Lío en las rebajas

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Lío en las rebajas

No me lo puedo creer


¿De rebajas?

La semana pasada me llamó Daniela, una amiga italiana que conocí al llegar a Brighton; hacía tiempo que no hablábamos. La pobre ha pasado una mala racha y hasta hace poco no estaba con ánimos para quedar. Hemos estado meses sin vernos y eso que vivimos a 15 minutos la una de la otra.

Me puse muy contenta cuando me llamó para decirme que se encontraba mejor y que, en dos semanas, iba a empezar a trabajar en una nueva oficina y que necesitaba ropa nueva.

Olga, no me gusta la ropa inglesa. Es muy floreada. Seguramente aprovecharé cuando esté de vacaciones en Italia para comprar algo, pero mientras tanto, ¿qué te parece si vamos a Churchill Square y echamos un vistazo a lo que hay? Están de rebajas —me dijo.

Pfff… A mí me da un palo terrible ir de compras.

Sí, soy de las pocas mujeres a las que no les gusta ir de shopping. Me agobia mucho. Menos cuando compro por internet. Con un ordenador y una tarjeta de crédito soy un peligro.

Daniela en cambio es lo opuesto a mí. No me atreví a decirle que no. Me apetecía verla y charlar con ella. Y si para eso tenía que ir de rebajas pues… ¡Alabado sea el Señor!

A mí me pasa igual que a ti, Daniela. Pero podemos ir a ver que se cuece por el centro comercial.

Las rebajas no son digitales:

Mi primera parada al llegar a Churchill Square fue en la tienda de deportes. Tenía que recoger unas zapatillas de deporte que había comprado online. Puede parecer un contrasentido. Comprar online y pasar por la tienda a física a recoger el producto. Pero elegí esa opción por dos motivos.

Uno: porque el repartidor siempre pasa cuando no estoy en casa (y eso que trabajo desde casa. También es mala suerte)

Dos: Porque mi esposo trabaja cerca del centro comercial y pensé que podría pasar a recogerlas al salir de la oficina.

La sorpresa me llegó con el mail en el que me avisaban de que las zapatillas estaban listas pero que la única persona que las podía recoger era yo; a no ser que hubiera asignado esa tarea a otra persona durante el proceso de compra. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Dónde narices estaba esa opción? Pensé que mostrando el código de pedido habría suficiente.

Pues no.

Entré en la tienda, pregunté a una dependienta dónde se recogían los pedidos, me envió a la segunda planta y allí, un chico muy amable, me pidió que le enseñara el email que me habían enviado.

Todo muy moderno y digital, pero el pedido del almacén lo tenía que encontrar él, un humano; a no ser que fuera un robot como los de Westworld (cosa que dudo). Lo más gracioso del tema es que se anotó los datos del pedido en un papelito, con bolígrafo. Todo súper high tech.

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Y pasó el rato, y el rato, y el rato… Y el chico no aparecía. Mi imaginación de escritora empezó a elucubrar.

Quizás el almacén era una especie de laberinto y el chaval estaba intentando encontrar la salida. Y si encima se había topado con el minotauro, igual se le había comido el papelito donde llevaba las anotaciones y no iba a poder dar con mi pedido. OMG!

Ya había perdido la cuenta del tiempo, cuando el chico regresó, sano y salvo, con un paquete negro,  sin el papelito (seguro que se lo comió el minotauro), y me pidió que le enseñara mi ID para comprobar que era Olga, la legítima propietaria de las zapatillas recién sacadas del laberinto de Creta.

Le mostré mi carnet de conducir británico, en el que salgo sin gafas y con cara de terrorista dopada.

El chico lo escudriñó con cara de concentración (creo que se asustó al ver mi careto en la foto) y, finalmente, me preguntó si necesitaba una bolsa y me entregó el paquete. ¡Aleluya!

La foto de mi carnet de conducir es algo así pero en blanco y negro.

Con el paquete en mi poder, fui a encontrar a Daniela, a la que le había dicho que se fuera a dar una vuelta por el centro comercial mientras yo esperaba a que me entregaran las zapatillas de deporte.

¿Ya tienes las zapatillas?

Sí, por fin.

¿Dónde vamos ahora?

¿A Mark & Spencer?

Vale.

Salimos del centro comercial, atravesamos la calle, y vi que Daniela se dirigía a otra tienda.

¿Dónde vas? ¿No íbamos a M&S?

Luego. Aquí siempre tienen cosas que están muy bien.

Bueno, tenía mis zapatillas y me daba exactamente igual donde nos metiéramos.

Nada más entrar, Daniela se puso en modo “caza”. Yo también eché un vistazo a los trapos que había colgados, sin demasiado entusiasmo. Odio comprar ropa, pero odio mucho más estar sin hacer nada, esperando a alguien. Así que, para matar el tiempo, me probé algunas camisetas y, como estaban muy rebajadas, decidí que iba a comprarme cuatro.

Al salir del vestidor oí la voz de Daniela, con su inconfundible inglés con acento italiano.

Olga, Olga, ¿dónde estás?

Aquí, Daniela. Estoy aquí.

Ella ya iba con una bolsa; en el tiempo que yo había tardado en probarme las camisetas ella había pasado por caja y comprado un par de prendas.

¿Vas a comprarte algo? —me preguntó.

Sí, estas camisetas.

Me cogió del brazo, me llevó a un rincón de la tienda y empezó a hablarme en voz baja; al más puro estilo de trapicheo mafioso.

Mira, tengo este vale en el móvil. Te harán un 25% de descuento al enseñarlo. Yo ya lo he utilizado.

Me sonó muy raro. Porque normalmente ese tipo de vales descuento van con un código y solo se pueden usar una  vez.

Daniela, ¿estás segura de que ese vale va a servirme?

Daniela y la tecnología son incompatibles. Le cuesta entender cómo funciona. Con eso no quiero decir que sea tonta. Al contrario. Lo que pasa es que es de esas personas que están chapadas a la antigua y no encajan bien el cambio de era.

Claro. Lo enseñas y ya está. Mira, te lo dejo y haces ver que es tu teléfono.

A ver… Que se notará un huevo que no es mi teléfono. Y si se me bloquea tendré que dártelo a ti para que lo desbloqees y cantará como una almeja —rebatí, nada convencida con lo que me proponía.

—Dame —. Me cogió la ropa — Tú solo paga.

¡Ay, madre ! Se va a liar, pensé. Pero como ella es muy echá’pa lante, se fue directa a la caja.

¿Me haces el 25% de descuento? —le espetó a la cajera, enseñándole el móvil; y yo muda, a su lado, como un muñeco de cartón piedra, esperando a ver qué pasaba.

La dependienta escaneó las etiquetas de mi ropa y comunicó a Daniela que como estaban rebajadas, no podía aplicar el descuento.

¿Y no puedes hacer algo?

Si tienes la app de la tienda puedo aplicarte un 5% de descuento.

Ahora mismo me la descargo —respondió Daniela, resuelta.

Mientras lo hacía, la dependienta aplicó el descuento y yo pagué. Después, Daniela le enseñó que se había descargado la app.

No me sirve que me enseñes la app—le dijo la chica— Tienes que registrarte.

Joder… Para simplificar la historia, solo te diré que la cosa se complicó.

Daniela se hizo la picha un lío con la app, el registro nunca pudo llevarse a cabo (en su defensa diré que la app era una mierda pinchada en un palo), la cola de la caja empezó a hacerse quilométrica por nuestra culpa y mi descuento quedó colgando de un hilo.

Creo que es mejor que lo dejemos correr—me anunció Daniela, agobiada.

Llevaba bastante rato intentando tomar el control de la tecnología sin conseguirlo y había empezado a ponerse nerviosa y a sacar su lado más latino.

Esto, con la otra jefa no pasaba —soltó en voz alta, mirando a la dependienta, que no bajaba del burro; o se registraba o no había descuento— Soy clienta habitual y si la otra jefa estuviera aquí, ya me hubiera hecho el descuento sin más. No volveré a comprar en esta tienda.

Y yo muerta de vergüenza.

Déjalo ya, Daniela. Vámonos.

Le di la ropa a la chica de la caja y el ticket de compra, ella escaneó las etiquetas de la ropa, para calcular la diferencia del importe que me había cobrado (antes de saber que Daniela no iba a hacer migas con la app) y lo que yo tenía que pagar sin el descuento. Hicimos las paces y, aliviadas, Daniela y yo abandonamos la tienda; ella cabreada como una mona, echando pestes.

Lo siento, Olga.

No pasa nada. ¿Qué tienes que sentir?

¿Cuánto has tenido que pagar de más? —se interesó.

Atención, está es la reacción de Daniela al oír mi respuesta:

Una libra con noventa-y-nueve.

Había perdido el tiempo, el humor y la paciencia por ¿£1,99? Cada vez que me acuerdo de su cara me parto de la risa.

Me pregunto qué sentido tuvo no aplicar el ridículo descuento. Al final, los de la tienda se ahorraron una miseria y gastaron el doble con mis tickets de compra.

Nota: la mitad de la desforestación del Amazonas es por culpa de la tienda donde compramos. Aquí tienes la prueba.

Arriba, mis dos mega tickets generados gracias al lío con los descuentos y la dichosa app.

Si es que ya te lo he dicho al empezar. Las rebajas no son digitales.

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Sobre la autora

Olga

Autora de novelas chick lit adicta al chocolate. Soñadora empedernida. Me dedico a escribir por placer historias de amor para mujeres con humor.


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