Locas de remate- Portada- Libro Chick Lit

SINOPSIS

¿Qué motivo puede unir una adicta al sexo con un atractivo cirujano plástico psicópata?
¿Qué pueden tener en común la hija de un magnate de los negocios y un inventor que vive en una cabaña colgada de un árbol?

La respuesta sólo la vas a descubrir cuando conozcas al grupo de amigas más “Locas de Remate” de la historia.

Fiona, Carla, Ada y Jana deciden ir a pasar un fin de semana a una aldea eco sostenible. Pero lo que se presenta como una aventura aparentemente inofensiva, terminará abriendo la puerta a mil y una situaciones rocambolescas con desenlaces hilarantes.
Ritos ancestrales, bodas accidentadas (muy accidentadas), fenómenos paranormales y secretos inconfesables las obligarán a tomar una decisión que cambiará el rumbo de sus vidas y las llevará a descubrir lo que es el amor.

No te pierdas las entretenidas desventuras de esta primera parte de “Amigas 4Ever”, que seguro que te dejará con ganas de más…

Comprar el libro
Volver al listado de LIBROS

Ingredientes de la Novela


ROMANTICISMO
EROTISMO
HUMOR
SUSPENSE

¿Te ha parecido interesante?

Conoce a las protagonistas de Amigas4Ever

Ver a los personajes

 

Carla hacía rato que se preguntaba porque había decidido salir con ese tipo sin cerebro que sólo sabía hablar de fútbol, de coches y poca cosa más. Harta de oírle decidió que cuando se acabara la hamburguesa con patatas fritas que se estaba comiendo, le diría que la velada había sido muy agradable, pero que no quería verle más.

         Fredi engulló el último trozo de pan, se chupó el dedo sucio de Ketchup y sin pedir permiso a Carla, le puso la mano sobre el muslo.

         —¿Qué haces? — le soltó ella, sacándose la zarpa de encima.

         —¿Tú qué crees, guapa? Es el segundo día que te llevo de parranda. ¡No te hagas la estrecha! —. Fredi parecía dolido por el rechazo.

         Carla se apoyó en el respaldo de la butaca de escay rojo y le desafió con la mirada.

         —No te equivoques, chato. Me encanta el sexo, no soy una estrecha. Pero eso no significa que no pueda escoger el tío con el que me lo monto.

         —¿De qué hablas? Si soy yo el que se tiene que quitar a las tías de encima —. Fredi se hizo el fanfarrón, mirándole el escote con descaro.

         —Es que soy muy rara —. respondió Carla con ironía; no era la primera vez que un tío iba de perdonavidas con ella — ¿Por casualidad no tendrás un bolígrafo?

         Fredi revolvió en el bolsillo de la chaqueta y encontró uno de propaganda que había birlado en el vídeo club de debajo de su casa. Carla miró el boli concluyendo que el musculitos debía ser un habitual de la sección de películas porno del establecimiento. Conocía muy bien a los tipos como él: solteros, a punto de cumplir los treinta y todavía viviendo en casa de sus padres. Estaba segura que cada noche se encerraba en su habitación para ver las pelis guarras que había alquilado y matarse a pajas, mientras su madre le preguntaba desde la cocina qué quería para cenar. En el fondo era un pobre desgraciado.

         —Estás buenísimo, lo reconozco —. dijo Carla escribiendo sobre una servilleta de papel —, pero me sigo preguntando porqué acepté salir contigo. No eres mi tipo —. levantó la cabeza para mirarle a los ojos; unos ojos vacíos y primitivos.

         —Venga ya, no me hagas reír. ¿Que no soy tu tipo, dices? ¡Lo que pasa es que eres una calientabraguetas! — Fredi no estaba acostumbrado a que una tía le diera calabazas.

         A Carla no le asustó su lenguaje grosero y machista, ni tan siquiera se molestó en responder al insulto.

         —¿Calientabraguetas? Estoy convencida que sabes que me he tirado a la mitad de la plantilla del hospital —. la cara de póquer de Fredi le confirmó que él estaba al tanto del asunto — La mitad de la plantilla es una exageración, porque sólo me tiro a los que alcanzan ciertos baremos de calidad. Y no estoy hablando del físico o de la posición económica. Me fijo en los detalles que pueden parecer insignificantes, pero que para mí tienen mucha importancia. Por ejemplo, ¿ves a ese tipo que está comiendo en la mesa del fondo?

         Fredi giró la cabeza para mirar a un gordo, medio calvo, que se estaba zampando unas alitas de pollo con salsa barbacoa en una mesa que había al final de la hamburguesería. El tío parecía famélico.

         —¿Te refieres a esa foca con gafas de culo de botella?

         —Sí, me refiero al tipo gordito. Tiene mucho sex appeal. No me importaría tener una cita con él o… quién sabe, quizás algo más.

         Fredi se echó a reír.

         —¡Eres una provocadora, Carla! No hace falta que pongas el listón tan bajo. Me tienes a mí, que ahora mismo te echaría un polvo en medio del restaurante—. con la uña se quitó una semilla del panecillo de la hamburguesa que le había quedado entre los dientes.

         —Ya te he dicho que no me voy a la cama con cualquiera. Soy muy exigente. Y te diré otra cosa: donde tú ves una foca rechoncha, yo veo a una persona con una gran sensualidad. Mira qué forma tan erótica que tiene de comer las alitas de pollo.

         —¡Pero qué dices! ¡Si da asco! Mira, mira… Le cuelga un cacho de carne por la comisura de los labios. Y tiene toda la barbilla llena de salsa —. Fredi se puso las manos sobre la barriga, partiéndose de la risa.

         —Me encantaría que me sobara con esos dedos grasientos. Mmmm… Los hombres que comen de forma tan primitiva me excitan. Me estoy poniendo cachonda sólo viéndole roer los huesos de pollo.

         —Bah, no soy celoso —. Fredi esbozó media sonrisa — Además, si te pones caliente con él, y dejas que sea yo quien te apague el fuego que te arde entre las piernas…, ningún problema.

         —No corras tanto, chato. ¿Crees que llevarme a cenar a una pizzeria barata, en la primera cita, y a una cadena de comida rápida, en la segunda, es la mejor manera de seducirme? Los roñicas no me van.

         —No soy roñica —. se defendió Fredi — Lo que pasa es que yo nunca quiero impresionar a las tías con un festín. Tengo cosas mejores para eso —. dobló el brazo para marcar bíceps bajo la camisa ajustada — Cuando quieras te enseño otras cosas que tengo más escondidas… — sonrió con cara de memo, esperando a que Carla le dijera que ardía en deseos de ver la octava maravilla del mundo, la que tenía dentro de los calzoncillos.

         Llegados a ese punto, ella decidió que era el momento de enseñarle modales y bajarle los humos.

         —Te propongo una trato. Si cuando regrese del baño todavía te apetece echar un polvo, seré toda tuya —. Carla se levantó para ir a vaciar la vejiga, despidiéndose de él con un beso de rosca.

         —Aquí te espero, nena. Esta noche fliparás —. Fredi saboreó el pintalabios que ella le había dejado en la boca y la desnudó con la mirada.

         —El que flipará serás tú, chato —. Carla hizo un guiño y se alejó de la mesa moviendo el culo, mientras él le clavaba los ojos en la minifalda que hacía rato tenía ganas de arremangar.

         Carla se paró frente al gordito que había visto comiendo las alitas de pollo con fruición y, con el dedo índice, le indicó que le había quedado salsa barbacoa en la barbilla. Después, le ofreció una servilleta de papel que llevaba en la mano. El tipo se lo agradeció con una sonrisa, acompañada de un gesto tímido con la mano, y ella siguió el trayecto hasta la puerta de los excusados.

         Mientras tanto, Fredi se repantingó en la butaca para esperarla, sorbiendo el refresco de cola que había pedido. Con la mano que le quedaba libre escribió un mensaje de móvil a sus colegas del hospital, y se lo envió a través de Whatsapp, para que supieran que esa noche iba a mojar con la enfermera más guarra del centro.

         Quince minutos más tarde Carla regresó del baño.

         —Sí que tenías ganas de mear, nena. No veas lo que has tardado. ¿Qué? ¿Nos piramos? —Fredi se levantó apurando el refresco de cola ruidosamente, aspirando el líquido mezclado con aire con la pajita.

         Carla tomó asiento, contrarrestando sus prisas.

         —¿Todavía quieres echarme un polvo?.

         —Ahora mismo iremos en coche hasta un picadero que conozco, un descampado con unas vistas de la ciudad impresionantes. Aunque… cuando me baje los calzoncillos sólo tendrás ojos para estas vistas de aquí —. Fredi se señaló el paquete con un gesto obsceno, riéndose de su propia gracia; su risa recordaba el sonido estridente de la bocina de un coche antiguo.

         —Antes de irnos tengo que decirte algo: me he tirado a ese tío —. Carla puso cara de inocente, la misma que habría puesto una adolescente al confesar su virginidad.

         —¿A quién te has tirado? — Fredi se giró para mirar la puerta de entrada, pensando que había llegado alguien de la plantilla del hospital, pero no vio ninguna cara que le sonara.

         —Al gordito. Al de las alitas de pollo —. aclaró Carla.

         —Ya. ¿Quieres que me crea que te has tirado a la foca cegata? — Fredi miró en dirección a la mesa del tipo de las alitas de pollo justo en el momento que él salía por la puerta de los servicios, colocándose la camisa por dentro de los pantalones, sudado y rojo como un tomate.

         —¿Qué? ¿No me crees?

         —¡Ese ha ido a cagar! Con todo lo que se metido entre pecho y espalda debe tener diarrea —. dijo Fredi con un gesto de menosprecio; odiaba a las personas gordas por no cuidar su físico — Venga, larguémonos.

         —Antes le he dado una servilleta.

         —Sí, para que se limpiara la cara ¿Y qué?

         Carla se rió como si Fredi le acabara de contar un chiste muy gracioso.

         —¡Para que se limpiara la cara, no! ¡En la servilleta había un mensaje, bobo!

         Fredi recordó que le había prestado el bolígrafo de propaganda del vídeo club a Carla y que ella había anotado algo; aunque al haberle estado mirándole las tetas, no había prestado atención a lo que escribía.

         —¿Y qué le decías en el mensaje? ¿Que era el hombre de tu vida? Venga ya, que no me chupo el dedo —. Fredi se rió con poca convicción — No sé qué pretendes contándome trolas, pero si quieres jugar…, yo también puedo escribirte algo. ¿Que te parece «lárguemonos de una vez»?

         Carla ignoró lo que le decía y continuó con la explicación.

         —Mientras me tratabas de estrecha y calientabraguetas, he decidido que iba a darte una lección. Por eso le he dicho al gordito que si quería pasar un buen rato conmigo, le esperaba en el baño de caballeros; normalmente hay menos tránsito que en el de señoras —. Carla sacó su móvil con funda de cristales de Swarovski de color rosa del bolso.

         Fredi vio que en la pantalla del teléfono había un vídeo. El primer fotograma estaba oscuro, por lo que era imposible saber de qué iba. Como algunos compañeros le habían explicado que a Carla le gustaba calentar «motores» antes de dejarse manosear, se jugó el pescuezo a que era algún vídeo subidito de tono. Quizás alguna escena con un tío de los que había salido. ¡Sólo con imaginárselo se le puso dura! Lógicamente descartó la posibilidad que tuviera algo que ver con el tío de las alitas de pollo; si ella hubiera ido tan salida como para tirarse a un desconocido, él podría habérsela follado en cualquier rincón del hospital, sin tener que rascarse el bolsillo para llevarla a cenar.

         Carla le pidió que se colocara los cascos para escuchar el audio y pulsó el triángulo del play. Las primeras imágenes fueron borrosas, pero en pocos segundos quedaron enfocadas. Aparecía ella apoyada sobre la taza de un inodoro y un tipo la filmaba de pie, el mismo que le arremangaba la minifalda hasta la cintura. Iba sin medias y sin bragas, se las había quitado antes de la grabación, y sobre el culo se le veía la enorme mariposa que tenía tatuada; las alas del insecto medían un palmo de ancho y se extendían desde el sacro hasta la mitad de los glúteos.

         Fredi se quedó petrificado al ver un pene con condón apareciendo en el plano en picado y hundiéndose entre las alas de la mariposa. Las imágenes empezaron a temblar y los bufidos y el «chap-chap» rítmico de los dos cuerpos impactando el uno contra el otro se oyeron en estéreo, hasta que el tipo que grababa se corrió con un gruñido apagado.

         Fredi estiró el cuello para averiguar quién era él, como si cambiando el ángulo de visión pudiera captar algo distinto a lo que habían grabado. Pero las imágenes eran confusas. El teléfono estaba cambiando de manos y el tío que se había cepillado a Carla saliendo del cubículo, sin revelar su identidad.

         La que sí apareció en pantalla fue Carla, despeinada, diciendo que el gordito follaba de maravilla y preguntándole a Fredi si todavía estaba de humor para un polvo. Después dirigió un dedo al objetivo de la cámara y la pantalla del móvil volvió a quedar congelada, como al inicio de la grabación.

        Fredi se arrancó los cascos que llevaba puestos, los lanzó sobre la mesa sin abrir boca, y se levantó a zurrar al cabronazo que le había humillado de esa manera, tirándose a la tía que estaba con él. Pero el gordito hacía rato que se había esfumado.

         Cuando Fredi se dio cuenta que no estaba, buscó la servilleta con el mensaje, con la cara encendida por la ira. La localizó en el suelo, arrugada y pringada de salsa barbacoa, aunque todavía se podía leer lo que ponía.

         «Si quieres pasar un buen rato, me encontrarás en el baño de caballeros. No tardes».

         Sobre las «i» Carla había dibujado pequeños corazones y también había anotado su número de teléfono. No mentía. Se había tirado al tío gordo y grasiento. Al de las alitas de pollo.

         Fredi regresó a la mesa cegado por la rabia.

         —¡De esta te vas a acordar! ¡Te lo juro! ¡Todos los del hospital sabrán que eres una puta! — gritó soltando un par de escupitajos, y sin esperar respuesta de Carla, salió del local a toda prisa.

         Un chico vestido con el uniforme de la cadena de comida rápida y la cara repleta de acné se acercó a ella alertado por los gritos, y le preguntó si todo iba bien.

         —Hay tíos que no soportan que les digan que «no» —. respondió Carla con tranquilidad.

         El empleado de la hamburguesería se encogió de hombros y se alejó para seguir barriendo y limpiando las mesas. La servilleta de papel que había provocado el follón acabó en la basura, junto a los rebañadísimos huesos de las alitas de pollo que se había zampado el gordito.

         Carla se apoltronó en la butaca de tacto de plástico, con el móvil en la mano, y accedió a la aplicación de Whatsapp. Recorrió con el dedo los contactos hasta llegar al grupo «Amigas 4Ever», y con una sonrisa tecleó:

         «Chicas, tenemos que quedar. He vuelto a liarla»

         Insertó un emoji con aspecto de demonio y envió el mensaje.

         Mientras esperaba respuesta se dio cuenta que tenía la falda manchada de salsa barbacoa. El gordito la había tocado con los dedos pringosos, pero no le importó. Tenía la satisfacción de haber dado una buena lección al chulo de Fredi.

Carla entró en el café a primera hora de la tarde, puntual como siempre.

Ada ya estaba sentada en una mesa ubicada en el centro del local, había llegado con una hora de antelación para no ser la última, y esperaba encogida, como si quisiera esconderse del mundo.

—¡Hola Ada! ¿Qué haces? —saludó Carla con ternura; el aspecto frágil y menudo de su amiga le despertaba el instinto de protección.

Ada apartó la vista de las páginas del libro en el que estaba inmersa y se quitó las gafas de lectura mirándola con ojos tristes.

—Hola, Carla. Me has asustado. No te he visto llegar —. se levantó para darle un achuchón — ¿Qué es eso tan importante que nos tienes que decir? Viniendo de ti me temo lo peor —. puso cara de espanto.

—Hasta que no estemos todas reunidas no diré nada. Pero no sufras. No he cometido ningún crimen. Simplemente me apetecía reunirme con vosotras y ha sido la excusa perfecta.

—Deberíamos quedar más a menudo. Vamos siempre tan liadas… Yo últimamente estoy hasta los topes de trabajo. Y sólo me faltaba que mi jefe se largara.

—¿Víctor ha dejado el periódico? — preguntó Carla sin acabar de creérselo; no conocía a Víctor personalmente, pero le había visto en fotografía y Ada siempre alababa su profesionalidad y dedicación.

Jana interrumpió la charla. Era amiga de Carla y Ada y trabajaba de camarera en la cafetería donde se habían reunido.

—¡Hola, Carla! ¿Qué vas a tomar? En cinco minutos termino mi turno y estoy por vosotras.

—Caramba, qué prisas —. Carla se levantó a darle un par de besos a Jana.

—Perdona, es que tengo al encargado todo el día pegado a mi culo. Si ve que estoy hablando con vosotras me llamará la atención. No le soporto —. dijo en voz baja entornando los ojos.

A Carla no le pasó por alto el tipo con camisa azul cielo y pantalones de pinza beige que las observaba desde la barra. Llevaba una placa pegada al pecho con la inscripción «encargado». ¡Detestaba a las personas que se extralimitaban en sus funciones! Su amiga era la persona más trabajadora y responsable que conocía, y no hacía falta que la controlaran como a una vulgar delincuente. Frunció la nariz y se apresuró a hacer el pedido.

—Tomaré lo mismo que Ada. Por cierto, ¿qué es?

—Un Cappuccino di Roma con nata aromatizada y un toque de chocolate en polvo por encima — recitó Jana de memoria —Ahora mismo te lo traigo. ¿Tamaño pequeño?

—Sí, por favor. Que luego no me abrocha la ropa —. con las manos resiguió las curvas del vestido ceñido de color rojo que llevaba.

Jana se largó a toda prisa a preparar el pedido, mientras Carla y Ada seguían con la conversación que había quedado a medias.

—Así que Víctor ya no trabaja en el periódico. Qué lástima… ¡Era un bomboncito! Y por lo que me contabas, un buen jefe. ¿Por qué se ha ido?

—Desacuerdos con la dirección. Él es una persona íntegra y no podía soportar que los de arriba le dijeran cómo tenía que dar la información. Viendo que no podía hacer nada por cambiar la situación, decidió dejarlo. Antes de entregar la carta de renuncia me contó que tenía la sensación de estar escribiendo ficción en lugar de noticias. Su profesionalidad estaba en entredicho. Además, se le complicó con una crisis matrimonial. Su esposa le puso los cuernos y esa fue la gota que colmó el vaso. Me dijo que necesitaba un cambio de aires, que no era feliz. Y casi de un día para otro desapareció. Le he enviado mensajes, pero no responde…

—Lástima, te iba a pedir que me pasaras su teléfono. Por si alguna noche necesitaba consuelo.

Ada iba a decirle a Carla que no creía que un hombre con el corazón partido, y la carrera profesional truncada, fuera la mejor opción para tener una noche de sexo. Pero entonces Fiona, la cuarta amiga del grupo, hizo su aparición estelar por la puerta del local. Llegaba tarde, como siempre, arrastrando una enorme maleta rosa fucsia, vestida con ropa estrafalaria y el pelo corto teñido de color verde chillón; todo un espectáculo visual.

Con más voluntad que maña, Fiona tiró de la maleta para entrarla en la cafetería, al tiempo que empujaba la puerta de cristal con el culo. Un señor que iba a salir la sujetó para ayudarla. Ella le dio las gracias con desenfado y se acercó a la mesa donde estaban sus amigas. Las saludó, aparcó la maleta al lado de la silla, y dejó el bolso peludo que llevaba colgado del hombro sobre la mesa.

Ada miró el zurrón con repelo, parecía un gato muerto atado a una asa, pero se abstuvo de hacer comentarios ofensivos. Carla, en cambio, no tuvo tanto tacto y le preguntó con sorna a Fiona si se trataba de un pariente disecado de Luna, la gata de Jana.

—¡Qué va!, disecar a Luna me hubiera salido más barato —. respondió Fiona sin dar mayor importancia al comentario —Lo compré en aquella tienda del centro de la ciudad, la que está cada día petada de turistas japonesas. Sólo quedaba este, se trata de una edición limitada, y para conseguirlo tuve que pelearme con una mujer. ¡Yo lo había visto primero!, y ella no lo soltaba. Bueno, debo admitir que esa depredadora de sushi tenía los ojos tan rasgados, que cabía la posibilidad que lo hubiera estado mirando antes que yo sin darme yo cuenta…, pero yo lo quería a toda costa. Al final, como la directora de la boutique conoce a mi padre, se decantó a mi favor.

—¿Y la maleta es de la misma tienda? —preguntó Carla con un punto de sarcasmo.

—¡No! La compré en un «todo a cien». Es mi compañera inseparable desde hace semanas. La utilizo para trabajar —. Fiona dio unos golpecitos al equipaje, como si acariciara la cabeza de un perro.

Fue entonces cuando Ada y Carla repararon en el nuevo peinado que llevaba: corto y de color verde. Los peinados de Fiona siempre iban a juego con el puesto de trabajo que ocupaba en cada momento; que «iban a juego» lo decía ella, porque la elección del tono y la longitud del pelo jamás seguía un razonamiento lógico.

—¿Tenemos que deducir que ya te has cansado de probar colchones «pijos»? — preguntó Carla, mirando el nuevo look de Fiona y cavilando qué podía llevar en la maleta fucsia.

La última vez que la habían visto trabajaba de prueba-camas de lujo (un trabajo que había conseguido gracias a su padre, como casi todos) y lucía una cabellera rubia, prácticamente blanca, recogida en una trenza. Pero su pelo mutaba cada pocos meses. Lo había llevado cardado y de color rosa chicle, como algodón de azúcar, cuando trabajaba de pitonisa tirando las cartas del Tarot y atendiendo consultas telefónicas de gente desesperada que se dejaba enredar. El azul Pitufo lo había llevado cuando trabajaba en una funeraria, maquillando difuntos. Después del tinte azul habían seguido los moños rojo fuego, para ir a pasear perros. Naranja brillante y con corte desigual había sido el look elegido para trabajar en una floristería. Que más… ¡Ah, sí! El lila lo había utilizado para hacer de portera de discoteca. Negro azulado para despachar en unos grandes almacenes, etc, etc, etc…

—Me pusieron de patitas en la calle. ¡No veas la que lié! Mi padre llamó para decirme que era la última vez que intercedía por mí, que le había dejado en evidencia delante de sus amigos y que a mi edad ya iba siendo hora que sentara la cabeza. Quiere que busque un marido y que le dé nietos y… bla, bla, bla… ¡Un rollo tías! ¡Paso de mi viejo!

—Pero…¡si sólo tenías que dormir en cochones y hacer informes sobre su confort! — exclamó Ada, incapaz de imaginar qué podía ser tan grave para que hubieran despedido a Fiona de un trabajo tan sencillo.

—Ese es el problema…, que probé los colchones pero no precisamente para dormir —. Fiona hizo una mueca —El hijo del dueño era el director comercial, y también el encargado de explicarme las ventajas y la calidad de cada colchón antes que lo probara. Sus explicaciones me aburrían tanto que un día le propuse que probara el producto conmigo — Ada miró escandalizada — ¡¿Qué?! El trabajo era un palo, tía. Y soy hiperactiva. Alguna cosa tenía que hacer. Pero el problema no fue que me cepillara a Ricardito.

—¿No? ¿Y cuál fue el problema, entonces? — preguntó Carla, aun sin descartar la posibilidad que Fiona estuviera trabajando de asesina a sueldo y ocultara un cadáver dentro de la maleta fucsia.

—El dueño de la empresa, íntimo amigo de mi padre, sabía lo que estaba haciendo, porque había cámaras en las habitaciones donde probábamos los colchones; eso lo descubrí después de que me echaran —. aclaró Fiona — Si no le hubiera parecido bien que follara con su hijo, lo habría parado el primer día. El problema fue que la prometida del pipiolo de Ricardito vino a la empresa para consultarle no sé qué rollo sobre su boda; el color de las flores de la iglesia o algo así…

—¡¿Ricardito estaba prometido?! ¡¿Se iba a casar?! — la cortó Ada, más conturbada que al inicio de la historia.

—Por lo visto, sí —. dijo Fiona sin dar mayor importancia al detalle — Total, para resumir: la chica de recepción quiso hacerse la simpática con la futura nuera del dueño, y en lugar de decirle que se esperara en el despacho de Ricardito, o en la salita de espera, la invitó a pasar a la zona de pruebas donde supuestamente él estaba dándome información. Pero lo que encontró allí fue a su prometido, de rodillas sobre uno de los colchones más caros, dándome por detrás. Ufff… ¡¡La que se lió!! La tía se puso a chillar y a vociferar mientras él no paraba de repetirle que no era lo que parecía.

—¡No me lo puedo creer! —Carla se partía de la risa — ¿Y qué explicación daba? Me parece que Ricardito es tan o más necio que su hermano mayor.

—¿Tú también conoces a Ricardito? — preguntó Ada alucinada.

—¡Y tanto! Los hermanos Godó iban a la misma escuela que nosotras. Al hermano mayor, un papanatas, me lo tiré en unos campamentos que organizaron en el colegio. Ricardito iba dos o tres cursos por detrás nuestro, es el pequeño. Y también conozco a la histérica de Piluca, su prometida. La recuerdo de pequeña. Era bastante presuntuosa. Sus padres iban al mismo club de tenis que los míos — Carla se echó a reír con más ganas — Lo que daría por ver la cara que se les quedó cuando su hija les anunció: «Mamá, papá, soy una cornuda».

—Y aun no os he contado lo mejor —. prosiguió Fiona — ¿Sabes qué hizo Ricardito cuando vio que Piluca estaba fuera de sí? Saltó del colchón jurándole y perjurándole que no estábamos haciendo lo que parecía, sin parar de repetir que no había pasado nada. Intentó convencerla de que sólo se trataba de un simulacro, para comprobar la resistencia y elasticidad del producto, porque con los informes no tenía suficiente —. Fiona se puso las manos en la cara negando con la cabeza — ¡Pero el muy imbécil iba desnudo de cintura para abajo! ¡Y yo me había quedado congelada, a cuatro patas, mirando para Cuenca!

—¡Noooo! — Ada dejó de sorber el Capuccino di Roma que ya se le había enfriado.

—¡Síííí! Entonces ella acabó de perder los papeles, lo asió por la polla y le arrancó el condón que aun llevaba puesto. ¡Era para verlo, tías! ¡Con lo pija y finolis que es Piluca! Después, le plantó la goma delante de las narices y le soltó: «Y ahora viene cuando me dices que esto es un chicle, ¿no? ¡No hace falta que envíes las invitaciones! ¡Hemos terminado!». Y se fue llorando.

—¡Hostia! ¡Qué fuerte! Y él, ¿qué dijo?

—El muy cabrón dijo que toda la culpa era mía y que yo debía arreglar el estropicio. Supongo que después habló con su padre, porque horas más tarde recibí una llamada del mío, que me dijo que si no hacía exactamente lo que me decía, me retiraría indefinidamente la asignación mensual que me pasa. Ah, y que me fuera despidiendo del ático que me presta. Y claro… se puso tan borde que tuve que hablar con Piluca.

Carla dejó de reírse; detestaba los chantajes tanto o más que los abusos de poder.

—¡Madre mía! — exclamó Ada con la nariz manchada de nata.

—Tuve que mentir y reconocer que todo había sido culpa mía. Expliqué un rollo. Le dije a Piluca que Ricardito estaba muy angustiado por la proximidad de la boda y que yo había aprovechado su vulnerabilidad para seducirle. Que él había intentado resistirse estoicamente a mis encantos, pero que yo no había parado hasta hacerle caer en mis redes. También le juré que era la primera vez que pasaba.

—¿Y Coló?

—¿Que si coló? ¡Ella acabó justificándole! Me contó que se estaban reservando para la noche de bodas y que la privación carnal había provocado que él se desahogara con una mujer con tan poca clase como yo. Y para poner la guinda al pastel, acabó soltando que le sabía mal por mi padre, que era un caballero de pies a cabeza. Y que si mi difunta madre levantara la cabeza, no estaría nada orgullosa de mí.

—¡¿Qué?! ¡La muy mal nacida! ¡Mencionar a tu madre en un asunto como ese es tener muy mala gaita! — exclamó Carla con la sangre hirviendo.

—¿Y tú qué hiciste? — preguntó Ada con un hilillo de voz.

—Pues nada, tragarme el orgullo. No quería que mi padre me retirara la asignación mensual o me echara del ático. Y la condición para que no lo hiciera era que la boda entre Piluca y Ricardito no se cancelara.

—¿Y…? —preguntaron Carla y Ada al unísono.

—¡Pues que no me han invitado a la boda! — dijo Fiona guiñando un ojo.

Las tres se pusieron a reír.

—¿Y la chica de recepción te pidió disculpas? — preguntó Ada con su candidez habitual.

—No, a ella también la echaron. Pensé que había sido un castigo por dejar que Piluca pillara a Ricardito intercambiando fluidos corporales conmigo.

—¡Pero si ella no sabía lo que estabais haciendo! — exclamó Ada con vehemencia, saliendo en defensa de una chica a la que no conocía de nada.

—Calma… No la despidieron por eso. Días después del incidente me enteré, por motivos que ahora no vienen al caso, que de vez en cuando iba al despacho de Ricardito a hacerle limpieza de bajos. Así que el padre del chico no quiso arriesgarse a que su futura nuera sufriera otro bache emocional.

—¿Limpieza de bajos? — Ada no entendió que relación tenía la limpieza con los colchones.

—¡Jolines, Ada! ¡Te lo tenemos que explicar todo! La recepcionista se la mamaba al hijo del dueño —. dijo Carla estirando la mano para limpiarle la nata que le había quedado en la punta de la nariz.

—¡Madre mía! ¡Qué pieza ese Ricardito! — dijo Ada torciendo los ojos para ver si aun le quedaba nata.

En ese momento Jana llegó con el Capuccino di Roma de Carla, y preguntó de quién estaban hablando.

—Mejor no preguntes —. contestó Fiona con despreocupación — Anda, tráeme un chocolate caliente y un trozo de tarta. La que es toda de chocolate, porfa.

—Un chocolate caliente y una triple Choc-Cake. ¡Volando! — Jana pasó un lápiz de plástico sobre la pantalla del dispositivo electrónico con el que anotaba los pedidos — ¿El chocolate pequeño?

—El más grande que tengas. ¡Estoy famélica! Y la tarta con nata, por favor.

—¡Qué suerte tienes! Comes como una lima y tu cuerpo sigue igual de delgado y musculoso. A mí se me pone todo en el trasero —. se quejó Carla.

—¡¿Y a ti qué más te da?! Tu madre o tu padre pueden afilar los bisturís y dejártelo como el de Jennifer López —. dijo Fiona, que tenía ganas de tocar las narices a Carla; ella no soportaba que le recordaran que sus padres eran dos de los mejores cirujanos plásticos del país.

—Si tu padre me subvenciona la intervención, no tengo ningún inconveniente —. replicó Carla para devolverle la pulla; Fiona odiaba que le tiraran en cara que su padre tenía el riñón bien cubierto.

A las dos les gustaba pincharse mutuamente. Lo habían hecho desde el primer día que se conocieron, de pequeñas, en una de las escuelas privadas más selectas de la ciudad.

En menos de 5 minutos Jana regresó con el pedido.

—Me quito el uniforme y en dos minutos estoy con vosotras. Me muero de ganas de saber qué ha hecho Carla esta vez—. dijo dejando el chocolate caliente y la triple Choc-Cake sobre la mesa — Ah, y Fiona nos querrá contar también a qué se dedica, ¿me equivoco? — añadió, refiriéndose al nuevo peinado color clorofila de su amiga.

— Fiona nos ha puesto al día mientras estabas preparando cafés. Ya te contaré en casa — dijo Ada.

Antes de que Jana respondiera, el tipo de la camisa azul y los pantalones de pinza se acercó a ellas para dejarles claro quién manaba en la cafetería.

—Señoritas, debo interrumpirlas. La camarera está muy ocupada y no puede estar de cháchara. Cuando termine su turno, podrá hablar con ustedes…¡Ahora, no!

Jana iba a decirle que su turno ya había acabado, sólo tenía que cambiarse de ropa, pero Roberto tenía muy malas pulgas y no quería ponerse a malas con él. Ada, Carla y Fiona miraron al encargado desafiantes pero no le atacaron para evitar problemas a Jana. Se quedaron calladas mientras ella le seguía hasta la puerta que llevaba a la zona restringida para clientes.

—¡Ese qué se ha creído! —estalló Carla cuando estuvo segura que él no iba a oírla — Pensaba que lo había visto todo, pero acabo de descubrir que por más imbécil que me parezca un tío, siempre hay otro que le supera. El estúpido de Roberto acaba de desbancar a Fredi. ¡Increíble!

—¿Quién es Fredi?— preguntó Ada, aun preocupada por lo que podía pasarle a Jana.

—Es el hortera con el que ha estado saliendo Carla. Uno de los que trabajan en el hospital — explicó Fiona.

—No salí con él. Sólo me llevó a cenar —. se excusó Carla, que aun no se había perdonado haber aceptado la invitación del camillero — Fredi es un cuerpo relleno de clembuterol gobernado por un cerebro de mosquito. Me llevó a un par de cadenas de comida rápida y luego quiso que me abriera de piernas. En otro momento de mi vida no me hubiera importado, pero ya no tengo veinte años, y aunque tampoco pido que me regalen flores, un poco de sensibilidad no está de más. El musculitos sólo quería echarme un polvo para presumir después con sus colegas, así que decidí darle una lección. Y eso me lleva a lo que os quería contar…

—Ay, ay, que te veo venir… ¿Qué hiciste, Carla? A veces das miedo —. Ada estaba espeluznada; su amiga no tenía complejos a la hora de ajustar cuentas con alguien que no se había portado bien con ella.

Carla sonrió pícara, impaciente por explicar su travesura. Sacó el móvil del bolso sin esperar a que Jana se reuniera con ellas. Ada y Fiona arrastraron las sillas acercándose a la pequeña pantalla del teléfono y unieron sus cabezas para colocarse cada una un auricular.

Al terminar el vídeo, Fiona soltó un silbido.

—¿Quién era ese tío? No me jodas que te lo tiraste mientras estabas con Fredi —. se echó a reír como una loca al ver la cara de Carla.

Dos señoras de edad avanzada que estaban sentadas en la mesa de al lado se sobresaltaron con las carcajadas y la miraron a Fiona desaprobando su comportamiento. Ella, acostumbrada a los juicios silenciosos por su forma de vestir y el color del pelo, no les hizo ni caso.

Ada estaba avergonzada, como si todos los clientes de la cafetería supieran lo que acababan de ver.

—¿Os lo estáis pasando bien sin mí? — Jana llegó a la mesa vestida de calle y Carla le pasó el teléfono — ¿Les importa que coja esta silla libre? — preguntó a las dos «dinosaurios» que habían matado a Fiona con la mirada.

Las mujeres se la cedieron gustosas, identificándola como la camarera simpática que las había atendido y, discretamente, comentaron que no entendían como una chica tan mona podía relacionarse con la payasa gritona del pelo verde.

Carla hizo un gesto a Jana para que se pusiera los auriculares y ella no tardó ni medio segundo en pulsar el play para saber de qué se reía Fiona y porqué Ada tenía la cara de color gamba. Al terminar, Carla habló.

—Después de dos citas desastrosas, aun no sé ni como llegué a la segunda, decidí bajar los humos a Fredi follándome a otro delante de sus narices; el tío es tan engreído que creía que yo no podía rechazar su oferta de sexo desenfrenado dentro de un coche tronado.

—¿Cómo podías estar segura que el desconocido se prestaría a grabar lo que hacíais? — preguntó Ada como buena periodista.

—Eso es lo que me gusta de ti, Ada: tu inocencia —. Carla sonrió volviendo a sentir el instinto de protección hacia esa mujer frágil de ojos azules y mirada melancólica — Los tíos siempre están dispuestos a esparcir su semilla. Por otro lado, tampoco hacia falta ser Sherlock Holmes para saber que al tipo de las alitas de pollo nunca le habían ofrecido algo similar; me confesó que hasta ese momento sólo había tenido sexo en solitario o pagando —. Ada puso cara de aversión — Yo era su fantasía hecha realidad y por consiguiente siguió todas mis indicaciones al pie de la letra. Además, no follaba nada mal y sinceramente, antes que hacérmelo con Fredi ¡me compro un consolador!

Fiona, que había estado meándose de la risa desde que Carla había empezado a explicar la historia, paró en seco.

—¡¿Has dicho consolador?! — abrió el bolso peludo que parecía un gato muerto y sacó unas tarjetas de visita.

—¡Qué originales! No había visto nunca unas con forma de helado. ¡Me encantan! — dijo Ada leyendo las letras plateadas sobre el fondo rosa fucsia del cartón — Lo que no acabo de entender es la relación entre el nombre del negocio y la forma de la tarjeta. ¿El Agujero Perverso?

Jana, que estaba al lado de Ada, dio la vuelta a la tarjeta depositándola de nuevo entre sus dedos. El cambio de perspectiva aclaró que el negocio no estaba relacionado con las heladerías y que lo que antes parecía un cucurucho con dos bolas de helado, en realidad era la silueta de un pene con dos testículos en la base.

Las mejillas de Ada se pusieron fucsia como las letras que rezaban «Fiona Günther.Toy-Sex Consultant» y Jana preguntó rápidamente cual era la misión de una Toy-Sex Consultant; queriendo evitar que Carla o Fiona se burlaran de Ada, lastimándola con algún comentario desacertado.

—Mi trabajo consiste básicamente en encontrar compradores para los juguetes sexuales que llevo en la maleta, normalmente en fiestas y despedidas de soltera. Muestro los productos, explico cómo funcionan y animo a comprarlos. Y no se me da nada mal —. concluyó Fiona en un larde de sus habilidades comerciales.

—¿Tu padre sabe a lo que te dedicas? — preguntó Ada todavía con la cara como un semáforo; le daba apuro ser la única que no había entendido el simbolismo fálico de las tarjetas.

—A mi padre le enseñé las tarjetas por Skype y ahora vive tranquilo en su castillo de la Selva Negra, pensando que su pobre hija descarriada se dedica al honroso negocio de la venta ambulante de helados —. se burló Fiona. Carla no pudo evitar que se le escapara la risa y Jana carraspeó; su maniobra para disimular la confusión de Ada no había servido de nada — No, ahora en serio. Después de lo de los colchones, le dije a mi padre que volvía a estudiar. Así evito tener que escuchar otro de sus sermones sobre mi futuro. Y de momento sigue pasándome pasta cada mes, sin preguntas. Piensa que lo que pasó con Ricardito me ha hecho reflexionar y cambiar el rumbo de mi vida. Está feliz, y no pienso contarle que me dedico a arrastrar una maleta llena de productos para adultos en fiestas llenas de mujeres borrachas. Vamos, ¡ni loca!

—¿Y has vendido muchos? — inquirió Jana para hacer sentir menos incómoda a Ada.

—No puedo quejarme —. Fiona abrió la cremallera de la maleta y metió la mano dentro — Mirad, este es el producto estrella. En la última reunión que hice con un grupo de viudas y divorciadas, triunfó. Les expliqué que ya no necesitaban que ningún hombre les sacara la lengua y se rieron como gallinas cluecas.

Sobre la mesa dejó un objeto de formas redondeadas. La base era de color blanco y disponía de un botón para ponerlo en marcha. Con una ruedecita se podía cambiar la velocidad de unas palas protegidas con una tapa transparente.

—¿Para qué sirve? — preguntó Ada, que no había escarmentado con la tarjeta.

—Este aparatito hace las delicias de las mujeres que duermen solas, dándoles diversión asegurada sin que a cambio tengan que lavar calzoncillos.

Ada siguió sin entender qué podían ofrecer unas palas de silicona

— Utilizarlo es muy fácil —. continuó Fiona — Quitas la tapa, pulsas el botón, seleccionas la velocidad y… ¡a disfrutar!

— Pero, te lo tienes que meter… ¿ahí? — Ada dudó sobre si la pregunta la haría parecer boba, señalándose entre las piernas con el dedo índice.

Fiona volvió a meter la mano dentro de la maleta y sacó un aparato idéntico dentro de una caja sin desembalar.

—Toma —. dijo pasándoselo a Ada — Gentileza de la casa. Pruébalo y me dices que te parece —.Ada no se atrevió ni a tocarlo. Estaba a punto de salirle humo por las orejas y tenía la cara color escarlata—Cógelo mujer, ¡que no muerde! — Fiona buscó dentro del bolsillo lateral del equipaje y sacó un tubo que parecía de pasta de dientes — No te olvides de poner lubricante cuando lo uses. ¿Sabor a fresa te va bien? — le dio la crema satisfecha, pensando que estaba ayudándola; su amiga había tenido un par de relaciones hacía años y era saludable que se desahogara sino con alguien, con algo.

—Debo irme. Nos vemos en casa, Jana. Cuando llegue me encargo de darle de comer a Luna, no tengas prisa por llegar. ¡Hasta luego chicas! — Ada se levantó de la mesa y se fue como alma que lleva el diablo, dejando el regalo de Fiona, sin tocar, sobre la mesa.

—¿Qué bicho le ha picado? — preguntó Fiona sin entender la reacción de Ada ¿Era de pánico?¿De asco? Costaba definirla.

—No se lo tengas en cuenta —. se disculpó Jana guardando la caja y el lubricante que había rehusado Ada en su bolso — Yo se lo llevo. Estos últimos días está muy tensa en el trabajo. Demasiados cambios.

—Pues a ver si utiliza el aparatito y se relaja un poquito… Yo lo he probado y va requete bien. Personalmente prefiero los cunnilingus tradicionales, pero si debo vender el producto, también necesito saber cómo funciona —. aclaró Fiona al ver la cara de Carla y Jana —Mi piso está invadido por consoladores y lubricantes. Los hay por todas partes: en cajones, armarios… ¡Si mi padre los ve, le da un chungo!

—Pues que quieres que te diga, a mí lo de las lenguas artificiales no me va. ¿No tienes algo que se ajuste más a mis gustos? — preguntó Carla imaginándose al estirado del señor Günther cayéndole un vibrador en la cabeza al abrir uno de los armarios de su hija.

—Creó que sí —. Fiona hundió el brazo en la maleta y lo movió para encontrar el objeto que pensaba encajaría con Carla — ¡Ya lo tengo! — tiró suavemente hasta sacar un falo de dimensiones considerables que pegó sobre la superficie de la mesa con las ventosas que tenía debajo de los testículos de silicona..

Todas quedaron atónitas, admirando la reproducción de un pene largo y grueso de color negro, que se alzaba imponente ante sus narices. Y Carla no pudo resistir la tentación de acariciarlo mientras comentaba que parecía real. Su gesto no pasó desapercibido a las dos viejas de la mesa contigua, que detuvieron la conversación; estaban espantadas por su actitud obscena y las explicaciones, con todo lujo de detalles, de Fiona. A pesar de su indignación ninguna de las dos despegaba el trasero de la silla, ni apartaba los ojos de la reproducción descomunal de las partes íntimas masculinas que se erguían, cual Torre Eiffel, sobre la mesa de al lado; el consolador parecía ejercer un poder hipnótico sobre ellas. Al final, la más crítica, se levantó para ir a quejarse al encargado.

Segundos después el tipo de la camisa impoluta y los pantalones beige se plantó al lado de Fiona, Carla y Jana con las piernas abiertas y los brazos en jarra.

—Señoritas, las invito a abandonar la cafetería, y hagan el favor de guardar el cachivache. ¿Les parece normal estar dando este espectáculo en un local donde hay persones mayores y niños? — miró directamente a Jana, con desprecio — He tenido que invitar a dos clientas y disculparme con ellas, asegurándoles que jamás volvería a suceder algo parecido en esta cafetería.

Carla se levantó de la silla para suavizar la situación; no quería que a Jana le cayera la del pulpo.

—Perdona… —empezó, mientras leía la placa que él llevaba en la camisa — …Roberto. Nos hemos emocionado demasiado —. se acercó al encargado tratando de seducirle; solía funcionarle casi siempre.

—Señorita, en este local tenemos derecho de admisión. Tienen dos minutos para largarse o llamaré a la policía. Las dos brujas que las habían delatado asintieron con la cabeza, aprobando lo que estaba diciendo, satisfechas de que no se doblegara ante el escote y el vestido, demasiado corto, de Carla.

Jana fue la primera en levantarse. No quería problemas con Roberto; sus amigas no tenían que volverle a ver, pero ella trabajaba con él. Una de las harpías delatoras la asió del brazo mientras se iba.

—Cariño, no deberías rodearte de esas compañías —. le soltó la mujer en tono paternalista — Esas dos no pegan contigo, hazme caso. No van a traerte nada bueno.

Al oírla, Carla agarró a Jana del brazo y la arrastró hasta la puerta, alejándola del veneno de la vieja, que se quedó con la palabra en la boca. Mientras tanto, Fiona había acabado de recoger los trastos y andaba a trompicones, arrastrando por un lado la maleta fucsia y por el otro sujetando el consolador, que colgaba como una butifarra debajo de su sobaco. Antes de salir, se paró para hablar con las viejas, que la miraban como si las fuera a atracar.

—Quizás les parezca un atrevimiento, pero… ¿no les interesaría una visita para que les enseñara lo que vendo? Creo que hay algunas que les podrían encajar —. se sacó dos tarjetas de visita del bolsillo y se las dejó encima de la mesa — No es un cucurucho con dos bolas de helado —. aclaró guiñándoles el ojo.

Fiona se giró para continuar hacia la salida, con tan mala pata que, sin querer, arreó un tremendo golpe con el consolador que llevaba bajo su brazo en toda la cara de una de las señoras.

Cuando Jana y Carla oyeron los gritos de la vieja, y vieron a Fiona correr, sujetaron la puerta de cristal de la cafetería para ayudarla a escapar. Una vez en la calle, las tres se alejaron al trote de «la escena del crimen», riéndose a carcajadas.