Hijos de la Gran Bretaña (mi vida al revés parte 1):

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Hijos de la Gran Bretaña

No Me Lo Puedo Creer


Hijos de la Gran Bretaña:

No os toméis el título de «mi vida al revés» literalmente. No os voy a contar mi historia personal empezando desde ya, hasta mi nacimiento. No. Tampoco os voy a revelar que soy la versión femenina de Benjamin Button (el hombre que nacía viejo e iba haciéndose joven a medida que crecía, hasta morir transformado en bebé). Lo mío es peor. Yo vivo en el Reino Unido y aquí, señores y señoras, todo va al revés (si es que existe el derecho y el revés).

Chorizo al poder:

Lo primero que notas al llegar al país, es el olor. Cada lugar tiene el suyo. E Inglaterra no iba a ser una excepción. En mi caso, cuando llegué a Brighton, el aroma que noté se podría definir como: fritanga. Nada más bajar del tren, ya percibí ese aroma tan característico de aceite refrito; hay que tener en cuenta que Brighton es la ciudad de la isla con más restaurantes. Creo que leí que había unos mil. Evidentemente no los he probado todos, pero la mayoría son bastante malos; la gastronomía no es el fuerte de los británicos. Que sí, que el «Fish and Chips» hace mucha gracia cuando estás de turista, pero si vives de forma permanente en Inglaterra, cansa.

Podría decir que la ventaja de vivir en este país cosmopolita es que puedo encontrar comida de cualquier parte del mundo. Es verdad. Española, también. Solo hace falta seguir el rastro del chorizo. Ese es el concepto que tienen de nuestra gastronomía. Le meten chorizo a cualquier plato y ¡ala! «Tipical Spanish» (la madre que los matriculó).
Hace poco se armó una gorda. Los españoles, residentes en the UK, se indignaron con los chefs más mediáticos del país. ¡Pues no van los muy rústicos y meten chorizo en la paella! ¡¿No saben que la paella es sagrada para nosotros?! ¡Cómo se atreven! Hasta salió un artículo en el periódico The Guardian, hablando del tema, y dejando claro qué ingredientes debe, o debería, llevar una paella como Dios manda.

Pollo con pimientos del piquillo y chorizo. Súper español (modo ironía on, claro).

Aunque para cabreo el que me pillé yo en el M&S, el día que vi unas empanadillas de chorizo etiquetadas como «Traditional Catalan Dish» ¿Comoooorrrr? Vamos, que las empanadillas tienen de catalanas lo que yo de gallega. Pero qué más da. Para ellos, si llevan chorizo, son típicas de España. ¡Manda huevos! Aunque tampoco debería extrañarme, porque cuando van de turisteo a Barcelona, se compran gorros mexicanos como souvenir. Vaya tela con los británicos…

Casas raras, raras, raras…

Aquí, las viviendas tienen un tamaño bastante reducido. Algunas son diminutas. Y es que, si algo me gusta de esta gente, es que saben aprovechar muy bien los espacios. Son muy pragmáticos. ¿Para qué malgastar metros cuadrados? Si hasta las iglesias son multiuso. Sí, lo he escrito bien: las iglesias. Puedes ir a rezar o a hacer cualquier otra cosa que se te ocurra. Yo, desde que estoy viviendo en el país, he acudido ya a dos conciertos «religiosos». Uno era de Abba (un grupo que imitaba a los originales) y otro era de la orquesta de Sussex, interpretando bandas sonoras de películas. También he asistido a un par de fiestas de cumpleaños infantiles «eclesiásticas» (dicen que los niños son angelitos, así que qué mejor lugar para festejar sus cumples). Y la mejor… a clases de yoga; ahí, enfrente del altar, dándolo todo. Surrealista, pero cierto.

En el cole de mi hijo también saben como sacar partido al espacio escolar. El main hall puede ser: sala de reuniones, comedor escolar, teatro o gimnasio. Apañaos lo son un rato, ¿verdad? Ja, ja,ja…

Aunque lo que más me ha costado asimilar es el funcionamiento de las casas. El tema electricidad e incendios, a mi me lleva por el camino de la amargura. Que no digo yo que no esté bien tomar algunas medidas de seguridad, pero es que se pasan tres pueblos. A ver… lo de los enchufes, guay. Son súper seguros. El único problema, si es que se puede considerar un problema, es que tienes que darle a un botón, de lo contrario, no pasa corriente. Es muy típico poner el móvil a cargar, y al cabo de una hora, darte cuenta de que la batería sigue al 5% porque no le has dado al botón. Como contrapartida, ahora, cada vez que viajo fuera de la isla, y uso enchufes «no ingleses», tengo la sensación que voy a electrocutarme.

La parte chunga de tanta seguridad: no hay enchufes en los cuartos de baño. Ni uno. Dicen que es para salvarnos la vida, para que no nos electrocutemos. Espera, espera… un momento. ¿Me están diciendo que hasta que vine a vivir a the UK me jugaba la vida cada vez que me cepillaba los dientes con mi cepillo eléctrico? ¿O cuando enchufaba mi máquina de depilar eléctrica? ¿O cuando me secaba el pelo? Por favor… están paranoicos. Vamos, que no me había enterado yo que una de las principales causas de mortalidad (no en la Gran Bretaña) son las electrocuciones en el baño. Pfff… Una confesión: cada vez que me depilo, me seco el pelo, o tengo que cargar el cepillo eléctrico, me acuerdo de los grandísimos hijos de la Gran Bretaña (con cariño lo digo).

Siguiendo esta misma lógica, o ilógica británica, en el baño no hay interruptor, sino una cuerda. Si quieres encender la luz, tienes que tirar de ella; como si avisaras al mayordomo o tiraras de la cadena del WC (de los antiguos con cisterna). Mi madre, que ha venido a pasar unos días, no se ha atrevido encender la luz ninguno de ellos; le daba miedo tirar de la cuerda y quedarse con ella en la mano. Así que cada vez que necesitaba asearse, avisaba a mi padre para que le iluminara el camino (si él se cargaba el dispositivo, ella quedaba libre de culpa).

Aunque lo que más rabia me da, son las alarmas antiincendios. ¡No sirven para una mierda! Bueno sí, para dar por el culo. Entiendo que deba haber seguridad, pero joder… En los dos pisos donde he vivido, la alarma se ha disparado sin que hubiera incendio, ni humo. Alarmas que, por cierto, te revientan los tímpanos; me juego el cuello que el que aprobó la ley para instalar estos dispositivos (que son obligatorios) debía estar sobornado por otorrinos. La última vez que sonó la alarma antiincendios del piso, estuve a punto de tirarme por la ventana; y no para salvar la vida. ¡9 horas estuvo la alarma dando por donde amarga el pepino! Nadie podía detener ese pitido infernal (ya eran las dos de la madrugada cuando, por fin, un técnico la apagó). Días más tarde, otra vez (se ve que  no funciona bien).

La suerte es que, en el nuevo apartamento, solo hay una alarma general (se dispara si hay fuego en el edificio, no en el piso). Y digo «por suerte», porque en el otro piso había una alarma en cada habitación. Las muy cabronas (parecía que tenían vida propia) funcionaban con pilas y, cuando se agotaban, la alarma empezaba a emitir unos pitidos intermitentes y estridentes, fuera la hora que fuera (las putas alarmas no tienen reloj), hasta que le cambiábamos las pilas y paraba.

¡Ah, y la que se liaba si estábamos cocinando y había un poco de humo(r)! El acojone era tremendo.

—¡Deprisa!¡Abre las ventanas! ¡Que se ventile!
—¡¿Qué dices?! ¡No te oigo! ¡Se ha disparado la alarma!

Aunque lo más raro que me ha pasado hasta ahora, es que me llamaran la atención por tener un felpudo en la entrada. Felpudo, sí. De esos que dicen «Bienvenido», «Welcome» o «Si no traes vino, vete» (los venden aquí, con la frase en inglés, claro).

Un día llaman a la puerta, abro, y veo a una señora. Ella, muy educada, me informa que no puedo tener felpudo en la entrada; hay una normativa (la cual yo desconocía) que lo prohíbe, para evitar la propagación de la llama en caso de incendio. Evidentemente, le hice caso. Me deshice del felpudo, cruzando los dedos para que el suelo enmoquetado comunitario fuera ignífugo. Porque con la de mierda que hay incrustada en la moqueta (a falta de felpudo todo el mundo se limpia las suelas de los zapatos en ella), si se declara un incendio, va a prender como el aceite de una paella. ¡Palabra!

Británicos, pero buena gente:

En fin, que quitando algunas peculiaridades, me encantan los British. Y es que, este país, como todos, tiene sus cosas buenas y sus cosas malas; algunas hasta cómicas. Seguiré informando de mi «vida al revés» en la segunda entrega de «Hijos de la Gran Bretaña». (el tema da para mucho).

No olvides comentar y contarnos tus anécdotas con los británicos; si las tienes. 😉

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About the Author

Olga

Adicta al chocolate y soñadora. Me dedico a escribir por placer.


¿Sabías que mis chicas, en Sapos Azules, viven una temporada en Brighton? Descubre sus aventras «del revés» en esta segunda entrega de Amigas 4Ever.
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