Cómo sobrevivir a una madre «Mr. Magoo»:

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No Me Lo Puedo Leer


Mr. Magoo:

Mi madre era miope. De esas que llevan gafas de culo de vaso. Vamos, que no veía un pijo con gafas y sin ellas era un topo. Pero hace años la operaron de cataratas y podemos decir que su visión ha mejorado mucho; tampoco es que ahora tenga vista de lince.

Aunque esa desventaja evolutiva que tiene (o tenía), la cual yo he heredado a medias (tengo miopía pero no llego al nivel Mr. Magoo), nos ha brindado anécdotas muy divertidas que nos han hecho reír a carcajada limpia (a costa de la madre que me parió). Por eso hoy me apetece compartir alguna de ellas contigo.

Mr. Magoo es un personaje de dibujos animados que, al no admitir que no ve tres en un burro, provoca infinidad de situaciones desternillantes.

No me chilles que no te veo:

Antes de que la operaran de cataratas, mi madre, lo primero que hacía por la mañana era colocarse las gafas de culo de vaso. Si quieres que te diga la verdad, nunca llegué a entender esa necesidad imperiosa de ponerse los anteojos nada más abrir los ojos. Pero es que si no lo hacía, era un peligro para ella misma y para los demás. 

Su mundo, sin gafas, era una nebulosa y con ellas una aventura constante, llena de anécdotas, algunas de las cuales te voy a contar. 

Como mi cerebro no es una computadora, ni tengo hipermnesia, citaré solo las más sonadas. Las situaciones rocambolescas que que más me hicieron reír.

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Vacaciones en el mar:

Estábamos desayunando en el balcón del apartamento que mis padres habían alquilado durante las vaciones, disfrutando de las vitas a la cala en la que nos bañábamos cada día; a esas horas estaba prácticamente desierta.

Solo se veían toallas y sombrillas que algunos veraneantes habían colocado en la arena a primerísima hora de la amañana para asegurarse su “parcela”; después bajaban remojarse  cuando el sol pegaba fuerte.

También se veía un reducido grupo de personas, jubilados que querían  comprobar que el mar seguía en su sitio; me apuesto lo que quieras a que salían de su casa de madrugada para ser los primeros en pisar la playa.

Mientras tanto, mi familia, medio sobada, remojaba bizcochos en la leche. Pero mi madre, que no puede estar más de dos minutos sin darle a la sin hueso, rompió la tranquilidad  para  iniciar una conversación.

—Uy, fíjaros en ese hombre… Hace rato que le miro y no se ha movido ni un pelo.

Nosotros (mi hermana, mi padre y yo) como si nada. A nuestro rollo. Desayunando en plan zombi. ¿Qué  nos importaba lo que hicieran los jubilados de la playa?

Al no obtener respuesta, mi madre insistió.

—¿Qué narices estará haciendo ese tío si moverse? Mírale. Ahí, sin hacer nada.

Nosotros: miramos de soslayo y giramos la cabeza para echar un vistazo a la playa. Nada sospechoso. Solo toallas, sombrillas y algunos bañistas ¡moviéndose! ¿De qué hablaba?

Seguimos desayunando con las neuronas  en estado alfa (nunca hemos sido madrugadores) pero al cabo de cinco minutos…

—A ver si va a estar muerto. Sigue ahí, de pie, sin moverse —recalcó mi madre.

—Mujer, si está de pie, dudo que esté muerto — salté yo,  un poco mosca por la insistencia.

—Puede que muerto no esté, pero parece una estatúa. No se ha movido ni un milímetro —insistió ella.

—A ver si será una estatua —dije yo, con ironía, mientras hacía un esfuerzo sobrehumano para acabar de despejarme.

Al final, tanta fue la insistencia, que mi hermana y yo intentamos localizar al pavo del que habla.

— A ver, mama ¿dónde está ese hombre?

—Allí —señaló en dirección a un punto concreto de la playa — ¿No les veis? Ese, el del bañador amarillo.

¡Ay, madre! Si es lo que creo que es, me voy a mear de la risa, pensé.

—¿Mama, te refieres a eso? — señalé en dirección al supuesto «hombre inmóvil» — ¿Lo que está al lado de esas dos toallas? ¿Cerca de las rocas?

—¡Ese! ¡Ese es! —exclamó emocionada, al ver que habíamos localizado al bañista «hipoactivo» que ella hacía rato que controlaba.

Mi hermana y yo empezamos a descojonarnos y, en ese momento, mi madre se dio cuenta de que iba a ser la diana de nuestras mofas; y no solo durante ese día.

—¡Mama, no es una persona! ¡Es una sombrilla plegada!

Nota: Mi madre confundió las franjas blancas con la cara y las piernas y la franja central amarilla con el bañador. OMG!

—Ya decía yo que estaba poco bronceado —respondió, sin hacer caso a nuestras burlas.

LOL!

Otras Mr. Magoodadas:

Un día íbamos de camino a un restaurante (en el que nunca habíamos estado) y, mientras mi padre conducía, nosotras (mi madre, mi hermana y yo) estábamos al quite para que no lo pasara de largo, concentradas para avisarle en caso de ver algún letrero o indicación; en aquel entonces no había ni GPS, ni Google maps (hablo de la prehistoria, de cuando yo era adolescente)

Y de repente mi madre dice:

—Mira, es ahí. Hay muchos coches aparcados.

¿Era el restaurante? A ver, estamos hablando de mi madre, alias Mrs. Magoo, y mi hermana y yo nos miramos con cara de “no lo dirá en serio”, mientras mi padre preguntaba ¿Dónde?

Por supuesto que había coches; esta vez no se confundió con sombrillas. El problema fue que no estaban ni aparcados ni el restaurante, sino más bien apilados y hechos polvos. ¡Era un desguace!

LOL!

Otras Magoodadas clásicas de mi madre han sido:

  • Salir con zapatos de distinto color a la calle. Tenía varios pares de zapatos de un color similar por lo que era habitual que se pusiera uno de cada. Lo jodido del asunto es que no se daba cuenta al mirarse los pies, sino al andar, porque los tacones eran de distinta altura y cojeaba.
  • También había llegado a confundir la alfombra de piel de borreguito que teníamos en casa, con nuestra perra; un caniche blanco, también muy peludo. En su defensa diré (en defensa de mi madre, no de la perra), que el chucho se echaba encima de la alfombra y quedaba camuflado, lo que, con miopía, o sin ella, a veces causaba cierta confusión.

Ahora mismo tendría que exprimirme mucho las neuronas para recordar más anécdotas (y mira que ha habido suficientes para escribir varios posts), pero te prometo que si me acuerdo de otra, o si my sister me refresca la memoria, haré una segunda parte de las historias de mi madre; alias MRS. MAGOO.

To be continued…


About the Author

Olga

Autora de novelas chick lit adicta al chocolate. Soñadora empedernida. Me dedico a escribir por placer historias de amor para mujeres con humor.


En mi novela Sapos Azules no hay Mrs. Magoo, pero sí algunas escenas con las que te vas a reír casi tanto como con las anécdotas de mi madre.
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