Cupcakes en Manhattan- Portada

Sinopsis

¿Cómo te sentirías si el inútil de tu jefe favoreciera a tu rival en la oficina?
¿Qué harías si un galán te cortejara a pesar de saber que estás casada?
Y… ¿cómo actuarías al descubrir que tu atractivo esposo es el objeto de deseo de todas las mamás del colegio?

Cupcakes en Manhattan es una historia corta pero intensa que explica las desventuras de Sara, una mujer inteligente y atractiva que trabaja duro para hacerse un hueco en el mundo de los negocios y, al mismo tiempo, hace malabares para compaginar su vida laboral y familiar.
Si a todo eso le sumamos: la preocupación de Sara por estar delgada, joven y bella, un jefe gilipollas que la enerva, una compañera trepa que la boicotea, un galán que le hace una proposición “indecente” y un marido y unos hijos que le reclaman más atención, tenemos un cóctel perfecto para llevar a nuestra protagonista al desastre.

Pero… ¿Qué pasaría si los problemas de Sara pudieran solucionarse comiendo cupcakes?

Descubre esta mágica historia de amor con un final muuuyyyy dulce gracias a Mr. Sweet, el pastelero que todas querríamos en nuestras vidas.

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Ingredientes de la Novela


ROMANTICISMO
EROTISMO
HUMOR
SUSPENSE

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Primeros Capítulos


Me miro en el espejo del baño con los ojos casi cerrados. Nunca he sido muy madrugadora. Me cuesta horrores levantarme por la mañana. Pero como entre las legañas veo que me ha salido una cana, me espabilo de golpe. Cojo el maldito pelo blanco, que resalta como luces de neón entre mi espesa cabellera color azabache, y lo arranco de cuajo. Lo miro como si fuera un implante que los alienígenas me han insertado durante la noche y me deshago de él tirándolo dentro de la taza del váter. Quiero perderlo de vista para que no me recuerde mi decrepitud.

Una ducha más tarde ya estoy en la cocina, mirando mi teléfono móvil mientras Matthew, mi esposo, me prepara una taza de café. Los niños todavía no han bajado a desayunar y él les apremia con sus gritos de guerra matinales.

—¡Chicos, daos prisa o volveremos a llegar tarde al colegio!

Levanto los ojos de la pantalla y le miro con cara de asesina. Sabe que no soporto que grite, no a esas horas de la mañana. Mi cerebro todavía está a medio gas y la poca energía que tiene debe emplearla para organizar la mañana y contestar los mensajes; mi jefe tiene por costumbre enviarme un montón fuera de horas de trabajo, sobre todo antes de una reunión importante.

—¿Otra vez Marvin, eh? —Matthew intuye que mi mal humor se debe al capullo de mi jefe; no porque otras mañanas esté de mejor humor, sino porque hoy debo tener peor cara.

—Ajá —. me limito a responder sin apartar la vista de la agenda del teléfono.

—¿Volverás tarde esta noche?

Me encojo de hombros. Sabe de sobras que nunca sé a qué hora saldré de la oficina.

—Quizás me pase por el gimnasio. Después de un día duro me apetece hacer ejercicio. Bueno, me voy ya, que no quiero llegar tarde. Marvin estará muy tenso con lo de la reunión de los japoneses y si se cruza luego le tengo todo el día de culo.

—¿No te terminas el café?

—Me compraré uno en la estación. Despídete por mí de los niños —. le lanzo un beso que él finge atrapar con la mano, es su manera de decirme que preferiría que se lo diera en los labios, y salgo a toda velocidad de casa; tardaré casi una hora en llegar a la oficina, eso si el tren no va con retraso.

Llego a la estación de destino y me dirijo como un rayo al puesto de venta de cafés. El chico negro que sirve las bebidas me pregunta qué voy a tomar. A pesar de ir varias veces a la semana y pedirle siempre lo mismo, un café solo sin azúcar, no se acuerda de mí. Supongo que recordar a un cliente entre los miles que pasan cada día por su puesto de venta de café debe ser complicado, por no decir imposible. Cojo el vaso térmico que me ofrece con la sensación de ser una hormiga más dentro de un descomunal hormiguero, le doy un billete de dólar y sigo a las otras obreras hasta la boca del metro. Cinco paradas más tarde llego al punto de peregrinación, a la Meca de los negocios.

Subo las escaleras que llevan a la superficie del hormiguero y vuelvo a convertirme en persona. Aspiro el aire lleno de humo y polución como si fuera el mejor de los perfumes franceses (comparado con los efluvios subterráneos lo parece), y pongo la vista en las enormes puertas de cristal del rascacielos de oficinas que absorbe las diminutas personas que pasan frente a su entrada.

—¡Mierda! ¡Joder! — exclamo abriendo y cerrando la boca como un pez al que han sacado del agua. Un negro de casi dos metros se ha cruzado en mi camino, golpeándome la mano con la que sujetaba el café. La tapa de plástico se ha abierto y el brebaje marrón me ha dejado el abrigo hecho unos zorros —¡Podrías vigilar por donde vas! — le grito sacando todo el aire de mis pulmones; cuando estoy tensa me cuesta controlar el temperamento.

—¡Que te den! — me suelta el muy cabrón. Y sigue andando como si nada.

—¡Que te den a ti! — rebato hecha una furia, pero él ya ha desaparecido dentro del hormiguero.

En el edificio de oficinas los ascensores parece que se han confabulado para que no llegue a mi despacho. En la planta baja no para ni uno. Mientras espero, o me desespero, abro la mochila y me cambio de calzado. Me deshago de las zapatillas de deporte y me pongo los zapatos de tacón que me compré hace un par de semanas. ¡Me encantan! Eran carísimos, pero pegan con el abrigo que se me acaba de estropear con el café. Decido esconderlo dentro de la mochila, junto a las deportivas. Más tarde encargaré a mi secretaria que me compre uno nuevo.

Para aprovechar el rato utilizo las puertas metálicas de los ascensores para reponer el lápiz de labios que he dejado pegado en el vaso de café. Termino justo a tiempo. Las puertas del ascensor se abren y no espero ni una décima de segundo para meterme dentro. A estas horas de la mañana la competencia es feroz. El último que sube es el que tiene que bajar si la alarma de exceso de carga se dispara y no quiero perder más tiempo o pelearme. Un día ya tuve que hacerlo. Un tipo gordo y yo fuimos los últimos en subir y la alarma del ascensor se disparó. Yo no me moví, y él tampoco. Las puertas no se cerraban y la gente empezó a mirarnos irritada. Al final el tío insinuó que yo era la que debía bajar, y yo le solté que el ascensor se estaba quejando de su peso, no del mío; a mis cuarenta y pico todavía tengo la misma talla que tenía a los veinte y un físico envidiable, no en vano me machaco varias horas en el gimnasio cada semana y evito las calorías igual que el Conde Drácula el sol.

En la planta 58 Marvin me está esperando con su habitual pose de inquisidor. En dos minutos me pide que haga diez cosas a la vez, y yo le pido a mi secretaria otras tantas. Las cosas en la oficina funcionan así, como un péndulo de Newton. La primera bola golpea a la segunda y la energía se transmite hasta el final de la cadena.

—Los japoneses llegarán en cualquier momento —. dice Marvin mordiéndose las uñas — Un solo error y toda la operación se irá al garete. No me falles, Sara. No me falles. Si hay que invertir más horas, se invierten. Pero no quiero ni una metedura de pata más. Mira lo que encontré ayer —. me lanza un dossier con los informes que estuve repasando el fin de semana. Los que me costaron una bronca con Matthew.

Mi esposo opina que debería pasar más tiempo con él y los niños. Ya sé que nuestra vida familiar no es como habíamos soñado, pero las circunstancias obligan. Me casé joven. Un año después tuve a Amy. Una niña adorable. Ahora tiene 17 años y se ha convertido en una adolescente autista; se pasa el día encerrada en su habitación hablando o chateando con sus amigas. Matt llegó ocho años más tarde. Fue una bendición de Dios, pero nos acabó de hundir económicamente; el préstamo de la universidad, la hipoteca de la casa, los seguros médicos… Afortunadamente he conseguido escalar puestos en la empresa y ahora ya no tenemos que preocuparnos por las facturas de final de mes. A Matthew, que tiene un carácter menos ambicioso que yo, no le importa quedarse en casa a cargo de Amy y Matt. Trabaja escribiendo para un famoso blog culinario y aunque no le pagan mal, comparado con mi sueldo es calderilla. ¡Por eso me cabrea cuando me acusa de ser una madre y esposa ausente!

—Marvin, no sé que decir… Lo repasé mil veces.

—Dime que no volverá a pasar —. gruñe y me arranca el dossier de las manos — Iremos a comer con los «japos». Más te vale ser convincente. El trato debe quedar cerrado. Hoy.

Llego tarde al restaurante. Marvin hace media hora que está enviándome mensajes y yo estoy al borde de las lágrimas. Me he tirado más de 20 minutos en la calle para conseguir un taxi, y se ha puesto a llover. Por eso al ver el codiciado coche amarillo corro para adelantar a una señora mayor con muletas que va a cogerlo antes que yo. Me siento culpable, pero me deshago del remordimiento pensando que ella no tiene que soportar un jefe como el mío y que si llega tarde a su cita, como mucho, va a cabrear al perro o al gato por no estar a la hora de siempre para ponerle la comida.

Cierro la puerta del taxi, le doy la dirección al conductor y me miro en el espejo que llevo en el bolso. Doy pena. Con la humedad mi pelo se ha encrespado, el rímel se ha corrido con las gotas de lluvia y para acabarlo de arreglar, el abrigo horroroso que me ha comprado mi secretaria lo tengo que llevar abierto ¡porque es dos tallas más pequeño!

Al apearme del taxi delante del restaurante me doy cuenta que llevo una carrera en las medias. ¿Cuándo ha ocurrido? Parece que hoy todo me sale mal. Si me hubiera disfrazado de mendiga seguro que no daba tan mala impresión. Por suerte llevo unas medias de recambio en el bolso y puedo pasar por el baño a cambiármelas. En el espejo del tocador me repaso las pestañas con máscara de ojos y me aliso el pelo con la mano. Lista. No estoy despampanante, pero he quedado presentable. Me siento satisfecha y sonrío. Mi reflejo me devuelve la sonrisa. ¡Joder! Me ha salido otra arruga. Eso me recuerda que debo pasar por Bergdorf Goodman a comprar más crema antiarrugas y maquillaje, para tapar las que se resistan.

Trago saliva mientras el maître me acompaña al salón privado donde Marvin me espera. Él piensa que voy a convencer a los japoneses de que la oferta que les presentamos es inmejorable, aunque todos sabemos que podría ser mucho mejor, y cree que voy a cerrar el trato con solo una reunión; aunque necesitaré varias para hacerlo, si es que lo consigo. Le advertí que los nipones tenían una forma de hacer negocios muy distinta a la nuestra, y que debíamos empaparnos de su cultura si queríamos salir victoriosos. Pero él me soltó que lo dejaba en mis manos, que es lo que suele decir cuando cree que algo es una gilipollez. Por eso estoy hecha un flan. No tiene ni idea de cómo tratar a nuestros interlocutores, y si algo sale mal va a echarme las culpas a mí.

Entro en el pequeño comedor. Sentado en la mesa está Marvin. Le acompañan dos hombres y una mujer, todos con rasgos orientales. Los dos tipos son con los que tengo que negociar y la mujer es la traductora. Se levantan inmediatamente para presentarme sus respetos. Mi jefe les imita. Se le ve incómodo. Saludo con un gesto de cabeza y les extiendo una tarjeta de visita con las dos manos; tal y como leí en el manual «El arte de negociar con japoneses». No les encajo las manos, porque en su cultura se considera antihigiénico. A juzgar por la cara de admiración con la que Marvin me mira, apuesto todo el oro del mundo a que es lo primero que él ha hecho al verles.

Durante la comida mi jefe se hace el gracioso e intenta entablar comunicación con el tipo que todavía no ha abierto la boca, el más mayor. Gesticula y le pone la mano sobre el hombro. ¡Quiero matarle! Si se hubiera leído el maldito libro que le recomendé sabría que está incumpliendo varias reglas básicas. No controla el lenguaje no verbal, hace bromas y lo peor de todo: ¡les toca!

El hombre sobre el que ha puesto la zarpa le mira circunspecto, pero sin perder la compostura; un japonés siempre mostrará buenos modales, aunque por dentro esté pensando que eres un cretino o que ni de coña va a hacer negocios contigo. Yo intento reconducir la situación, pensando en la suerte que tendré si después de la reunión vuelven a cogerme el teléfono.

Por fin acaba la comida. Marvin y yo compartimos un taxi para regresar a la oficina. Él está consternado.

—¿Por qué quieren otra reunión?¿A mi me has parecido muy convincente?¿Qué ha fallado?

            Me siento aliviada. El trato no se ha cerrado, como era de esperar, pero al menos Marvin alaba mi trabajo.

—Debemos ganarnos su confianza. Ya te dije que tratar con empresas del país del sol naciente tiene sus particularidades —. soy diplomática y reprimo las ganas de mencionar su incompetencia y poco tacto con los invitados.

—Ya —. dice él sin dar importancia al apunte — Me parece que al viejo le has caído bien. No te quitaba el ojo de encima. Y eso que hoy no estás en tu mejor día —. me mira desaprobando mi aspecto.

—El hombre estaba estudiando mis movimientos y respuestas. Eso también es habitual en…

—Ya, ya —, me corta Marvin — pero arréglate que después tenemos otra reunión. Ya sabes, con el de arriba… Si puede ser, que tu blusa no esté abrochada hasta el último botón. Siempre se muestra más agradable si ve escotes.

Sonrío como si el comentario fuera acertado, aunque en realidad quiero meterle el zapato dentro de su bocaza. Llevo años dejándome el pellejo en la compañía y todavía tengo que soportar que un misógino me pida que amenice una reunión con el director general enseñando parte de mis encantos.

Estamos en la Quinta Avenida y le pido al conductor que detenga el vehículo.

—Nos vemos en la oficina, Marvin —. bajo del coche excusándome; tengo que hacer una compra de emergencia.

Marvin saca la cabeza por la ventanilla y me grita que no llegue tarde. Por suerte la avenida se descongestiona en ese momento y el taxi arranca, perdiéndose junto con el imbécil de mi jefe entre el tráfico. Debo darme prisa si quiero llegar a tiempo a la reunión.

Antes de entrar a la boutique le regalo mi abrigo a una mendiga que está apostada en la entrada (creo que es de su talla, aunque lo más probable es que lo venda para abastecerse de tetrabricks de vino) y entro a comprar uno nuevo; de mi talla y, a poder ser, anti manchas.

La reunión con el jefe supremo ha sido breve. Marvin no me ha pedido informes de última hora y veo que me da tiempo de pasar por el lugar que se ha convertido en mi refugio después de un mal día: Potter Cupcakes. La tienda está ubicada en el pequeño local esquinero de un edificio antiguo e insignificante que, a pesar de quedar a la sombra de los monstruos de hormigón y cristal que se pierden entre las nubes, ha sobrevivido a los cambios del barrio. La fachada está decorada con un par de toldos de rayas blancas y rosas y recuerda a las boulangeries que hay por el casco antiguo de París. Cuando lo ves, piensas que es el típico negocio que está regentado por un par de amigas que han decidido hornear viejas recetas de sus abuelas. Sin embargo, el propietario es un viejito entrañable apodado Mr. Sweet.

Entro en la tienda de Mr. Sweet. Está entretenido colocando 6 cupcakes en una caja para llevar. Cada uno de esos pastelitos, que parecen inofensivos, tiene la friolera de 300 calorías, y me obligan a invertir 45 minutos de esfuerzo agotador sobre la cinta de correr del gimnasio para quemarlas. ¡Comprar la caja sería mi perdición!

—Buenas tardes, Mr. Sweet —. egoístamente me alegro que no haya clientes, así puedo disfrutar de dos agradables minutos conversando con él.

—¡Hola Sara! ¿Qué tal el día? — sonríe mostrándome su cara sonrosada, adornada con un enorme bigote blanco; a veces pienso que se inspiró en su rostro para decorar el local.

Sonrío pero no le respondo. Hace años que me conoce y sabe que cuando me paso por su tienda es porque mi vida necesita un receso, y yo, un achuchón. Y aunque nuestra relación no ha llegado al punto de abrazarnos, su amabilidad y sus pastelitos mejoran mi estado de ánimo al instante. Me gusta pensar que tienen magia, y que fue eso lo que le inspiró para elegir el nombre de la tienda; aunque para mi decepción, hace poco que descubrí que todos los negocios que ha acogido el local han llevado el mismo nombre, y que la tradición empezó mucho antes que J.K. Rowling creara a su famoso mago.

—¿Alguna receta nueva? — miro el cristal del mostrador en busca de cupcakes «desconocidos».

—Estaba esperándote. Voy lanzar un nuevo sabor. El limón será el ingrediente principal, pero no voy a desvelarte nada más. Quiero que lo descubras por ti misma.

Mr. Sweet confía ciegamente en mi opinión. Dice que tengo un don para el oficio. Con solo morder una de sus creaciones soy capaz de identificar los ingredientes y decirle qué falta y qué sobra. «Los pastelitos Sara», como él los llama, se agotan mucho antes que los suyos.

Entra en la trastienda y regresa con un cupcake en la mano. El papel es amarillo canario y la crema del frosting está espolvoreada con virutas verde brillante. Me lo pasa por encima del expositor y yo lo cojo igual que si acabara de entregarme un anillo de brillantes.

Miro la pequeña obra de arte, aparto el papel y le hinco el diente. Al instante un placer indescriptible inunda mi boca. La crema es suave como el terciopelo y los distintos sabores bajan por mi garganta provocando que cierre los ojos para recrearme en las sensaciones. ¡Increíble! Mis penas se derriten como si el ácido del limón actuara sobre ellas.

—Mmmmmm…. — no puedo hablar, sólo deleitarme con las explosiones de sabor en mi paladar.

Cuando la campanilla de la puerta me anuncia la llegada de un nuevo cliente, abro los ojos sobresaltada y me apresuro a dar el veredicto; es como si acabaran de interrumpir un momento demasiado íntimo.

—Falta jengibre y le sobra una pizca de azúcar. Por lo demás, un 10 —. abro el monedero para pagar el orgasmo gustativo que acaba de brindarme ese pedacito de cielo.

—Invita la casa —. dice Mr. Sweet moviendo las manos para espantar el billete.

Salgo a la calle con una sonrisa de oreja a oreja. Me siento nueva. Estoy tan llena de energía ¡tanta! que podría pasarme 4 horas seguidas sobre la cinta de correr. Si lo pienso demasiado, voy a regresar a la tienda a comprarme una caja entera de cupcakes. ¡Qué locura! Me obligo a seguir andando. Debo llegar al gimnasio.

¡Que poco glamur tengo cuando hago ejercicio! Menos mal que pensar en las calorías del cupcake de limón que me he zampado me ayuda a seguir corriendo sobre la cinta, como el hámster de mi hijo dentro de la rueda de la jaula, esforzándose para no llegar a ningún lado.

De repente aparece Nina, una compañera de trabajo, por definirla de alguna manera. Está perfecta, como siempre. ¡Y yo sudando como una cerda!

—Hola Sara. ¿Tan tarde y todavía por aquí? ¿No te esperan en casa? — sube sobre la cinta vacía que hay a mi lado para iniciar una conversación que a mi no me apetece tener. No la soporto y además, odio su soltería; le permite estar al cien por cien en el trabajo y aún le queda energía para acudir a fiestas en las que acaba ligando con los tíos más guapos y triunfadores de la ciudad.

—15 minutos y me voy —. aumento la velocidad de la cinta para amortiguar las ganas de darle un bofetón en esa cara perfectamente tersa y llena de bótox.

—He hablado con Marvin. Va a darme la cuenta de los de Texas. Cree que soy la persona más adecuada para llevarla.

—¡¿Qué?! — estoy en estado de shock —¡Esa cuenta me la había prometido a mí!

Seguro que Nina ha utilizado todas sus malas artes para convencerle. Ni siquiera se lo habrá tenido que tirar para conseguir el objetivo. Manipular a nuestro jefe es tan fácil: unas risitas por aquí, unas carantoñas por allá, un botón de la blusa estratégicamente desabrochado, una pierna cruzada en el momento justo, dejando el muslo firme y contorneado a la vista…

Dejo de correr, deseando que la celulitis de todas las mujeres del mundo se aloje en el trasero de Nina, y la cinta me lleva directamente al suelo. Me golpeo un ojo y quedo como una alfombra de oso disecado, para mofa del resto de usuarios de la sala de máquinas; tengo la cara hundida en la moqueta pero puedo oír sus risas silenciosas y sentir sus ojos clavados en mi patética figura.

—¡Sara! ¿Estás bien? — finge la muy zorra de Nina agachándose junto a mí.

El socorrista del gimnasio la aparta. Alguien le habrá avisado; después de parar de reír, claro. El chico me ayuda a levantarme y me acompaña hasta el cuartito de primeros auxilios.

—Debería ir al hospital, señora. Para descartar alguna lesión interna.

—No ha sido nada —. cojo la bolsa de hielo que me ofrece y me la colocó sobre la parte magullada. Creo que se me está hinchando el párpado, aunque la parte positiva es que el edema borrará las patas de gallo, al menos las de un ojo.

—Se ha dado un buen golpe, pero si no quiere que la visite un médico tendrá que firmar este papel. Es para exonerar al gimnasio en caso que le queden secuelas o muera.

Parece que sólo le preocupen las consecuencias legales del trompazo, pero no le culpo. No sería la primera vez que alguien sufre un accidente y después interpone una denuncia con la excusa de no haber sido atendido correctamente para cobrar una suculenta indemnización del seguro. Cojo el bolígrafo y estampo mi firma en la casilla que me señala.

—Si siente mareos, ve doble, tiene dolor de cabeza o vómitos, acuda inmediatamente al hospital. A veces estos percances insignificantes traen las peores consecuencias. ¿Quiere que llame a alguien?

—No, gracias. Haré caso a sus consejos. Ahora solo me apetece llegar a casa y descansar.

Matt hace rato que duerme. Desconozco si Amy también. Está encerrada en su habitación y no oigo ruido, pero puede que esté dormida o que siga pegada al móvil. No me apetece averiguarlo. Si entro va a saludarme con un bufido, y por hoy ya he tenido bastante.

Bajo a la planta baja y encuentro a Matthew en la cocina. No me ha oído llegar. Está sentado en la mesa con su portátil, tecleando, con la atención puesta en la pantalla; suele quedarse despierto esperándome y aprovecha el rato para preparar nuevos posts para el blog. Está en su mundo, con los cascos, escuchando música a todo volumen.

Me quedo observándole desde el dintel de la puerta. Me encanta verle con esa pose de intelectual, absorto en sus notas, escribiendo con las gafas de lectura puestas; aunque aparenta menos edad de la que tiene, a sus 45 la letra pequeña ya no la ve con nitidez. De vez en cuando se pasa la mano por la espesa melena color miel. Lo hace siempre que está nervioso, aunque también cuando está concentrado, como ahora. Viste ropa cómoda. Una camiseta de manga corta, que le ciñe hombros y pectorales, y unos tejanos gastados. Me pregunto cómo lo hace. No ha pisado un gimnasio en su vida y tiene un cuerpo de escándalo. Coge la taza que le regaló Matt el día del padre. No estoy suficientemente cerca para saber qué bebe, pero apuesto a que es té. Le encanta. Yo lo aborrezco. Soy adicta al café. Da un sorbo, levanta la vista y…

—¡Sara! ¡Que susto me has dado! — exclama en un tono más alto del normal a causa del volumen de la música. Se quita los cascos y las gafas para venir a saludarme.

Se acerca con una sonrisa pero la borra al instante al verme el moratón.

—¡¿Qué te ha pasado?! ¡¿Estás bien?! — me coge la barbilla con cara de preocupación y mueve mi cara con delicadeza para ver la extensión del hematoma.

—Me he caído en el gimnasio. Necesito que me abraces.

Matthew no me pregunta nada más y me abraza, supongo que no quiere perder la oportunidad de hacerlo. A menudo lo evito. Mi trabajo me estresa y mi libido está por los suelos.

Le paso las manos por detrás de la nuca y le beso. Él responde con la misma pasión. Nuestras respiraciones se aceleran y le suelto para desabrocharle los pantalones.

—¿Aquí? — pregunta levantando una ceja —¿Y si bajan los niños?

—Matt duerme como un tronco. Y Amy no sale de su habitación aunque haya una alarma de bomba nuclear.

Mis explicaciones parecen convencerle. Me lleva hasta la mesa y se baja los pantalones. Yo me quito las bragas (me alegro de llevar vestido) y las tiro, dejándolas colgadas sobre el portátil, en la otra punta de la mesa, a dos metros. Me siento sobre la mesa de la cocina, sin riesgo de tirar el ordenador o aplastar las gafas. Es enorme. La compré en una subasta, a unos granjeros que seguro que la utilizaban para otros menesteres. Matthew se coloca entre mis piernas y empezamos a hacer el amor.

El enorme ventanal de la cocina hace de espejo, no hay luz en el exterior. Si hubiera un intruso en el jardín nos vería en HD, pero nosotros a él no. Eso me pone tan cachonda que enseguida ahogo los jadeos en el hombro de Matthew. El polvo no ha durado más de dos minutos y él se sube los tejanos para poder achucharme sin estar con el culo al aire. Yo le rechazo. Hace un momento necesitaba su cuerpo como el aire que respiro. Ahora ya no.

—Voy a ducharme —. le dejo en la cocina con cara de pasmo y subo las escaleras, casi arrastrándome; el cansancio de todo el día empieza a hacer mella en mi cuerpo.

La puerta de la habitación de Amy sigue cerrada. La oigo hablar por teléfono. Se ríe. Me gustaría entrar a decirle que es tarde, que no son horas de hablar con las amigas. Cada vez que la sermoneo suele lanzarme dardos envenenados, y no estoy en condiciones de aguantar una de sus escenas de adolescente resentida. Paso de largo.

Matt sigue durmiendo a pierna suelta. Le beso la frente y me río por lo bajini. Durante el día es un hombrecito y sin embargo de noche duerme con su osito de peluche y necesita la luz de la mesita de noche para conciliar el sueño.

—Tú también debes haber tenido un día agotador —. le susurro. Apago la luz y salgo del cuarto.

Cierro la ducha. Me ha sentado de maravilla. El agua caliente me ha ablandado los músculos entumecidos. Me enrollo el cuerpo con una toalla, la más esponjosa que encuentro, y con otra me seco el pelo a conciencia; tengo tanta cantidad que si no lo hago estoy dos horas con el secador.

Mattew entra a cepillarse los dientes. Se le ve serio y no me dirige la palabra. Aprovecho su silencio para contarle, por encima del ruido del secador, lo que ha pasado con los japoneses en el restaurante, haciendo énfasis en la preocupación que supone que Marvin arruine la operación. También le explico que se me ha manchado el abrigo que tanto me gustaba (acordándome de la madre del negro que me ha dado el golpe y me lo ha salpicado con café) y me quejo de lo inútil que es mi secretaria, que ha comprado un abrigo que no era de mi talla. Por último, entro en detalles sobre Nina y el accidente en el gimnasio. Hablo y hablo sin parar. Despotricando de todo el mundo y maldiciendo las dificultades a las que me enfrento cada día.

—Ah, y esta mañana me he arrancado otra cana —. remato untándome la cara con la crema antiarrugas que he comprado en Bergdorf Goodman; era la más cara y espero que también la más efectiva.

—¡Basta!— grita Matthew sobresaltándome —Tú, tú y nadie más que tú. ¿Te has preguntado como me ha ido a mí el día?¿Sabes que a Matt le ha caído un diente? ¿Y Amy? ¿De verdad no te interesa saber si tiene novio? Sara, el mundo, aunque no te lo parezca, no gira a tu alrededor.

—Pero…

Matthew levanta la mano. Es una señal. Quiere que esté con el pico cerrado. Él ha estado escuchando todo lo que le he contado y ahora me toca a mí escucharle a él.

—Estás todo el día trabajando para traer un buen sueldo a casa, de acuerdo. Pero eso no significa que puedas llegar a las tantas e ir a tu bola. Los niños te echan de menos. Y yo también —. los ojos se le humedecen —Hacemos el amor de uvas a peras y, aunque me gustaría hacerlo más a menudo, entiendo que vas cansada y que el día a día tampoco nos permite demasiados momentos de intimidad.

—Pero…

Matthew vuelve a levantar la mano para que me calle. Tiene la mandíbula tensa. Le veo realmente enfadado. ¿Qué he hecho?

—No voy a dejar que me utilices para desahogarte. Mi cuerpo no es un objeto del que puedes disponer a tu antojo. Cuando quieras compartir tu amor conmigo, ahí estaré. Pero si quieres follar y después darme con la puerta en las narices, no me busques. Te quiero Sara, pero mi paciencia tiene un límite. Y la de los niños también —. sale del cuarto de baño dando un portazo.

En lugar de preocuparme por lo que me ha dicho, me viene a la cabeza el cupcake de limón que me ha dejado probar Mr. Sweet. Estaba delicioso. Para una cosa buena que me sucede y no se la cuento…

Dejo el secador y me siento en el borde de la bañera. Ahora mismo daría lo que fuera para endulzar mi corazón, aunque fuera con 300 calorías de Potter Cupcakes.

El libro es tan cortito que si te pongo el segundo capítulo casi ya lo has leído todo 😉
Me he decidido, ahora sí que voy a comprar tus libros