Historia de una mujer cabreada:

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Mujer cabreada

Reflexiones


Mujer Cabreada:

¿Estado civil? Harta de estar harta. Así estoy últimamente. No sé si serán las hormonas, o los ovarios. Pero o voy sobre cargada con lo primero, o tengo sobre cargado lo segundo. La cuestión es que estoy de más mala leche que el enanito cascarrabias de Blancanieves.

Mi cerebro tampoco ayuda a calmar la situación. Ya sabéis que las neuronas, la de las mujeres me refiero, son como un patio de vecinas: todas hablan a la vez y de un tema pasan a otro. Así que cada vez que algo me enoja, la comunidad vecinal de mi masa gris empieza con la cháchara y me convierto en la mujer cabreada (muy cabreada). Una especie de Increíble Hulk en femenino.

¿Ventajas? Por ser Mrs. Hulk, ninguna. Ahora bien, ser escritora me da un plus:  desahogarme y compartir las penas (o la mala gaita) contigo.

Espero que me comprendas. Y si no…

Mujer cabreada en el coche:

Seguramente cabrearse con otros conductores es el deporte nacional. Hay mucho toca pelotas suelto. Ya escribí un post sobre ellos (los toca pelotas), pero me dejé comentar los conductores. Especialmente los británicos,  que si llegan a ser un poco más capullos (conduciendo), florecen. No estoy exagerando. La estupidez que he llegado a ver por estos barrios de Brighton, supera con creces la de otros lugares. Te cuento.

Donde vivo, normalmente todas las calles son de doble sentido, pasen dos coches o no. Sí, como lo lees. Lo que tienes que hacer, cuando viene un coche de cara, y no hay espacio suficiente para los dos, es ponerte a un lado; en algún hueco que haya entre los coches aparcados. Si estás circulando por el carril en el que se aparca, eres tú quien debe apartarse. Y viceversa. En caso de que se aparque en ambos lados, se aparta el conductor que tiene más espacio, o el más educado. Y si no hay espacio, pues se pulsa el botón especial que todos los coches británicos llevan incorporado, se activa el turbo reactor, y sales volando para sortear el vehículo que tienes en frente.

No, es broma. Lo del botón. El resto es como te lo cuento. Palabra.

Te podrás imaginar que se arman unos pitotes de tres pares de narices. No porque las calles sean de doble dirección, sino por el tema “floral” que antes te he comentado. Nada como salir con el coche por la mañana, a llevar al niño al colegio, y pasar por una calle estrecha. Hartita estoy de que me vengan coches de cara, con un pedazo de hueco entre los coches aparcados para apartarse, y no me dejen pasar. Por alguna razón que todavía no logro comprender, pretenden:

A. Que su coche choque frontalmente con el mío.

B. Que me aparte por arte de magia subiendo sobre la acera; llevándome unos cuantos árboles o peatones por delante.

C. Que toque el botón con turbo propulsor que llevo en el coche y les sortee volando.

D. Que yo sea una alucinación y puedan atravesarme como a un fantasma.

Por suerte, antes de llegar a la opción A (choque frontal), se tiran un pedo, se les pasan los efectos secundarios de las «Baked Beans» (judías blancas con una salsa asquerosa que los brits suelen desayunar) y su cerebro comprende que deben apartarse porque ni la opción B, ni la C, ni la D son viables. Aun así, a algunos, las ventosidades generadas por las legumbres enlatadas les siguen cortocircuitando las neuronas, y cuando paso, me miran con cara de mala leche. Como si les hubiera obligado a desviarse del camino por gusto.

Este tipo de incidentes pasan continuamente. Y como los ingleses (en general) son más tozudos que unas mulas, no es raro ver a conductores apeándose del coche para discutir quien tiene preferencia.

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Después están los gilipollas (no hay otro adjetivo para definirlos) que ven que vas a aparcar (intermitentes puestos indicando la maniobra) y no pueden esperar ni medio segundo para pasar. Intentan meterse por el hueco que queda mientras maniobras, arriesgándose a provocar un accidente. O peor, como el cenutrio que se pegó a la parte trasera de mi coche mientras estaba con las luces de marcha atrás indicando que iba a aparcar. ¡Menudo susto me pegó!

No sé a que velocidad iría, pero te juro que apareció en el tiempo que tardé en parar y poner la marcha atrás (y lenta no soy). De repente, lo tenía pegadito al culo y no le vi. Y encima el tío se me pone a gesticular porque iba a arrearle. ¡Le hubiera estado bien empleado! Aunque a gesticular a mí no me gana nadie, y menos cuando me pongo en plan latina. Les dejo acojonados.

Como están acostumbrados que las inglesas son más comedidas, y bastante menos efusivas que yo, deben pensar que me he escapado de un manicomio. Que no tontines… que sólo soy una mujer cabreada. CA-PU-LLOS.

Podría seguir explicándote muchas más imbecilidades que hacen con el coche, pero ya me he quedado a gusto.

Mujer cabreada a causa del Whatsapp:

Escribo “Whatsapp” por no dar nombres; se dice el pecado, pero no el pecador. La cosa es muy simple. Te lo explicaré resumidamente: si fuera hombre, tendría las pelotas a punto de explotar.

¿Por qué? Porque estoy borrando de mi móvil unos 20 elementos (entre vídeos e imágenes), de media, al día. ¿Quién me satura el teléfono? Pues gente mayor. Abueletes que se vienen arriba con la tecnología y empiezan a enviarme imágenes, textos, y vídeos virales a saco paco. Como si no hubiera un mañana. Cosa que ven, cosa que les parece interesante y pa’llá que va. Da igual si les has dicho mil veces que te pasas más horas borrando que trabajando. Ellos se lo pasan por el Arco del Triunfo. No atienden a razones.

Y lo peor no es la sobre saturación. Lo peor es que lo que me mandan son cosas de su época, o noticias pasadas que ya me he hartado de ver por las redes sociales. Pero como ellos las acaban de recibir por Whatsapp, creen que son teletipos de última hora. ¡Un coñazo!

Mi padre, por ejemplo (papa, si lees esto, ya sabes que hago coña de todo). Me suele mandar vídeos con canciones de los Beatles. No sé para qué, porque si me pongo en You Tube, puedo ver los que quiera. Bueno, paaase… Aunque el otro día, ya fue demasiado. Me mandó un vídeo de “Los Bravos” cantando “Black is Black”. No uno del grupo en sus años mozos, no. Sino una grabación actual: octogenarios interpretando una melodía que salió al mercado una década antes de que yo naciera. OMG!

Pues tengo mi venganza planeada (espero que mi padre no lea estas líneas que vienen a continuación porqué voy a hacer de spoiler).

El próximo vídeo carca que me envíe por Whatsapp, va a tener respuesta. A mi hijo le encantan las canciones de raperos negros macarras, y eso es lo que le voy a mandar a mi padre (asesorada por mi hijo): el vídeo más hortera que encuentre. Protesta del siglo XXI, contra tortura del siglo XX. Aunque no creo que sirva de mucho. ¿Quieres saber porqué? La respuesta te la doy en este otro post «6 razones estupendas por las que envejecer no debería acojonarnos». Lee, lee. No tiene desperdicio.

Mujer cabreada en general:

Debo ser una amargada, porque me cabrean demasiadas cosas en la vida, en general. A lo mejor es que soy muy exigente, o que espero demasiado de los demás. Pero al final, cada uno da lo que puede. Ni más, ni menos.

Aunque no me dirás que no da rabia esa madre plasta del grupo de Facebook de la clase de tu hijo que se lía a hacer preguntas absurdas. Por ejemplo:

“He recibido el mail diciendo que los niños el viernes tienen que llevar calcetines rojos. Pero, ¿me podéis confirmar si es el Viernes? ¿Y si los calcetines tienen que ser rojos? Es que ahora no encuentro el mail”

Ya, ni el cerebro, criatura.

O esas amigas que hace tiempo que no ves y, al reencontrarte, crean silencios tensos, como si fueras una extraña. A mí cuando me ha pasado, he visto claro que nunca fueron  amigas; por más confianza que hubiera entre nosotras. Porque con las de verdad, retomo el contacto al cabo de meses y es como si nos hubiéramos visto ayer. Vivir en el extranjero tiene esa ventaja. Separas el grano de la paja.

¿Y qué me dices de esas cajeras del súper que mientras te atienden (lo de “atender” es un eufemismo, porque ni te miran a la cara) se dedican a hablar con la compañera de la caja de al lado? Normalmente suelen despellejar a alguien de la empresa. Así que, además de hacer la compra, te enteras de si el fulanito o la menganita se han cambiado el turno. O de si el encargado les ha dado el día libre que pedían.

Otra cosa que me molesta bastante, son esas personas que nunca interactúan contigo en Facebook, ni dan “like” a tus post, ni te felicitan por tu cumpleaños… Pero oye, es poner algo con lo que pueden atacarte, y les faltan dedos para teclear el mensaje. Pobres infelices. Estos están peor que yo.

Después están los envidiosos, o egocéntricos; se me hace difícil saber de qué pie cojean. Los que exponen sus proyectos profesionales para que les des golpecitos en la espalda y son incapaces de decirte ni una palabra de ánimo acerca del tuyo. Nada. Cero patatero. Más que cabrearme, estos me dan penita. Pero puesta a desembuchar, lo saco todo.

En fin, que la lista sería interminable. Otro día hago un post con lo que me gusta. Porque, aunque no lo parezca, hay cosas que me encantan. Criticar, es una de ellas. Ja, ja,ja… (risa sarcástica).

¿Y tú? ¿Eres una mujer cabreada?


Sobre la autora

Olga

Autora de novelas chick lit adicta al chocolate. Soñadora empedernida. Me dedico a escribir por placer historias de amor para mujeres con humor.


En Los Dragones Nunca se Enamoran, la mujer cabreada es, sin duda, la señora Chen. ¿Quieres Saber porqué? Pues tendrás que leerlo para averiguarlo.

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