El primer día de instituto

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Reflexiones


¡Cómo pasa el tiempo!

Primer día de instituto. ¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer que daba a luz  a mi retoño y hoy ya ha empezado la secundaria.

Atrás han quedado esos días en los que mi madre me preguntaba a qué colegio iba a llevarle y yo le respondía que no me agobiara, que todavía quedaban tres años para que empezara el parvulario.

¡De eso ya hace once años!

Y en este tiempo hemos conocido tres colegios. El primero en El Masnou, donde vivíamos antes de mudarnos al Reino Unido.

Aún recuerdo el primer día que le llevamos al cole. En realidad solo recuerdo dos cosas.

Una: que salimos de casa cabreados, porque Nil, que ya apuntaba maneras, la había liado. No sé qué hizo, pero sí que consiguió que yo echara humo por las orejas y no dejara de pensar que había saboteado mi primer día de colegio. Su primer día de colegio.

Una gilipollez, de acuerdo. Pero qué quieres que te diga. Había idealizado ese día. El momento en el que se supone que mi retoñito debía berrear y echarse en mis brazos protectores y amorosos, suplicando para que no le abandonara en un edificio desconocido con un montón de niños a los que sus padres iban a hacerles, al parecer, la misma putada.

Sin embargo, Nil había conseguido sacarnos de nuestras casillas (a su padre y a mí) antes de salir por la puerta de casa y, para más recochineo, entró en el colegio más feliz que una perdiz, con su pasotismo habitual. Los únicos que estábamos al borde de las lágrimas éramos la menda lerenda y el hombre que combinó sus genes con los míos para crear a ese pequeño monstruo.

Dos: que su padre iba con una camisa floreada (once años después todavía la conserva). No es que yo tenga himperemnesia , sino que, a pesar de mi mal humor, inmortalicé el momento del “abandono” con la cámara del móvil; por si un día escribía este post.

Aquí el padre de la criatura con la camisa floreada, agarrando de la mano al «tigre de Tasmania» en su primer día de colegio.

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El primer día de instituto:

Cuatro años y medio después de ese fatídico día, aterrizamos en la tierra del Fish & Chips. Era un 10 de marzo. Nil empezó el colegio una semana después, a mitad de curso.

Nuevo país, nuevo colegio y… uniforme. ¡Mi hijo estaba monísimo! Hasta parecía un buen estudiante. También inmortalicé el momento, esta vez antes de salir de casa y sin la camisa floreada de su padre.

El uniforme era algo así:

El primer día, fuimos al colegio la familia en bloque: Nil, su padre y yo. El trío maravillas. Y conocimos a Anna, una teacher assistant ¡de Barcelona! No sabes la ilusión que nos hizo hacer el tour por el colegio en catalán. Era como estar en casa. Y para Nil fue un bálsamo, porque el pobre no hablaba (ni entendía) papa de inglés.

Tengo que confesar que mi trabajo como traductora e intérprete (entre mi hijo y los ingleses) duró poco. Al cabo de unos meses el chaval ya me daba sopas con hondas con el idioma e incluso se atrevía a criticar mi acento poco brit. Como dice mi padre: cría cuervos que te sacarán los ojos.

Pero de eso ya hace más de tres años y esta mañana hemos visitado nuevos pastos. Muuuuu… Nueva etapa, nuevo uniforme y nuevos retos. Primer día de instituto.

Nil está un poco acojonado. Tiene miedo de que le hagan bullying y de no saber hacer los deberes; entre otras cosas. Puede que te haga gracia (a mí me la hace) pero hay que ponerse en sus zapatos.

Tener 11 años y empezar en un colegio nuevo, con más de 1800 alumnos (más de mil mayores que tú), impone. Menos mal que hoy han empezado solo los del primer curso (mañana el resto).

Cuando hemos llegado al cole, ya había un montón de grupitos de alumnos dentro del recinto (que es enorme). Así que lo primero que he hecho, para rebajar la tensión, es soltar una de mis paridas: “joder Nil, parecéis cucarachas” (el uniforme es negro). Soy muy burra, pero al menos le he hecho reír.

Después de un rato oteando entre los insectos, digo, alumnos, Nil ha avistado a uno de sus amigos, momento en el que me ha soltado: “rápido, dame un beso (lo de rápido, para que no se notara mucho que le daba mi amor incondicional de madre abnegada) y ha procedido a darme puerta.

Me he sentido triste y acongojada. No podía hacer nada para evitarle los nervios, ni el sufrimiento, aunque enseguida me he sobrepuesto. Todos hemos pasado por situaciones similares y aquí estamos, vivitos y coleando. Lo que no nos mata, nos hace más fuertes.

¡Ainx, mi pequeñín! Se hace mayor.

Eso sí, antes de salir por la puerta me he detenido a unos metros de distancia (para no avergonzar a mi hijo) y me he esperado hasta que he visto que el rebaño de peligrosos pre-adolescentes enfilaba hacia el edificio principal; Nil iba con un par de compañeros de su anterior colegio.

Al perderle de vista, me he largado con el corazón encogido, orgullosa de ser su madre. Huelga decir que nada más poner un pie en la calle he enviado un Whatsapp al grupo familiar (foto incluida) para notificar a padres, hermana, suegros, sobrinos, cuñadas y cuñados que “el cuco ya estaba en el nido”.

Qué difícil y bonito es ser madre.

A ver cómo saldrá de su primer día en las trincheras.

To be continued…

PD: La foto que le he hecho a mi hijo para recordar su primer día de instituto. Con un poco de suerte la camisa floreada de mi esposo resistirá hasta el primer día de universidad de Nil. Ya es una tradición. LOL! Ah, y para los que os lo estéis preguntando: No, el padre no ha encogido. Es el niño el que ha crecido. 😉


Sobre la autora

Olga

Autora de novelas chick lit adicta al chocolate. Soñadora empedernida. Me dedico a escribir por placer historias de amor para mujeres con humor.


Mis Amigas 4Ever hace tiempo que abandonaron els instituto y no tienen hijos, pero seguro que tte hacen pasar un rato divertido con sus locuras.

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