Lo mejor del verano en el Mediterráneo:

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Reflexiones


Lo mejor del verano en el Mediterráneo:

A mí me gustan todas las épocas del año, cada una tiene sus encantos, pero el verano, al menos el que yo he vivido toda la vida, tiene algo especial. Tan especial, que voy a escribir un post. Mi marido me ha dicho ¿crees que va a dar para un post? Y yo le he respondido: ¡por supuesto!

Se han hecho hasta anuncios sobre el verano en el Mediterráneo. Todos conocemos el de la famosa marca de cerveza “mediterráneamente”, el cual refleja muy bien las sensaciones veraniegas a orillas del mar más bonito del mundo. Porque donde esté el Mediterráneo, que se aparten todos los mares paradisíacos de aguas turquesas y arrecifes de coral. Nada como el azul potente, las rocas y los pinos verdes de la Costa Brava, nada como los paisajes que he mamado desde pequeña, nada como mi tierra.

Las sensaciones del verano mediterráneo:

• La alegría al ver que los días se alargan casi hasta el infinito y la noche se resiste a llegar.

• La sensación del sol abrasándote la piel y obligándote a cambiar de acera en busca de sombra.

• La ansiada brisa colándose por debajo de la ropa vaporosa que acabas de desempolvar.

• La emoción de volver a ponerte la ropa que ya tenías olvidada.

• El olor a verano pegado todavía en la tela.

• Las ganas de calzarte de nuevo las sandalias, a pesar que sabes que los primeros días te llagarán los pies (delicados) debido al roce.

• Los planes para empezar a cocinar platos veraniegos.

• “Adiós” a las lentejitas estofadas y “hola” al sabor fresco y crujiente de las ensaladas.

• El coñazo de pasar por el chino la verdura triturada para hacer gazpacho (yo le añado Sandía y queda de muerte).

• El placer inconmensurable de beber el gazpacho helado, recién salido de la nevera, en un vaso lleno hasta el tope; haciendo “Aaaaah” al final de cada trago.

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• Salir a pasear cuando el sol empieza a esconderse y ya no puedes deshidratarte.

• Las caminatas por el paseo marítimo, con el olor a mar en el ambiente y el airecito húmedo pegándose a tu piel.

• Las horas sentados en un banco, viendo pasar gente, sin encontrar el momento de regresar a casa.

• Los caprichos imprescindibles cuando sales a pasear: Helado y horchata.

• El agobio de hacer cola en la heladería y la frustración de no saber qué sabor de helado elegir; cada vez hay más.

• La alegría del primer lametazo a la bola de helado, que siempre acaba siendo de chocolate (un clásico).

• El dolor de barriga al aspirar demasiado rápido la horchata helada y el ruido de la caña anunciando que ya se ha terminado.

• Los pájaros piando al amanecer mientras te desperezas, en pelotas, o con muy poca ropa encima.

El silencio en la calle a primera hora de la mañana, roto por lo saludos de los vecinos más madrugadores que ya han ido a comprar.

• El olor a crema solar que te untas antes de ir a la playa (para llegar con la crema ya absorbida y poder tirarte directamente al agua), mezclado con el salitre de las toallas.

• El ruido de la chanclas al andar, como una cuenta atrás hasta llegar a la playa.

• El sonido de las olas del mar y el comentario de rigor acerca del estado del agua: está limpia, movida, hay mar de fondo, u hoy está plana…

• La desagradable sensación al pisar la arena candente, o notar como las diminutas piedrecitas se meten por cada una de las separaciones de los dedos de los pies.

• La liberación al quitarte la ropa (después de colocar las toallas, marcar el territorio, y clavar la sombrilla) y quedarte en bañador-biquini.

• Los improperios que salen por tu boca al primer contacto con el agua gélida.

• Las posturas ridículas al ir entrando en el mar, con los brazos doblados a modo de “alitas de pollo”, mientras te cagas en las muelas porque una ola te ha mojado la parte del cuerpo que todavía no se “había acostumbrado a la temperatura del agua”.

• Las primeras brazadas y la sorpresa al descubrir lo salada que está el agua; aunque lleves toda la vida bañándote en el mismo mar.

• Los malos ratos dentro del agua. Cuando una gota (saladísima) te salpica el ojo, y no los puedes abrir, o cuando te ríes con la boca de par en par y una ola se te mete de lleno, atragantándote.

• El asco que sientes cuando tu acompañante confiesa que está haciendo pis dentro del agua (con sonrisa traviesa) y tu gritas: ¡No te acerques a mí! Mientras él/ella se parte de risa. Lo peor es que, automáticamente, te acuerdas del agua que has tragado sin querer, y piensas en los meados que debía contener. ¡Ecs!

• El miedo cuando alguien anuncia que hay medusas, y la paranoia que te entra con cada “cosa rara” que notas debajo del agua.

• El histerismo que demuestras al sentir que “algo” te ataca, y el ridículo espantoso que sientes al ver que se trataba de una bolsa de plástico.

Relajarte sobre la toalla, con el griterío de los bañistas y las olas de fondo, mientras el sol te seca.

• El agotamiento después de estar toda la mañana en la playa (yo siempre llego a casa como si me hubiera pasado un camión por encima), y la sensación de alivio y comodidad al salir de la ducha y ponerte ropa limpia; sin sal ni arena pegada.

El vermut antes de comer. Con esa cervecita fresquita, las patatitas de churrería y las aceitunitas rellenas de anchoa. Mmmm…

La modorra después de comer: primer plato, segundo plato, postre y café.

• El silencio sepulcral a la hora de la siesta, cuando se puede ver el aire caliente emanando del asfalto (no se oye ni a los pájaros).

La siesta. ¡Como no! Entre el calor, y el atracón de comida después de un día intenso de playa, es casi inevitable; caes en los brazos de Morfeo sí o sí.

• Los polvetes durante la siesta; la de niños que habrán nacido gracias a esos ratos de tranquilidad, sosiego y tontería.

• Las partidas interminables a cartas, u otros juegos de mesa, esperando la puesta de sol para salir a pasear, sin peligro de fundirte.

Las noches de calor, charlando en la terraza o el jardín, antes de ir a la cama; sudando la gota gorda y cagándote en los mosquitos.

• El frío agradable cuando te untan la crema anti-mosquitos; nunca te la pones tú, siempre pides a alguien que lo haga (es una tradición).

El sonido de los grillos en la oscuridad de la noche, acompañando tus reflexiones; a veces, este es el único momento del año en el que te paras a pensar sobre la vida.

• Acudir a las sesiones de cine en la playa; en el 99% de los casos las películas ya las has visto, el sonido es bastante mejorable, y estás sentado (si puedes) en una silla incomodísima, pero tiene su qué.

La canción del verano. La oyes en todas partes y a todas hora. Al final, acabas cogiéndole manía al artista en cuestión.

Las fotos. No hay verano que se precie sin ellas. Y si se hacen con el Mediterráneo de fondo, es imposible que salgan mal.

Seguro que me he dejado alguna cosa y se me ocurre después de publicar el post. Pero ahora mismo, lo voy a dejar aquí. Las sensaciones veraniegas que me quedan en la recámara son negativas. Como la de meterte en el coche (que ha estado estacionado a pleno sol) y sentir que vas a morir abrasado; por no hablar del gustito que da tocar el volante (con él se podría marcar una res). En fin… Mejor os dejo sólo con las cosas agradables (o menos agradables, pero entrañables) de mis maravillosos veranos mediterráneos.

Arriba, uno de mis rincones favoritos en la Costa Brava.

Si te ha gustado el post, comparte, comenta y dale a los emoticonos. Cada vez que lo haces, inventan un nuevo sabor de helado y se añade un euro a la fundación pro siesta.


Sobre la autora

Olga

Autora de novelas chick lit adicta al chocolate. Soñadora empedernida. Me dedico a escribir por placer historias de amor para mujeres con humor.

En “El Hilo Rojo” te cuento los veranos de la familia Dalmau en Sitges, a orillas del Mediterráneo.


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