “¡Ostia!” y lo arreglo sobre la marcha — Pero no te preocupes, a ti no te va a pasar nada. Porque eres hijo de una bruja y un duende. De esos niños no comemos.

Venga, ya. ¿Cómo que soy hijo de una bruja y un duende?

Sí. Eres un “Bruduende”, una mezcla de las dos especies. Porque el papa es un duende. ¿No lo sabías? (cómo lo iba a saber, si se acababa de enterar de que yo era una bruja)

¡Te lo estás inventando todo!

Que no, que es verdad — se me escapa la risa — Mira, ¿sabes cual es la prueba para saber si alguien es un duende? Le tienes que mirar las orejas. (me escucha con mucha atención). Si tiene el lóbulo pegado, significa que lo es. Anda, mira las orejas de tu padre y lo verás.

Mi marido, que se está aguantándose la risa, y mirándome con cara de “ya está la loca haciendo de las suyas”,  entra en el juego y le enseña las orejas.

Inciso: Como sabrás, hay dos tipos de lóbulo, el despegado (como el mío) y el pegado (como el de mi marido), ambos perfectamente normales; aunque yo siempre me burlo de mi churri, y le digo que él está “medio hecho”, que durante el proceso embrionario no se le acabaron de formar bien las orejas. (¡Qué cabrona soy!)

En ese momento, el chaval ya empieza a alucinar pepinillos. Y a tener dudas razonables.

¿Lo ves? — le digo, con una sonrisa burlona —No miento.

¡No me lo creo, mama! — risita nerviosa de “digo que no me lo trago, pero me estoy acojonando”.

Y yo, como aquel que no quiere la cosa, le suelto:

Todos los “Bruduendes” tienen una marca de nacimiento. Una peca en el ombligo.

Abre la boca alucinado; se acaba de acordar que tiene una peca (bastante gorda) en el ombligo. La prueba irrefutable que es un “Bruduende”.

Mama, no hace gracia. Dime la verdad. Te los estás inventando todo, ¿verdad? —pone cara de excitación, flipe y un poco de acojone.

Ya te he dicho que no miento.

Es mentira, ¿no? Mama, no me mientas. No tiene gracia.

Yo ya te he dicho todo lo que te tenía que decir. Ahora, debo irme. Si llego tarde al gimnasio, ya se habrán comido a todos los niños.

¡Mama!

Adiós, voy a remover el caldero. ¡Ja, ja,ja! (risa diabólica). Hasta luego —. le doy un besito, y me largo a Body Pump, satisfecha de lo bien que me ha salido la historia. ¡Qué mala soy!

En mi defensa diré…

…que la historia no traumatizó para nada al niño. Al contrario, le tuve unos días entretenido con lo del “linaje familiar” y la mosca detrás de la oreja. Yo creo que en el fondo no se lo creía, pero como le parecía mágico, tampoco quería descartarlo. En eso se parece a mí. No quiere renunciar a la magia, y se resiste a pensar que no existe; al menos, no como te la enseñan en los cuentos (un día escribiré sobre eso). La prueba es que sigue confiando en el Ratoncito Pérez (Tooth Fairy desde que vivimos en UK), y eso que está a punto de cumplir 11 años. Cuando le cae un diente, lo pone debajo de la almohada esperando encontrarse un regalo al día siguiente, con la misma ilusión que cuando era más pequeño (y se tragaba lo de los Reyes Magos de canto ¡Santa inocencia!)

Venga, a dormir. Que si pasa la Tooth Fairy y te ve despierto, no va a dejarte nada.

Mama, si ya sé que sois vosotros.

Tú mismo. Si sigues negando su existencia, no pasará.

Mama —, risita nerviosa de “no me lo creo, pero sí me lo creo” — no me engañes.

¡A dormir, que es tarde!

¡No existe!

Que sí, pesado…

¡Que no!

¡Que sí!

¡Que no!

¡Que sí!

¡Mierda! Ya ha vuelto a meterme en un bucle. ¡Hijo de su madre!

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Sobre la autora

Olga

Autora de novelas chick lit adicta al chocolate. Soñadora empedernida. Me dedico a escribir por placer historias de amor para mujeres con humor.

En “Los Dragones nunca se enamoran” aparece una bruja. Ni rastro de duendes 😉


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