Locas de remate- Portada- Libro Chick Lit

SINOPSIS

¿Qué motivo puede unir una adicta al sexo con un atractivo cirujano plástico psicópata?
¿Qué pueden tener en común la hija de un magnate de los negocios y un inventor que vive en una cabaña colgada de un árbol?

La respuesta sólo la vas a descubrir cuando conozcas al grupo de amigas más “Locas de Remate” de la historia.

Fiona, Carla, Ada y Jana deciden ir a pasar un fin de semana a una aldea eco sostenible. Pero lo que se presenta como una aventura aparentemente inofensiva, terminará abriendo la puerta a mil y una situaciones rocambolescas con desenlaces hilarantes.
Ritos ancestrales, bodas accidentadas (muy accidentadas), fenómenos paranormales y secretos inconfesables las obligarán a tomar una decisión que cambiará el rumbo de sus vidas y las llevará a descubrir lo que es el amor.

No te pierdas las entretenidas desventuras de esta primera parte de “Amigas 4Ever”, que seguro que te dejará con ganas de más…

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Ingredientes de la Novela


ROMANTICISMO
EROTISMO
HUMOR
SUSPENSE

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Carla hacía rato que se preguntaba porque había decidido salir con ese tipo sin cerebro que sólo sabía hablar de fútbol, de coches y poca cosa más. Harta de oírle decidió que cuando se acabara la hamburguesa con patatas fritas que se estaba comiendo, le diría que la velada había sido muy agradable, pero que no quería verle más.

         Fredi engulló el último trozo de pan, se chupó el dedo sucio de Ketchup y sin pedir permiso a Carla, le puso la mano sobre el muslo.

         —¿Qué haces? — le soltó ella, sacándose la zarpa de encima.

         —¿Tú qué crees, guapa? Es el segundo día que te llevo de parranda. ¡No te hagas la estrecha! —. Fredi parecía dolido por el rechazo.

         Carla se apoyó en el respaldo de la butaca de escay rojo y le desafió con la mirada.

         —No te equivoques, chato. Me encanta el sexo, no soy una estrecha. Pero eso no significa que no pueda escoger el tío con el que me lo monto.

         —¿De qué hablas? Si soy yo el que se tiene que quitar a las tías de encima —. Fredi se hizo el fanfarrón, mirándole el escote con descaro.

         —Es que soy muy rara —. respondió Carla con ironía; no era la primera vez que un tío iba de perdonavidas con ella — ¿Por casualidad no tendrás un bolígrafo?

         Fredi revolvió en el bolsillo de la chaqueta y encontró uno de propaganda que había birlado en el vídeo club de debajo de su casa. Carla miró el boli concluyendo que el musculitos debía ser un habitual de la sección de películas porno del establecimiento. Conocía muy bien a los tipos como él: solteros, a punto de cumplir los treinta y todavía viviendo en casa de sus padres. Estaba segura que cada noche se encerraba en su habitación para ver las pelis guarras que había alquilado y matarse a pajas, mientras su madre le preguntaba desde la cocina qué quería para cenar. En el fondo era un pobre desgraciado.

         —Estás buenísimo, lo reconozco —. dijo Carla escribiendo sobre una servilleta de papel —, pero me sigo preguntando porqué acepté salir contigo. No eres mi tipo —. levantó la cabeza para mirarle a los ojos; unos ojos vacíos y primitivos.

         —Venga ya, no me hagas reír. ¿Que no soy tu tipo, dices? ¡Lo que pasa es que eres una calientabraguetas! — Fredi no estaba acostumbrado a que una tía le diera calabazas.

         A Carla no le asustó su lenguaje grosero y machista, ni tan siquiera se molestó en responder al insulto.

         —¿Calientabraguetas? Estoy convencida que sabes que me he tirado a la mitad de la plantilla del hospital —. la cara de póquer de Fredi le confirmó que él estaba al tanto del asunto — La mitad de la plantilla es una exageración, porque sólo me tiro a los que alcanzan ciertos baremos de calidad. Y no estoy hablando del físico o de la posición económica. Me fijo en los detalles que pueden parecer insignificantes, pero que para mí tienen mucha importancia. Por ejemplo, ¿ves a ese tipo que está comiendo en la mesa del fondo?

         Fredi giró la cabeza para mirar a un gordo, medio calvo, que se estaba zampando unas alitas de pollo con salsa barbacoa en una mesa que había al final de la hamburguesería. El tío parecía famélico.

         —¿Te refieres a esa foca con gafas de culo de botella?

         —Sí, me refiero al tipo gordito. Tiene mucho sex appeal. No me importaría tener una cita con él o… quién sabe, quizás algo más.

         Fredi se echó a reír.

         —¡Eres una provocadora, Carla! No hace falta que pongas el listón tan bajo. Me tienes a mí, que ahora mismo te echaría un polvo en medio del restaurante—. con la uña se quitó una semilla del panecillo de la hamburguesa que le había quedado entre los dientes.

         —Ya te he dicho que no me voy a la cama con cualquiera. Soy muy exigente. Y te diré otra cosa: donde tú ves una foca rechoncha, yo veo a una persona con una gran sensualidad. Mira qué forma tan erótica que tiene de comer las alitas de pollo.

         —¡Pero qué dices! ¡Si da asco! Mira, mira… Le cuelga un cacho de carne por la comisura de los labios. Y tiene toda la barbilla llena de salsa —. Fredi se puso las manos sobre la barriga, partiéndose de la risa.

         —Me encantaría que me sobara con esos dedos grasientos. Mmmm… Los hombres que comen de forma tan primitiva me excitan. Me estoy poniendo cachonda sólo viéndole roer los huesos de pollo.

         —Bah, no soy celoso —. Fredi esbozó media sonrisa — Además, si te pones caliente con él, y dejas que sea yo quien te apague el fuego que te arde entre las piernas…, ningún problema.

         —No corras tanto, chato. ¿Crees que llevarme a cenar a una pizzeria barata, en la primera cita, y a una cadena de comida rápida, en la segunda, es la mejor manera de seducirme? Los roñicas no me van.

         —No soy roñica —. se defendió Fredi — Lo que pasa es que yo nunca quiero impresionar a las tías con un festín. Tengo cosas mejores para eso —. dobló el brazo para marcar bíceps bajo la camisa ajustada — Cuando quieras te enseño otras cosas que tengo más escondidas… — sonrió con cara de memo, esperando a que Carla le dijera que ardía en deseos de ver la octava maravilla del mundo, la que tenía dentro de los calzoncillos.

         Llegados a ese punto, ella decidió que era el momento de enseñarle modales y bajarle los humos.

         —Te propongo una trato. Si cuando regrese del baño todavía te apetece echar un polvo, seré toda tuya —. Carla se levantó para ir a vaciar la vejiga, despidiéndose de él con un beso de rosca.

         —Aquí te espero, nena. Esta noche fliparás —. Fredi saboreó el pintalabios que ella le había dejado en la boca y la desnudó con la mirada.

         —El que flipará serás tú, chato —. Carla hizo un guiño y se alejó de la mesa moviendo el culo, mientras él le clavaba los ojos en la minifalda que hacía rato tenía ganas de arremangar.

         Carla se paró frente al gordito que había visto comiendo las alitas de pollo con fruición y, con el dedo índice, le indicó que le había quedado salsa barbacoa en la barbilla. Después, le ofreció una servilleta de papel que llevaba en la mano. El tipo se lo agradeció con una sonrisa, acompañada de un gesto tímido con la mano, y ella siguió el trayecto hasta la puerta de los excusados.

         Mientras tanto, Fredi se repantingó en la butaca para esperarla, sorbiendo el refresco de cola que había pedido. Con la mano que le quedaba libre escribió un mensaje de móvil a sus colegas del hospital, y se lo envió a través de Whatsapp, para que supieran que esa noche iba a mojar con la enfermera más guarra del centro.

         Quince minutos más tarde Carla regresó del baño.

         —Sí que tenías ganas de mear, nena. No veas lo que has tardado. ¿Qué? ¿Nos piramos? —Fredi se levantó apurando el refresco de cola ruidosamente, aspirando el líquido mezclado con aire con la pajita.

         Carla tomó asiento, contrarrestando sus prisas.

         —¿Todavía quieres echarme un polvo?.

         —Ahora mismo iremos en coche hasta un picadero que conozco, un descampado con unas vistas de la ciudad impresionantes. Aunque… cuando me baje los calzoncillos sólo tendrás ojos para estas vistas de aquí —. Fredi se señaló el paquete con un gesto obsceno, riéndose de su propia gracia; su risa recordaba el sonido estridente de la bocina de un coche antiguo.

         —Antes de irnos tengo que decirte algo: me he tirado a ese tío —. Carla puso cara de inocente, la misma que habría puesto una adolescente al confesar su virginidad.

         —¿A quién te has tirado? — Fredi se giró para mirar la puerta de entrada, pensando que había llegado alguien de la plantilla del hospital, pero no vio ninguna cara que le sonara.

         —Al gordito. Al de las alitas de pollo —. aclaró Carla.

         —Ya. ¿Quieres que me crea que te has tirado a la foca cegata? — Fredi miró en dirección a la mesa del tipo de las alitas de pollo justo en el momento que él salía por la puerta de los servicios, colocándose la camisa por dentro de los pantalones, sudado y rojo como un tomate.

         —¿Qué? ¿No me crees?

         —¡Ese ha ido a cagar! Con todo lo que se metido entre pecho y espalda debe tener diarrea —. dijo Fredi con un gesto de menosprecio; odiaba a las personas gordas por no cuidar su físico — Venga, larguémonos.

         —Antes le he dado una servilleta.

         —Sí, para que se limpiara la cara ¿Y qué?

         Carla se rió como si Fredi le acabara de contar un chiste muy gracioso.

         —¡Para que se limpiara la cara, no! ¡En la servilleta había un mensaje, bobo!

         Fredi recordó que le había prestado el bolígrafo de propaganda del vídeo club a Carla y que ella había anotado algo; aunque al haberle estado mirándole las tetas, no había prestado atención a lo que escribía.

         —¿Y qué le decías en el mensaje? ¿Que era el hombre de tu vida? Venga ya, que no me chupo el dedo —. Fredi se rió con poca convicción — No sé qué pretendes contándome trolas, pero si quieres jugar…, yo también puedo escribirte algo. ¿Que te parece «lárguemonos de una vez»?

         Carla ignoró lo que le decía y continuó con la explicación.

         —Mientras me tratabas de estrecha y calientabraguetas, he decidido que iba a darte una lección. Por eso le he dicho al gordito que si quería pasar un buen rato conmigo, le esperaba en el baño de caballeros; normalmente hay menos tránsito que en el de señoras —. Carla sacó su móvil con funda de cristales de Swarovski de color rosa del bolso.

         Fredi vio que en la pantalla del teléfono había un vídeo. El primer fotograma estaba oscuro, por lo que era imposible saber de qué iba. Como algunos compañeros le habían explicado que a Carla le gustaba calentar «motores» antes de dejarse manosear, se jugó el pescuezo a que era algún vídeo subidito de tono. Quizás alguna escena con un tío de los que había salido. ¡Sólo con imaginárselo se le puso dura! Lógicamente descartó la posibilidad que tuviera algo que ver con el tío de las alitas de pollo; si ella hubiera ido tan salida como para tirarse a un desconocido, él podría habérsela follado en cualquier rincón del hospital, sin tener que rascarse el bolsillo para llevarla a cenar.

         Carla le pidió que se colocara los cascos para escuchar el audio y pulsó el triángulo del play. Las primeras imágenes fueron borrosas, pero en pocos segundos quedaron enfocadas. Aparecía ella apoyada sobre la taza de un inodoro y un tipo la filmaba de pie, el mismo que le arremangaba la minifalda hasta la cintura. Iba sin medias y sin bragas, se las había quitado antes de la grabación, y sobre el culo se le veía la enorme mariposa que tenía tatuada; las alas del insecto medían un palmo de ancho y se extendían desde el sacro hasta la mitad de los glúteos.

         Fredi se quedó petrificado al ver un pene con condón apareciendo en el plano en picado y hundiéndose entre las alas de la mariposa. Las imágenes empezaron a temblar y los bufidos y el «chap-chap» rítmico de los dos cuerpos impactando el uno contra el otro se oyeron en estéreo, hasta que el tipo que grababa se corrió con un gruñido apagado.

         Fredi estiró el cuello para averiguar quién era él, como si cambiando el ángulo de visión pudiera captar algo distinto a lo que habían grabado. Pero las imágenes eran confusas. El teléfono estaba cambiando de manos y el tío que se había cepillado a Carla saliendo del cubículo, sin revelar su identidad.

         La que sí apareció en pantalla fue Carla, despeinada, diciendo que el gordito follaba de maravilla y preguntándole a Fredi si todavía estaba de humor para un polvo. Después dirigió un dedo al objetivo de la cámara y la pantalla del móvil volvió a quedar congelada, como al inicio de la grabación.

        Fredi se arrancó los cascos que llevaba puestos, los lanzó sobre la mesa sin abrir boca, y se levantó a zurrar al cabronazo que le había humillado de esa manera, tirándose a la tía que estaba con él. Pero el gordito hacía rato que se había esfumado.

         Cuando Fredi se dio cuenta que no estaba, buscó la servilleta con el mensaje, con la cara encendida por la ira. La localizó en el suelo, arrugada y pringada de salsa barbacoa, aunque todavía se podía leer lo que ponía.

         «Si quieres pasar un buen rato, me encontrarás en el baño de caballeros. No tardes».

         Sobre las «i» Carla había dibujado pequeños corazones y también había anotado su número de teléfono. No mentía. Se había tirado al tío gordo y grasiento. Al de las alitas de pollo.

         Fredi regresó a la mesa cegado por la rabia.

         —¡De esta te vas a acordar! ¡Te lo juro! ¡Todos los del hospital sabrán que eres una puta! — gritó soltando un par de escupitajos, y sin esperar respuesta de Carla, salió del local a toda prisa.

         Un chico vestido con el uniforme de la cadena de comida rápida y la cara repleta de acné se acercó a ella alertado por los gritos, y le preguntó si todo iba bien.

         —Hay tíos que no soportan que les digan que «no» —. respondió Carla con tranquilidad.

         El empleado de la hamburguesería se encogió de hombros y se alejó para seguir barriendo y limpiando las mesas. La servilleta de papel que había provocado el follón acabó en la basura, junto a los rebañadísimos huesos de las alitas de pollo que se había zampado el gordito.

         Carla se apoltronó en la butaca de tacto de plástico, con el móvil en la mano, y accedió a la aplicación de Whatsapp. Recorrió con el dedo los contactos hasta llegar al grupo «Amigas 4Ever», y con una sonrisa tecleó:

         «Chicas, tenemos que quedar. He vuelto a liarla»

         Insertó un emoji con aspecto de demonio y envió el mensaje.

         Mientras esperaba respuesta se dio cuenta que tenía la falda manchada de salsa barbacoa. El gordito la había tocado con los dedos pringosos, pero no le importó. Tenía la satisfacción de haber dado una buena lección al chulo de Fredi.