Amigas 4ever-Sapos azules-Portada

SINOPSIS

Si pensabas que el mega súper atractivo y malvado Álex Miravitlles era el único Sapo Azul en la vida de nuestras “Locas de Remate”, es porque todavía no sabías qué les aguardaba en esta segunda y última entrega de Amigas 4Ever.

¿Tendrán Fiona, Carla, Jana y Ada que conformarse con soñar con su Príncipe Azul? ¿O encontrarán por fin el amor de su vida?

Las chicas han puesto tierra de por medio a sus problemas y se disponen a vivir nuevas aventuras, esta vez acompañadas de: un periodista algo chulillo (pero endiabladamente seductor), un inglés con alma de misionero y una psiquiatra con aspecto de conejita Playboy. Un trío que las acompañará en sus alocadas peripecias a través de casas encantadas, juicios con final inesperado (muy inesperado) y pedidas de mano accidentadas…

Si te gustó Locas de Remate, no te pierdas Sapos Azules (el desenlace final). ¡Te va a encantar!

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Ingredientes de la Novela


ROMANTICISMO
EROTISMO
HUMOR
SUSPENSE

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Primeros Capítulos


BRIGHTON

El cambio no había sido fácil, pero las chicas hacía un mes que vivían en Brighton y ya estaban casi adaptadas. Jana enseguida había encontrado trabajo en una de las numerosas cafeterías que había en el centro de la ciudad, Carla estaba moviendo los papeles necesarios para poder ejercer como enfermera en el Reino Unido y Ada seguía inmersa en la escritura de su primer libro. Mientras tanto, Fiona disfrutaba del ambiente bohemio y estrafalario que se respiraba en cada rincón de Brighton, intentando olvidar a «el Vikingo».

Habían alquilado una casa victoriana con suficiente espacio para vivir las cuatro juntas. El alojamiento no era de los más económicos, pero Fiona les había dicho que la ubicación era inmejorable y que no sufrieran porque ella se hacía cargo de todos los gastos; irónicamente se había convertido en una especie de versión femenina del señor Günther, con la diferencia que no quería ejercer ningún control sobre las personas a las que ayudaba económicamente.

Antes de salir de casa Ada miró el cielo. Estaba encapotado, pero la app del móvil indicaba que más tarde saldría el sol. Como iba cargada con el ordenador portátil y unos cuantos libros de la biblioteca, decidió aparcar el paraguas al lado de la puerta y aventurarse a sufrir el clima inestable de Brighton; aunque normalmente el teléfono acertaba bastante la predicción meteorológica (un milagro teniendo en cuenta donde vivía). Después de abrocharse los botones del abrigo hasta el cuello, pues empezaba a refrescar, salió a la calle en dirección a la cafetería donde Jana trabajaba.

A Ada le gustaba tomarse un chocolate caliente en la cafetería donde Jana trabajaba. Le daba la sensación que le hacía compañía (aunque Jana estaba tan atareada atendiendo a los clientes que a menudo olvidaba que ella estaba allí) y, además, era la excusa perfecta para salir de casa y escribir en un ambiente ameno. Si se quedaba atascada, se entretenía observando a las personas de su alrededor, imaginándose el tipo de vida que llevaban. Y si aún con eso no se inspiraba para seguir con su libro, jugaba a emparejar a los clientes del local con los transeúntes que paseaban por la calle; ejerciendo de Cupido imaginario.

—¡Hola guapa! — saludó Jana al ver a Ada en la barra — ¿Qué vas a tomar?

—Lo de siempre —. dijo Ada buscando una mesa libre para poder sentarse — Hoy está lleno.

—Sí, hay días que es un no parar —. Jana cogió las monedas que le daba y fue a prepararle el chocolate.

—Jana, acabo de ver una pareja que se va, estoy en la mesa del fondo —. informó Ada mientras se apresuraba a coger la única mesa libre del local; era de las que estaba bien situada, con una visión perfecta de la calle y la puerta de entrada.

Contenta de haber conseguido la preciada mesa, Ada abrió su portátil y esperó que se pusiera en marcha; iba tan lento, que estaba segura que Jana le traería la bebida caliente antes de haber podido poner la primera letra en el editor de texto. Mientras esperaba a que la máquina hiciera su trabajo, se embobó mirando por la ventana. Un hombre apuesto, con chupa de cuero, gafas de sol y barba de dos días, estaba aparcando la moto frente a la cafetería y eso la hizo pensar en Víctor. ¿Qué habría sido de él? Desde que había presentado su dimisión como redactor jefe en el periódico, no había vuelto a saber de él, a pesar de haberle enviado mensajes y haberle llamado en repetidas ocasiones. Víctor no había respondido ni a los mensajes ni a las llamadas. Era como si se lo hubiera tragado la tierra.

Ada oyó el «bip» que indicaba que el editor de texto se había abierto y dejó a un lado los pensamientos sobre su ex jefe para centrarse en la pantalla del portátil.

Mientras tanto, el hombre de la chupa de cuero entró en la cafetería. Un par de chicas que había sentadas al lado de la puerta le repasaron de arriba a abajo, comentaron alguna cosa y se pusieron a reír; él ni se fijó, debía terminar unos informes para entregar en el trabajo y estaba demasiado ocupado buscando una mesa para sentarse. Observó que había una chica ocupando una mesa de cuatro. Dudó. Si compartía espacio con la desconocida, cabía la posibilidad de que ella le interrumpiera, haciéndole preguntas acerca de su vida personal y sentimental (le pasaba a menudo). Pero como la chica parecía entretenida con su ordenador, se animó a sentarse con ella; las probabilidades que le molestara intentando entablar una conversación eran prácticamente nulas.

—¿Te importa si me siento aquí? No hay sitio…

Ada levantó los ojos de la pantalla y miró al hombre que tenía delante.

—¡¿Víctor?!

—¡¿Ada?!

—¡¡Dios mío, Víctor!! ¿Qué haces aquí? —las preguntas se le agolparon en la cabeza sin acabar de creerse que él estuviera delante suyo, ¡en Brighton!

—Es una larga historia —. dijo Víctor abrazándola, contento de volverla a ver.

—Siéntate, por favor. No me puedo creer que seas tú…, ¡de carne y huesos! — exclamó Ada en estado de shock.

Jana llegó con el chocolate caliente y se sorprendió al ver que Ada mantenía una animada conversación con un desconocido; el cual le pareció bastante atractivo.

—¡Jana, mira a quien me he encontrado! — dijo Ada más animada que cuando había llegado a la cafetería.

Jana miró al hombre con aspecto de motorista rebelde. Le recordaba muchísimo a un famoso actor norteamericano, pero descartó la posibilidad que fuera él, porque no estaba hablando en inglés y tampoco tenía acento extranjero.

—Así que esta es Jana, tu compañera de piso —. dijo Víctor mirándola con detenimiento — No me habías dicho nunca que era tan guapa —. extendió la mano para saludarla.

Jana miró a Ada con ojos interrogantes y se apresuró a dejar la taza humeante sobre la mesa para encajar la mano al galant; no tenía ni idea de quien era, a pesar que él sí sabía quien era ella.

—Es Víctor —. desveló Ada, como si le hubiera leído el pensamiento — ¿No te parece increíble que nos hayamos encontrado en Brighton? ¡Todavía estoy flipando!

—¿Víctor…? — dijo Jana con cautela; el único Víctor al que conocía era el ex jefe de Ada, pero nunca le había visto en persona y no podía estar segura que fuera él.

—Soy Víctor Jou, el ex compañero de Ada. Trabajaba con ella en la redacción de El Crónicas de la Ciudad. Si me dices que nunca te ha hablado de mí, vas a darme un disgusto —. dijo Víctor apretándole la mano con fuerza; sólo la soltó para quitarse la chupa — ¡Qué calor hace en este local!

— Encantada, Víctor —. dijo Jana admirando el torso musculoso, bajo la camiseta ajustada, que Víctor había dejado a la vista al quitarse la chaqueta — Ada sí que me hablado de ti.

—Bien. Espero… — bromeó Víctor sin apartar la mirada de Jana.

—¡Sí, y tanto! — Jana se sintió intimidada por los ojos oscuros de pestañas tupidas que la estaban escaneando — ¿Tomarás algo? — dijo para disimular su turbación.

—Un americano, sin azúcar —. dijo Víctor con una sonrisa encantadora que ruborizó hasta a una señora que les estaba mirando desde la mesa que tenían al lado.

—Esto…, explícame dónde te has metido durante todos estos meses —. interrumpió Ada, para que Víctor dejara de hacer de encantador de serpientes y Jana pudiera ir a prepararle el café.

—Ufff…, no sé por donde empezar. Han sido unos meses muy complicados, Ada. Siento no haberte respondido a los mensajes. Quizás he sido un covarde escondiendo la cabeza bajo el ala, pero necesitaba alejarme de todo y de todos. Después de dejar el periódico tuve que hacer frente a mi desastrosa situación personal. Sabes que estaba divorciándome, ¿verdad?

—Sí, me lo habías comentado antes de irte.

—En El Crónicas trabajaba a regañadientes y encima mi esposa me estaba haciendo el salto con el hijo de uno de mis mejores amigos… Al final me pregunté qué coño estaba haciendo con mi vida… y decidí dejar el periódico y pedir el divorcio. Esos fueron los primeros pasos para cambiar mi vida.

—Caramba…, lo debiste pasar muy mal. No sabía que Mei te había puesto los cuernos. ¿Por qué no me lo explicaste? — preguntó Ada dolida por la falta de confianza del que había considerado, más que su jefe, su amigo.

—Fueron meses durísimos. Emocionalmente estaba muy inestable y no quería hablar con nadie. Tampoco hubieras podido hacer nada para ayudarme. Desconecté del mundo y me hundí en mi miseria.

—Y decidiste irte del país.

—No bien bien —. dijo Víctor haciendo una pausa para coger fuerzas y seguir hablando del tema — Después de dejarlo todo, caí en un pozo sin fondo. La vida había perdido sentido para mí y cada día que pasaba me costaba más levantarme. Toda esa mierda me llevó a una espiral de auto destrucción y entonces empecé a beber más de la cuenta. Afortunadamente un buen amigo me propuso hacer un cambio de aires en un momento en que mi estado psicológico todavía me permitía tener momentos de lucidez y…, aquí estoy —. sonrió dando el tema por zanjado; no le gustaba urgar en el pasado y ya había hecho un gran esfuerzo pasando de puntillas por él.

—Caramba Víctor, no sé qué decir…

—¿Necesitas algo más? — interrumpió Jana dejando el café americano en la mesa.

—Lo que necesito no sé si vas a dármelo —. dijo Víctor oliendo el café con una sonrisa traviesa — ¿Qué haces al terminar el turno?

Ada se quedó con la boca abierta. La imagen que tenía de Víctor era la de un periodista extremadamente profesional. Él nunca decía, o hacía, nada fuera de lugar y, lo que acababa de decirle a Jana, la desconcertaba. Pero no estaba más perpleja que Jana, la cual se había quedado mirando a Víctor como si él le hubiera preguntado algo sobre física cuántica.

—Después del turno me voy a casa —. atinó a responder Jana, después de procesar la pregunta.

—¿Y por qué no te vienes a dar una vuelta conmigo, en moto? — le propuso Víctor sin cortarse un pelo.

—Me lo pensaré —. respondió ella, y regresó a la barra donde ya tenía a tres personas haciendo cola para pagar.

—¿Eso ha sido un «sí» o un «no»? — preguntó Víctor mientras sorbía el café y observaba como Jana, que le había dejado plantado, cobraba a los clientes.

—¿Por qué no vienes a cenar a casa? Te presentaré a mis otras dos compañeras de piso. Carla seguro que estará encantada de ir a dar una vuelta en moto contigo si Jana no quiere —. propuso Ada con la mejor de sus intenciones — ¿Te va bien venir mañana?

—Me encantaría —, mintió Víctor — pero he quedado con un amigo para ir al pub — eso era verdad.

—¡Pues que venga él también! Así no tendrás que estar solo con cuatro mujeres solteras. Y después, podemos ir todos juntos a tomar unas copas al pub. ¿Deal? — preguntó Ada con la esperanza de que Víctor aceptara; tenía ganas de ver caras nuevas por casa y salir a pasarlo bien.

Víctor miró otra vez a Jana, que seguía detrás de la barra, preparando cafés.

—De acuerdo. Deal. ¿A qué hora venimos? — Víctor fantaseó con la idea que la geisha que le había servido el café, al día siguiente, le diera la oportunidad de conocerla un poco más.

 

*****

 

Fiona llegó a casa cansada y nada más entrar fue a echarse al sofá. Carla la interrogó para saber si le pasaba algo; no era normal verla con tan poca energía.

—Parece que te haya pasado una locomotora por encima —. la miró por encima de las páginas de la revista que estaba leyendo — ¿Dónde has estado?

—En el Pier. Me ayuda a pensar. Me relaja.

—¿Una pasarela de madera llena de turistas y que apesta a fritanga te relaja?

—Tiene su encanto —. dijo Fiona levantándose del sofá para ir al baño; al cabo de 10 minutos regresó con peor aspecto, mucho más pálida.

—Fiona… ¿has vuelto a vomitar? Quizás estés…

—¡Que no, joder! No seas pesada. Tu teoría es absurda —. la cortó Fiona cabreada — He vomitado por culpa del Fish and Chips que me he comido en el Pier. No lo tendría que haber comprado en ese chiringuito que hay en la entrada. ¡Es pura mierda! No sé qué cojones de aceite utilizan para freír el pescado y las patatas…

—¿Y ayer? También vomitaste… — insistió Carla, preocupada — He ido a comprar un test de embarazo. Si no quieres hacértelo, lo esconderé en la taza del váter para que mees encima de él sin darte cuenta —. dijo poniendo mucha imaginación.

—No digas gilipolleces —. dijo Fiona sonriendo, a pesar de tener el estómago como si se hubiera tragado una ballena entera acompañada de un camión de túberculos. En realidad sólo se había comprado un pedazo de bacalao con patatas fritas que, además, casi ni había probado. Pero no quería decírselo a Carla y admitir que, quizás, tenía razón y sí que estaba embarazada.

—¿Qué? ¿Vas a salir de dudas o continuarás poniendo como excusa la comida? — presionó Carla dejando la revista para ir a sacar el test de embarazo de su bolso.

—¿Y si da positivo? — preguntó Fiona con el terror dibujado en su cara.

—Y si, y si… Basta de suposiciones. Toma —. Carla alargó la caja que había comprado en el súper y ella la cogió con pesar.

—Me lo haré después de cenar.

—¡Ahora!

—¡No! ¡Después de cenar!

La puerta del calle se abrió y Jana y Ada entraron empapadas, quejándose de la lluvia que las había pillado justo al salir de la cafetería.

—¡Hola! — saludó Ada sin prestar atención a la cara de vinagre que ponían Carla y Fiona.

—¿Qué pasa? — preguntó Jana al percibir que había cierta tensión entre ellas.

—Es terca como una mula —. explicó Carla como si acabara de descubrir una nueva característica de Fiona — Le he comprado un test de embarazo y no se lo quiere hacer.

—Yo no he dicho que no me lo quiera hacer —. protestó Fiona — Sólo he dicho que quiero esperar y hacérmelo después de cenar.

—¿Cambiará alguna cosa si te lo haces más tarde? — la hizo reflexionar Jana, que temía que después de cenar dijera que ya se lo haría después de desayunar — Sabemos que estás asustada, pero estamos aquí para apoyarte. ¿Quieres que te acompañemos al baño y esperemos el resultado todas juntas?

Fiona miró la caja que tenía entre las manos y asintió con la cabeza, más cagada que el día que se había ido a hacer el primer piercing. Después, subió las escaleras hacia el único baño de la casa, que estaba en el primer piso.

Todas estaban tensas, pensando qué pasaría si el resultado daba positivo. ¿Estaba Fiona preparada para se madre soltera?

Fiona soltó el aire que había contendio y cogió el palo de plástico para comprobar si estaba embarazada; no había perdido la esperanza de que las náuseas y los vómitos fueran debidos a algún virus intestinal.

Jana, Carla y Ada la observaron con la respiración cortada y cuando vieron que sonreía, se sintieron aliviadas. Pero su sosiego duró justo un segundo, el tiempo que tardó Fiona en cambiar la sonrisa por una mueca, empequeñecer los ojos y derramar lágrimas grandes como pelotas de ping-pong.

Carla se levantó de la tapa del váter donde se había sentado para esperar el resultado y arrancó el test de embarazo de las manos de Fiona para mirar ella misma el resultado.

—No hay duda. Positivo —. anunció a Jana y Ada, que todavía estaban intentando descifrar si Fiona lloraba de felicidad o de tristeza.

El timbre de la puerta sonó y las tres se miraron sin saber qué hacer; Fiona seguía llorando. No querían dejarla sola, pero tampoco querían plantar a Víctor y a su amigo (por la hora que era eran ellos los que llamaban a la puerta).

—¿Les abro? — preguntó Ada tímidamente.

—Está lloviendo —, musitó Fiona hipando — ¿qué quieres? ¿que los invitados tengan que utilizar la llave que hay escondida debajo del felpudo de la entrada?

No tenían ninguna copia de la llave escondida debajo del felpudo de la entrada, Fiona estaba bromeando, y eso era buena señal; superaría el disgusto del embarazo, pronto. Así que cuando el timbre sonó por segunda vez, Ada corrió escaleras abajo para abrir a Víctor y a Mark, que estaban plantados delante la puerta, debajo de un enorme paraguas de color negro que les protegía de la lluvia.

El primero en entrar fue Víctor. Saludó a Ada con un par de besos, dejó el paraguas que chorreaba agua apoyado en la pared, y le presentó a su colega: un guiri apuesto con aire bohemio.

Ada saludó al amigo de Víctor, les llevó al comedor y, después de ofrecerles unas cervezas, se disculpó para ir a buscar al resto de habitantes de la casa.

—Chicas, chicas…, Víctor ha venido con un tío que no está nada mal —. explicó Ada al entrar en el baño; con la precaución de cerrar la puerta para que ellos no la oyeran — Es alto, rubio, y con ojos azules… Se llama Mark Darcy.

—¡¿Como el de El Diario de Bridget Jones?! — contestaron las tres a la vez echándose a reír.

—Sí, creo que sí —. dijo Ada algo desorientada, dudando de si había entendido bien el nombre — Les tengo a los dos en el comedor, tomando unas birras. Pero la cena todavía no está lista…, tenéis que bajar a echarme una mano —. suplicó.

—No sé vosotras, pero yo no puedo dejar pasar la oportunidad de conocer a un tío que se llama igual que un personaje de película —. dijo Fiona secándose los ojos con el dorso de la mano — ¿Por casualidad no te habrá dicho si es abogado?

Jana y Carla miraron a Fiona y se dispusieron a seguirla; conociéndola, llevaba alguna de cabeza. Minutos después confirmaron sus sospechas. Fiona se dirigió a Mark soltándole que se llamaba Bridget Jones y después le preguntó que si el moreno que le acompañaba se llamaba Daniel Cleaver (el archi enemigo de Mark Darcy en la entrega de El diario de la Bridget Jones).

Mark, lejos de enfadarse, siguió la broma a Fiona, preguntándole qué tipo de bragas llevaba puestas (Bridget Jones escogía la ropa interior en función de las probabilidades que tenía de acabar en la cama con su cita) y con ese fair play se la puso en el bolsillo en un periquete.

—Molas, tío —. dijo Fiona dándole en el brazo con el puño; ese gesto sólo lo hacía cuando alguien le había caído realmente en gracia — En realidad me llamo Fiona.

—Sospechaba que Bridget no era tu verdadero nombre —. respondió Mark guiñándole un ojo.

—Voy a presentaros a todos —. intervino Ada para evitar que Fiona monopolizara la conversación — Chicas, ellos son Víctor y Mark. A Víctor le conocéis de oídas. Era mi redactor jefe en El Crónicas. Mark amigo suyo.

Carla miró al ex jefe de Ada con lascivia; hasta donde ella sabía, estaba soltero y, por tanto, abierto a nuevas relaciones

—Chicos, ellas son Jana; Víctor ya la conoce. Carla, y Fiona; que ya se ha presentado. Las tres somos compañeras de piso y amigas inseparables.

—¿A qué os dedicáis? — preguntó Mark, barajando la posibilidad de que también trabajaran juntas; eran tan dispares, que no parecían tener nada en común, a excepción, quizás, del oficio.

—Yo soy periodista, como Víctor —. explicó Ada — Pero ahora mismo estoy en paro y, gracias a Fiona, me dedico a escribir.

—Soy su mecenas —. aclaró Fiona — Puedo serlo gracias a mis inversiones en bolsa.

Víctor y Mark se miraron pensando que les estaba tomando otra vez el pelo. Si hubieran tenido que adivinar a qué se dedicaba Fiona, inversionista habría sido lo último que hubieran mencionado; si es que se les hubiera ocurrido mencionarlo.

— Esta no es lo que parece —. apostilló Jana, a punto de echarse a reír, al verles la cara de alucinados — Yo me dedico a algo más corriente. Soy camarera.

—Prepara los mejores cafés americanos de Brighton —. apuntó Víctor travieso; Jana se ruborizó y desvió la mirada.

—Pues yo soy enfermera y también preparo buenos cafés —. se apresuró a decir Carla, que quería captar la atención del ex jefe de Ada; aunque él sólo tenía ojos para Jana.

—¡Enfermera! ¡Qué agradable coincidencia! — exclamó Mark — Estamos los dos metidos en lo mismo. Yo soy médico.

—Qué emocionante… — dijo Carla sin importarle que se notara que esa coincidencia, a ella, la repateaba; estaba harta de tratar con galenos estirados.

—Mark no es un médico cualquiera. Es cooperante —. explicó Víctor, orgulloso de su amigo — Ha trabajado en distintos países del tercer mundo, sobre todo en América del Sur.

—¿De verdad? ¡Qué interesante! — exclamó Jana — ¿Qué haces exactamente?

—Los primeros años atendí niños desnutridos y mujeres embarazadas, en un hospital de Kenia. Después la ONG para la que trabajo me trasladó a Sur América. Estos últimos cinco años los he pasado en Perú, haciendo las tareas de coordinación de un equipo de más de cien personas.

—¿Estás de vacaciones en Brighton, pues?

—No. Hace unos mesos me trasladaron a las oficinas centrales. Ahora continúo haciendo de coordinador, pero desde Londres.

—¿Que os parece si seguimos charlando mientras cenamos? — propuso Víctor cortando la conversación entre Jana y Mark; se estaba poniendo celoso.

—¡Ay! — exclamó Ada, como si le hubieran dado un martillazo en el dedo — Todavía no tenemos nada preparado —. se puso roja.

—¡Ningún problema! — dijo Mark enseguida — Me encanta cocinar. ¿Me dejáis que haga de chef? Enseñadme los ingredientes de los que dispongo y os cocinaré un menú delicioso en un pis pas. Si queréis, podéis echarme una mano.

—Eres como una navaja suiza…, ¡sirves para todo! — bromeó Jana, entrando en la cocina con Mark, sin advertir que Víctor apuraba la cerveza mirándola con cara de corderito degollado.

—¡Yo paso! No me gusta cocinar —. dijo Fiona — Me quedo en el sofá esperando a que traigáis la manduca. ¿Tú qué, Víctor? ¿Te quedas a hacerme compañía?

—En otras circunstancias no te diría que no, yo también odio cocinar, pero la mujer de mis sueños está dentro de esa cocina.

Fiona se pregutó a cuál de las tres se refería. ¿A Ada? ¿A Carla? ¿O a Jana? Ante la duda, cogió una revista y, sin darle más vueltas, se puso a leer un artículo que hablaba sobre la maternidad; tenía que ir informándose sobre lo que se le venía encima.

Mark demostró que tenía una mano privilegiada en la cocina. Con cuatro ingredientes, y pan de molde, preparó unos canapés caseros que tenían una pinta inmejorable. Después, dio instrucciones a su equipo y, entre todos, cocinaron unos spaguettis que olían de maravilla.

—¿En qué hospital trabajas, Carla? — la interrogó Mark mientras cogía cubiertos para llevarlos a la mesa.

—Todavía no tengo los papeles en regla para ejercer en este país, estoy a la espera —. dijo Carla mirando a Víctor por el rabillo del ojo; seguía coqueteando con Jana.

—¿Vas a explicarme qué hacías antes de llegar a Brighton o te lo tendré que sonsacar con hipnosis? — bromeó Mark, viendo que ella no estaba por la labor de entablar una conversación con él.

—Trabajaba en quirófano. Cirurgía estética. Nada que ver con las ONGs —. respondió ella sin demasiado interés; el tema la aburría.

—Carla es una enfermera excelente, le viene de familia —. intervino Jana, para ver si así se quitaba a Víctor de encima; él no paraba de insistir que iba a llevarla a dar una vuelta con su moto después de cenar.

—En realidad estoy en el escalafón más bajo de mi linaje familiar —. respondió Carla mordaz — Mis padres y mi hermano son médicos de prestigio.

—Ser médico está sobrevalorado —. aseguró Mark, al detectar el dolor que se escondía detrás de las palabras con retintín de Carla — Además, no se puede juzgar a la gente por sus familiares. Cada uno es como es. Maravilloso y único —. cogió un último cuchillo y salió a poner la mesa, dejando a Carla gratamente sorprendida con su argumentación.

 

*****

 

Tres botellas de vino más tarde, todos estaban de buen humor. Los spagettis ya habían desaparecido de la cazuela y lo que quedaba de los canapés eran migas sobre el plato.

—Voy a potar —. dijo Fiona levantándose de la mesa con una mano en la boca. Era la única que no había bebido vino, ni probado bocado; el olor de la comida le revolvía el estómago.

—Más descriptiva imposible —. dijo Víctor desperezándose para pasar el brazo por detrás de Jana, que estaba sentada a su lado.

—¿Nunca te has encontrado mal, tú? — espetó Jana, cogiéndole el brazo para sacárselo de encima.

—Sí, cada vez que te alejas de mí —. respondió Víctor travieso y volvió a pasar el brazo por encima de sus hombros; Jana puso los ojos en blanco, dejándole por un caso perdido.

—Víctor, todavía no nos has explicado a qué te dedicas ahora —. intervino Carla, para romper el momento tórrido que él estaba teniendo con Jana.

—Hago de periodista, pero mi registro es completamente diferente al del periódico. Trabajo para una revista, haciendo reportajes de investigación.

—¡Qué guai! —exclamó Ada entusiasmada; desde su reencuentro habían hablado de mil cosas, sin embargo no habían tocado el tema laboral — ¿Y de qué tipo de publicación se trata?

—Bien… — dijo Víctor, revolviéndose incómodo en la silla — No me gusta mucho hablar sobre este tema.

—¿Por qué? ¡Si tú adoras tu profesión! — dijo Ada sin entender qué quería ocultar.

—Porque… — titubeó Víctor.

—Porque la mayoría de personas consideran que la revista para la que trabaja es muy frikie y que los periodistas que escriben esos artículos son poco más que farsantes —. le ayudó Mark.

Las chicas le miraron con caras interrogantes, sin saber de qué hablaba.

—La revista analiza sucesos que no tienen una explicación racional —. aclaró Víctor receloso, ampliando las explicaciones de su amigo — Parte de mi trabajo consiste en documentarme sobre la historia de edificios donde se dan fenómenos paranormales; básicamente castillos, mansiones antiguas o casas abandonadas. Contacto con los testigos y me desplazo hasta el lugar de las apariciones para hacer una inspección ocular detallada y encontrar información relevante.

—A los ingleses nos encantan las historias de fantasmas —. puntualizó Mark para romper el silencio que se había creado — Aquí en Brighton, por ejemplo, tenemos una ruta guiada por las calles de la parte más antigua de la ciudad, con un montón de historias fantasmagóricas. ¿Sabiáis que Jack el destripador vivió en esta ciudad?

—¿En serio? — dijo Ada con los ojos como platos — ¿Dónde?

—Se cree que durante un tiempo Jack el destripador se alojó en el pub que hay en la calle Black Lion que, en esa época, era un conocido refugio para prostitutas. E incluso se le relaciona con el asesinato que hubo en uno de los hoteles de la ciudad, en el Royal Albion. Aunque el 26 de julio de 1888 Jack dejó Brighton y se trasladó a vivir a Whitechapel donde, curiosamente, pocos días después, apareció el primer cadáver de una prostituta destripada —. explicó Mark, que estaba muy enterado sobre la biografía del asesino más famoso del Reino Unido.

—¿Queréis que vayamos a tomar unas copas al Black Lion? Para ambientarnos… — propuso Víctor — Y de paso podré conseguir material para un nuevo artículo que tengo en mente. No me importa mezclar trabajo y placer —. dijo con voz melosa mirando a Jana.

—No me seduce la idea —. dijo ella haciéndose la dura.

—¿Qué es lo que no te seduce? ¿La idea de estar conmigo o la idea de estar rodeada de algún fantasma?

—Ah, ¿es que hay alguna diferencia? — soltó Jana cáustica.

—Tocado y hundido —. se rió Mark viendo como su amigo se esforzaba para caer bien a Jana sin éxito.

—Tocado sí, pero hundido no —. Víctor sonrió seductoramente y Jana resopló cruzándose de brazos.

—Jana no siempre es tan grosera —. intervino Ada, para suavizar la situación — Lo que pasa es que el tema la pone nerviosa porque ella ve fantasm…

—¡Ada! — la atajó Jana sin creer lo que acababa de soltar — No quiero que sepan que veo… — se paró en mitad de la frase, porque ella misma estaba a punto de meter la pata.

—¿Qué es lo que no quieres que se sepamos? — preguntó Víctor aún con más interés.

A la pregunta le siguió un silencio tenso, mientras Jana mantenía un diálogo interno con ella misma sobre la conveniencia o no de explicar que tenía, lo que todo el mundo se empeñaba en llamar, don; aunque para ella era una maldición.

—Ve fantasmas —. destapó Carla sin contar con el consentimiento de Jana — Por eso no le gusta estar en sitios potencialmente llenos de espíritus errantes.

Víctor miró a Jana con la mandíbula tocándole el suelo y Jana hizo un gesto con la mano como diciendo: «ahí lo tienes. ¿No era eso lo que querías saber?»

—Pero, pero… ¡eso es fantástico! — exclamó Víctor eufórico, como si le hubiera tocado la lotería — ¡Estaba buscando gente para formar un equipo de investigación! ¡Y zas! Apareces tú. Esto no puede ser casualidad.

—¿De qué estás hablando? Yo no formaría equipo contigo ni para jugar un partido de fútbol con fines benéficos —. soltó Jana volviendo a adoptar una pose de tía dura.

—Tú y yo acabaremos jugando, y más pronto de lo que te imaginas —. Víctor sonrió, convencido que con cada «no», tenía el «sí» de Jana más cerca.

—¿Me he perdido algo? — preguntó Fiona entrando en el comedor aún con la cara pálida pero con algo más de color en las mejillas.

—Estamos decidiendo a qué pub vamos a tomarnos unas copas —. dijo Mark riéndose por lo bajini; el tira y afloja entre Víctor y Jana le parecía de lo más gracioso.

—Yo no voy —. dijo Jana levantándose de la silla — Un placer haberte conocido, Mark. La cena estaba deliciosa. Espero que nos volvamos a ver pronto.

—No lo dudes —. dijo Mark viendo como Jana se retiraba sin despedirse de Víctor.

—¡Buenas noches! — gritó Víctor sin importarle el desaire de «su geisha» — ¿Creeis en el amor a primera vista? — preguntó a los que quedaban en la mesa mientras se ponía la mano debajo de la camiseta moviéndola como si le latiera el corzazón.

—Yo sí creo en el amor a primera vista —. dijo Ada bostezando — ¿Chicos, os importa si dejamos lo de las copas para otro día? Estoy tomando una medicación que me da somnolencia Dudo que pueda estar despierta mucho más rato.

—Yo tampoco voy a venir, vuelvo a tener ganas de… — Fiona salió corriendo del comedor para evitar dejar la moqueta hecha un asco.

—Sólo quedamos nosotros tres —. observó Mark, para aclarar la situación.

—Demasiadas emociones en un solo día —. Carla se levantó sin dar más explicaciones — Un placer, chicos. Nos vemos otro día —. estaba decepcionada por la poca atención que le había prestado Víctor, sin darse cuenta de la mucha que le había prestado Mark.

—Volvemos al plan original, pues. Tú y yo solos. ¿Dónde vamos a liarla? — Víctor se levantó de la silla y se desperezó.

—¡Al Black Lion, of course! — decidió Mark entre risas.

Se despidieron de Ada y salieron para saborear la noche fría y fantasmagórica de Brighton.

FANTASMAS

        Jana salió de la cafetería con ganas de llegar pronto a casa. Había sido un día agotador sirviendo cafés y quería descansar. Pero al salir, sus planes se vieron truncados.

—¡Jana! — la llamó Víctor desde el otro lado de la calle.

Jana se giró para ver quién era y él la saludó con la mano, apoyado en una moto de gran cilindrada.

Durante una décima de segundo Jana pensó en hacerse la sueca, seguir andando hasta doblar la esquina. Pero no podía hacerlo, era evidente que le había visto. Sus ojos se habían empeñado en repasar a Víctor de pies a cabeza, por más que ella había intentado ignorarle.

—Hola, Víctor —. hizo un gesto con la mano mientras él cruzaba la calle con un casco colgado del brazo. Se fijó en sus tejanos. ¿Por detrás le quedarían igual de bien que por delante?

—Hace rato que te espero. Toma —. Víctor le dio el casco que llevaba en el brazo con sonrisa pícara — Póntelo que nos vamos.

—¿Qué quieres decir que nos vamos? — Jana le miró como si se hubiera vuelto majareto (aunque él ya estaba cruzando la calle en dirección a la moto y no la vió) se embobó mirándole el trasero, constatando que los tejanos le quedaban igual de bien por detrás que por delante, y le siguió.

—Ponte el casco. Tenemos que hablar de negocios —. dijo Víctor jovial, colocándose el suyo y abrochándose la chaqueta estilo rocker.

—¿Hablar de negocios? ¿Sobre una moto? — Jana le miró escéptica.

Víctor no se dejó intimidar por la mirada recelosa de Jana y, dando un paso al frente, le cogió el casco de las manos y se lo encasquetó. Ella, que no se lo esperaba, se quedó quieta, y el aprovechó para manipular el cierre que le quedaba debajo de la barbilla asegurándole el casco.

—¿Tienes frío? — preguntó al ver que a Jana se le había puesto la piel de gallina. En realidad había sido él el que había provocado que a ella se le erizara el vello, pero pensó que se debía a las bajas temperaturas y abrió la caja de la moto para sacar un chupa de cuero, similar a la que él llevaba puesta — Te irá un pelín grande, pero es mejor que nada. Normalmente la llevo para mis colegas. No acostumbro a ir acompañado de damiselas.

—¿Pretendes que me ponga una chaqueta que me va a hacer parecer un espantapájaros, para ir contigo a hablar de… negocios, vete tú a saber donde? — refunfuñó Jana cruzándose de brazos, tensando el cuello para que la cabeza no se le inclinara hacia un lado; era la primera vez que llevaba casco y pesaba mucho.

—¿Alguna vez te han dicho que cuando te enfadas estás muy guapa? — Víctor sujetó la chaqueta, para que se la colocara, sin perder su sonrisa de mujeriego seductor — No puedes negarte, ya llevas el casco.

Jana le arrancó la chupa de la mano y se la puso ella sola a regañadientes.

—Estoy ridícula, así que espero que al menos tengas la decéncia de dejar de decir tonterías. Venga, pon la máquina en marcha —. Jana montó en la moto en un arrebato más propio de Fiona que de ella.

—En el fondo te gusto —. Víctor se bajó la visera del casco para reírse mientras Jana se pegaba a su espalda nada más oír rugir el motor — ¿Asustada? — preguntó alzando la voz para que ella le oyera, pero por respuesta sólo obtuvo un apretón de brazos de Jana alrededor de su cintura —¡Agárrate y no te sueltes!

Jana notó la aceleración del vehículo y se enganchó a Víctor como una paparra, sin poder disfrutar de la sensación de libertad por el pavor que le daba a caerse. Lo único que deseaba era llegar pronto a destino y dio gracias que el viaje fuera breve. En menos de cinco minutos accedieron a una propiedad privada que había al lado de un parque por el que ella solía ir a pasear y Víctor detuvo la moto frente a la mansión que había al final del camino por el que habían entrado.

—Ya hemos llegado —. Víctor ayudó a Jana a bajar de la moto —La publicación para la que trabajo me ha pedido un reportaje sobre este sitio: Preston Manor.

—¿Y qué pinto yo en todo esto? — dijo Jana quitándose el casco para admirar la fachada de la casa; siempre había visto el edificio deade lejos.

—Quiero que trabajemos juntos, como un equipo. Tú y yo —. respondió Víctor guardando la chaqueta que le había prestado a Jana.

—No lo entiendo, Víctor. Yo no soy periodista —. replicó ella irritada; los mensajes crípticos que él le estaba enviando desde que se habían encontrado en el exterior de la cafetería la estaban sacando de quicio.

—No quiero a una periodista. Lo que quiero es que utilices tu don en las investigaciones —. Víctor tiró de Jana y avanzó con paso decidido hacia las escaleras de la puerta principal (Jana tuvo que seguirle para no caer al suelo) — Hoy sólo haremos una visita de reconocimiento, pero en un par de semanas…

La puerta de la mansión se abrió y una señora mayor les saludó amablemente, invitándoles a entrar. Víctor no pudo terminar de contar a Jana qué pasaría al cabo de dos semanas.

El hall de Preston Manor era una gran sala con suelo de madera, chimenea y muebles del los siglos XVII y XVIII. La mujer que les había recibido les explicó que la habitación había sido utilizada como sala de billar y que los numerosos retratos de la pared eran de la família Stanford; aunque sin duda lo que más llamaba la atención era una figura de yeso que había en el suelo que representaba un Yorkshire Terrier, la mascota de la casa.

Víctor no prestó atención a los detalles y enseguida pidió a la mujer que les estaba dando toda clase de explicaciones si podían echar un vistazo al resto de la casa.

—Sí, por supuesto. Para eso han venido —. respondió la mujer, dispuesta a ilustrarles con más historias — Será un placer mostrarles el comedor y los dormitorios. Después, si quieren, podemos ir a la zona que estaba destinada al servicio.

—Me encantaría que nos acompañara, pero necesitaremos la máxima concentración. ¿Le importa si vamos sólo mi colega y yo? — preguntó Víctor con un gesto de mujeriego empedernido que encandiló a la viejecita.

—Oh, claro… — asintió ella ruborizándose y después, adoptando un aire misterioso añadió — Además, si hay mucha gente, no se manifiestan…

—¿No se manifiesta quién? ¿Para qué necesitamos máxima concetración?— susurró Jana mientras Víctor la cogía de la mano y se la llevaba al primer piso de la casa.

—Nada, no le hagas caso. Lo de la concentración ha sido una excusa que he puesto porque me apetecía estar a solas contigo —. dijo Víctor en voz baja, aunque la mujer ya no les podía oír.

Jana se paró en seco.

—Víctor, ya estoy harta de jueguecitos. ¿Quieres decirme de una vez qué hacemos aquí? Si lo que quieres es una cita, te aseguro que este no es el lugar más adecua…

—¡Ajá! ¡Lo sabía! ¡A ti te gustaría que esto fuera una cita! — exclamó Víctor con aire triunfal sin parar de subir escaleras — Pues siento desilusionarte. Sólo te he pedido que vinieras para hablar de negocios. Aunque si quieres salir conmigo, me lo pensaré —. aceleró el paso dejando atrás a Jana para que no viera que se estaba partiendo de risa.

Jana protestó, quería dejarle claro que no quería ninguna cita con él, pero se distrajo con las pinturas de perros que había colgadas en la pared de las escaleras y no se dio cuenta que Víctor desaparecía.

—¿Víctor? ¡¿Víctor?! ¿Dónde te has metido? Lo que me faltaba —. gruñó, aún más malhumorada.

—¡Estoy aquí! — gritó él detrás de una de las puertas que había.

Jana se guió por la voz hasta llegar a un dormitorio presidido por una cama con dosel y cortinas florales a juego con el cubrecama.

—La habitación de Ellen Stanford —. anunció Víctor al ver entrar a Jana — ¿Sabes que el matrimonio Stanford no compartía dormitorio? Era habitual en esa época. ¿Te imaginas cómo sería que tú y yo no pudiéramos compartir cama cuando estemos casados?

—No, no me lo imagino. Porque ni esto es una cita, ni tú vas a casarte conmigo —. espetó Jana airada — ¿Me dirás de una vez por todas porqué estoy perdiendo el tiempo visitando una mansión de más de 400 años?

Víctor no se tomó el desaire a mal, le hacía gracia ver a Jana tan enfadada, y se dispuso a explicar los verdaderos motivos de la visita. Estaba seguro que Jana no iba a aceptar su propuesta, pero él se caracterizaba por su persistencia y dotes de persuasión.

—En la próxima cita te llevaré a un lugar más bonito —. como Jana estaba cruzada de brazos y con cara de vinagre, decidió continuar — Aunque tal y como te he dicho antes, tenemos que hablar de negocios. Hasta hoy he trabajado solo, pero creo que podría hacer un trabajo de investigación más esmerado formando parte de un equipo. Y aquí es donde entras tú. Hacía tiempo que buscaba alguien con sensibilidad para captar energías y el otro día, en la cena, supe que…

—Que yo veo muertos —. terminó la frase Jana.

—Así pues, ¿qué me dices?

—Que ni hablar.

—¿Prefieres estar sirviendo cafés en lugar de trabajar al lado de un hombre guapo y sexy? — dijo Víctor con su habitual labia de donjuán.

—Ah…, es que no me habías dicho que en el equipo había un hombre guapo y sexy. Cuando me lo presentes, entonces me lo pensaré —. replicó Jana y él torció la boca a modo de sonrisa.

—No te lo pienses demasiado… —, se acercó a ella haciéndole dar un paso hacia atrás — tengo la mansión reservada, para ti y para mí, de aquí a dos semanes. Pasaremos una noche memorable, los dos juntos —. se quedó muy cerca de ella, en silencio, esperando respuesta.

Jana le tenía tan cerca que podía sentir el calor que desprendía y, de repente, se vio sorprendida por una fantasía erótica: ella y Víctor haciendo el amor sobre la cama de la señora Stanford. Sacudió la cabeza para deshacerse de ese pensamiento tan poco oportuno, y descabellado.

—¿Eso es un «no»? — preguntó Víctor acercándose más.

Jana olió el perfume que emanaba de su ropa (tenía que preguntarle qué maraca usaba, ¡le encantaba!) y reculó hasta chocar contra la cama.

—¿Quieres que me dedique profesionalmente a explotar mi don? — hizo un gesto con los dedos para entrecomillar «don» — ¿Cuando he estado toda la vida rehuyéndolo?

—A lo que te resistes, persiste —. argumentó él.

Jana pensó que Víctor se refería a las visiones, pero cuando él se le acercó e intentó besarla, entendió que hablaba de él mismo; ella se resistía y él persistía.

—¡Víctor! ¡Te has vuelto loco! — exclamó perdiendo el equilibrio para evitar que la besara, y cayó sobre la cama.

—Tú eres la que me hace perder la cordura —, Víctor trepó sobre el coclchón dejándola atrapada debajo de su cuerpo — pero no va a pasar nada a no ser que me lo pidas —. aclaró con una sonrisa de diablillo.

Jana cerró los ojos. Las ideas no paraban de darle vueltas a gran velocidad dentro de la cabeza. La fantasía de Víctor retozando con ella sobre la cama del museo la atacó de nuevo; hacía tanto tiempo que no echaba un polvo que su imaginación fluía sin control. Además, el aroma magnético de Víctor, intenso y masculino, se coló en su pituitaria casi obligándola a sucumbir a los encantos de él.

—No pasará nada —. dijo finalmente Jana, consiguiendo imponer la razón a los instintos lúbricos que la agitaban. Por más caliente que ese truhan (que le recordaba a los tipos duros que aparecían en los anuncios de cigarrillos) la pusiera, no iba a tener un rollo pasajero con él. Eso no era lo que buscaba. Quería a un hombre con el que mantener una relación estable y, más adelante, formar una família.

Víctor se levantó al instante. Le dio la mano y la ayudó a levantarse de la cama.

—¿Trabajarás conmigo? — preguntó adoptando un tono profesional.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no quiero ver fantasmas.

—Pero si los ves igualmente… ¿Por qué no hacerlo cobrando?

—Tengo otros planes de futuro.

—¿Sirviendo cafés hasta que te jubiles?

—¿Qué problema hay?

—Ninguno. Pero trabajar conmigo será mucho más rentable y divertido.

—¿Me puedes llevar a casa? — dijo Jana enojada; no porque Víctor estubiera insistiendo que trabajara con él (o para él), sino porque cuando le había dicho que no pasaría nada él no había persistido. No es que quisiera que pasara nada (la lógica le decía que era mejor dejar la relación tal y como estaba), pero había esperado que él mostrara más insistencia, si es que de verdad la quería. En fin, que estaba hecha un lío y con su orgullo femenino herido.

—¿Te pasa algo?

—Nada.

—Eso quiere decir que sí que pasa algo —. hizo Víctor — Pero si no me lo quires decir… Vamos, te llevaré a casa. Con una condición.

—¿Cuál? — dijo Jana mosca.

—Dime que te lo vas a pensar —. la mirada de Víctor fue tan intensa, que Jana dudó de si le estaba hablando de su relación laboral o de una posible relación sentimental.

—Me lo pensaré —. respondió Jana entre dientes para que él no siguiera chantajeádola y la llevara de una vez a casa; dio gracias a que la figura de yeso del perro estuviera en el hall, porque sino, se la hubiera estampado en la cabeza.

Víctor sonrió frotándose la barba de dos días; su «geisha» era dura de pelar y eso le gustaba.

Me he decidido, ahora sí que voy a comprar el libro